
Esta
enseñanza vale igualmente para los quehaceres más ordinarios. Porque los
hombres y mujeres que, mientras procuran el sustento para sí y su familia,
realizan su trabajo de forma que resulte provechoso y en servicio de la
sociedad, con razón pueden pensar que con su trabajo desarrollan la obra del
Creador, sirven al bien de sus hermanos y contribuyen de modo personal a que se
cumplan los designios de Dios en la historia.
Los
cristianos, lejos de pensar que las conquistas logradas por el hombre se oponen
al poder de Dios y que la criatura racional pretende rivalizar con el Creador,
están, por el contrario, persuadidos de que las victorias del hombre son signo
de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio. Cuanto más se
acrecienta el poder del hombre, más amplia es su responsabilidad individual y
colectiva. De donde se sigue que el mensaje cristiano no aparta a los hombres
de la edificación del mundo si los lleva a despreocuparse del bien ajeno, sino
que, al contrario, les impone como deber el hacerlo.