Al aprender o profesar la fe, adhiérete y conserva
solamente la que ahora te entrega la Iglesia, la única que las santas
Escrituras acreditan y defienden. Todos no pueden leer las –Escrituras-, unos
porque no saben leer, otros porque sus ocupaciones se lo impiden, para que
ningún alma perezca por ignorancia, hemos resumido, en los pocos versículos del
Credo, el conjunto de los dogmas de la fe.
La fe te viene de entender el texto, guárdala en tu
memoria. Recíbela también, y cuando llegue el momento, comprenderás, cada uno
de sus artículos, el testimonio de las divinas Escrituras. Porque tenéis que
saber que el símbolo de la fe no lo han compuesto los hombres según su
capricho; sino que los puntos más importantes, han sido entresacados del
conjunto de las santas Escrituras y resume toda la doctrina de la fe. Y a la
manera de la semilla de mostaza, que, a pesar de ser un grano tan pequeño,
contiene ya en sí la magnitud de sus diversas ramas, del mismo modo el símbolo
de la fe, en pocas palabras, todo lo que nos da a conocer el antiguo y el nuevo
Testamento.
Poned todo el cuidado, mis
hermanos, y conservad la tradición que ahora habéis recibido y «grabadla en el
interior de vuestro corazón»(Jr 17,1)... Como dice el Apóstol, «yo os
recomiendo, delante de Dios que da la vida a todas las cosas, y delante de Cristo
Jesús, que dio testimonio ante Poncio Pilato con tan noble profesión, que
guardéis sin mancha la fe que habéis recibido, hasta el día de la manifestación
de Cristo Jesús»(1Tm 6, 13-14)
El Pueblo de Dios se
reúne, ante todo, por la palabra de Dios vivo, que con todo derecho hay que esperar de
la boca de los sacerdotes. Pues como nadie puede salvarse, si
antes no cree, los presbíteros, como cooperadores de
los obispos, tienen como obligación principal el anunciar a todos el Evangelio
de Cristo, para constituir e incrementar el Pueblo
de Dios, cumpliendo el mandato del Señor: "Id por todo el mundo y predicar
el Evangelio a toda criatura" (Mc., 16, 15). Porque con la palabra de salvación se
suscita la fe en el corazón de los no creyentes y se robustece en el de los
creyentes.
A quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, se le aplica a menudo la etiqueta de 'fundamentalista'. Mientras el relativismo, es decir, dejarse llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina, parece ser la única actitud adecuada para los tiempos modernos. Se está constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida solo el propio 'yo' y sus antojos. No es 'adulta' una fe que sigue las olas de la moda y la última novedad; adulta y madura es una fe profundamente arraigada en la amistad con Cristo. Esta amistad nos abre a todo lo que es bueno y nos da el criterio para discernir entre lo verdadero y lo falso, entre el engaño y la verdad. Debemos madurar esta fe adulta".
"Hoy crece a nuestro alrededor cierto desierto espiritual. A veces se tiene la sensación, por determinados sucesos de los que tenemos noticia todos los días, de que el mundo no se encamina hacia la construcción de una comunidad más fraterna y más pacífica; las ideas mismas de progreso y bienestar muestran igualmente sus sombras.
A pesar de la grandeza de los descubrimientos de la ciencia y de los éxitos de la técnica, hoy el hombre no parece que sea verdaderamente más libre, más humano; persisten muchas formas de explotación, manipulación, violencia, vejación, injusticia. Cierto tipo de cultura, además, ha educado a moverse sólo en el horizonte de las cosas, de lo factible; a creer sólo en lo que se ve y se toca con las propias manos.
Por otro lado crece también el número de cuantos se sienten desorientados y, buscando ir más allá de una visión sólo horizontal de la realidad, están disponibles para creer en cualquier cosa. En este contexto vuelven a emerger algunas preguntas fundamentales, que son mucho más concretas de lo que parecen a primera vista: ¿qué sentido tiene vivir? ¿Hay un futuro para el hombre, para nosotros y para las nuevas generaciones? ¿En qué dirección orientar las elecciones de nuestra libertad para un resultado bueno y feliz de la vida? ¿Qué nos espera tras el umbral de la muerte?
De estas preguntas insuprimibles surge como el mundo de la planificación, del cálculo exacto y de la experimentación; en una palabra, el saber de la ciencia, por importante que sea para la vida del hombre, por sí sólo no basta.
El pan material no es lo único que necesitamos; tenemos necesidad de amor, de significado y de esperanza, de un fundamento seguro, de un terreno sólido que nos ayude a vivir con un sentido auténtico también en la crisis, las oscuridades, las dificultades y los problemas cotidianos. La fe nos dona precisamente esto: es un confiado entregarse a un 'Tú' que es Dios, quien me da una certeza distinta, pero no menos sólida que la que me llega del cálculo exacto o de la ciencia. La fe no es un simple asentimiento intelectual del hombre a las verdades particulares sobre Dios; es un acto con el que me confío libremente a un Dios que es Padre y me ama; es adhesión a un «Tú» que me dona esperanza y confianza. Cierto, esta adhesión a Dios no carece de contenidos: con ella somos conscientes de que Dios mismo se ha mostrado a nosotros en Cristo; ha dado a ver su rostro y se ha hecho realmente cercano a cada uno de nosotros".
No debes carecer de confianza en Dios ni perder la esperanza
de su misericordia. No quiero que dudes o que te desesperes de poder ser mejor.
Pues, si el demonio consiguió precipitarte desde la altura de la virtud hasta
el abismo del mal, con mayor motivo Dios podrá llamarte a elevarte hacia la
cima del bien y no sólo reponerte en el estado en el que te encontrabas antes
de tu caída, sino hacerte más feliz de lo que parecías antes. No te desanimes,
te lo ruego, y no eludas la esperanza del bien por miedo a que sea de ti lo que
les ocurre a quienes no aman a Dios; porque no es la multitud de los pecados la
que lleva el alma a la desesperanza, sino el desprecio que se siente por Dios.
Cualquier pensamiento que nos quita la esperanza de la
conversión procede de la falta de fe: como una piedra pesada atada del cuello
nos lleva a mirar hacia abajo, hacia el suelo, sin poder levantar la mirada
hacia el Señor. Pero el que se arma de valor y que tiene el espíritu iluminado,
logra liberarse de tan aborrecible peso.
San Juan María Vianney solía decir a sus parroquianos: "Venid a la Comunión... Es verdad que no sois dignos, pero la necesitáis" (Bernad Nodet, Le curé d'Ars. Sa pensée - Son coeur, ed. Xavier Mappus, París 1995, p. 119). Conscientes de ser indignos a causa de los pecados, pero necesitados de alimentarnos con el amor que el Señor nos ofrece en el sacramento eucarístico, renovemos esta tarde nuestra fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. No hay que dar por descontada nuestra fe. Hoy existe el peligro de una secularización que se infiltra incluso dentro de la Iglesia y que puede traducirse en un culto eucarístico formal y vacío, en celebraciones sin la participación del corazón que se expresa en la veneración y respeto de la liturgia.
...
Por tanto, con la Eucaristía el cielo viene a la tierra, el mañana
de Dios desciende al presente, y en cierto modo el tiempo es abrazado por la
eternidad divina.
Hijo, si te decides a servir al Señor, prepara tu alma
para la prueba.
Endereza tu corazón, sé firme, y no te inquietes en el
momento de la desgracia.
Únete al Señor y no te separes, para que al final de tus
días seas enaltecido.
Acepta de buen grado todo lo que te suceda, y sé paciente
en las vicisitudes de tu humillación.
Porque el oro se purifica en el fuego, y los que agradan
a Dios, en el crisol de la humillación.
Confía en él, y él vendrá en tu ayuda, endereza tus
caminos y espera en él.
Los que temen al Señor, esperen su misericordia, y no se
desvíen, para no caer.
Los que temen al Señor, tengan confianza en él, y no les
faltará su recompensa.
Los que temen al Señor, esperen sus beneficios, el gozo
duradero y la misericordia.
Fíjense en las generaciones pasadas y vean: ¿Quién confió
en el Señor y quedó confundido? ¿Quién perseveró en su temor y fue abandonado?
¿Quién lo invocó y no fue tenido en cuenta?
Porque el Señor es
misericordioso y compasivo, perdona los pecados y salva en el momento de la aflicción.
Fe, esperanza y caridad están unidas. La esperanza se relaciona prácticamente con la virtud de la paciencia, que no desfallece ni siquiera ante el fracaso aparente, y con la humildad, que reconoce el misterio de Dios y se fía de Él incluso en la oscuridad. La fe nos muestra a Dios que nos ha dado a su Hijo y así suscita en nosotros la firme certeza de que realmente es verdad que Dios es amor. De este modo transforma nuestra impaciencia y nuestras dudas en la esperanza segura de que el mundo está en manos de Dios y que, no obstante las oscuridades, al final vencerá Él, como luminosamente muestra el Apocalipsis mediante sus imágenes sobrecogedoras.
La fe, que hace tomar conciencia del amor de Dios revelado en el corazón traspasado de Jesús en la cruz, suscita a su vez el amor. El amor es una luz —en el fondo la única— que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar. El amor es posible, y nosotros podemos ponerlo en práctica porque hemos sido creados a imagen de Dios. Vivir el amor y, así, llevar la luz de Dios al mundo: a esto quisiera invitar con esta Encíclica.
Admira estos hechos, despierta: sabes admirar las cosas insólitas: ¿acaso son más grandiosas que las que estás acostumbrado a ver? Los hombres se asombraron de que nuestro Señor Jesucristo diera de comer a tantos miles con sólo cinco panes (), y no se asombran de que por obra de unos pocos granos se llenen las tierras de mieses (Mt 14,19ss). Los hombres vieron que el agua se había convertido en vino y se llenaron de estupor (Jn 2,19): ¿qué otra cosa hace la lluvia por medio de la raíz de la vid? El que hizo aquello, hizo esto. (…)
El Señor hizo prodigios y muchos le despreciaron (…) diciendo para sí: “Estas obras son divinas, pero él no es sino un nombre”. Tú, pues, ves dos cosas: unos hechos divinos y un hombre; pero, si lo divino sólo puede hacerlo Dios, estate atento, no sea que en el hombre se oculta Dios. Fíjate —repito— en lo que ves y cree lo que no ves. Quien te llamó a creer, no te abandonó. Aunque te ordenó creer lo que no puedes ver, no te dejó sin ver algo, a partir de lo cual puedas creer lo que no ves. ¿Acaso las criaturas mismas son signos pequeños, indicios insignificantes del creador? Vino también, hizo milagros. No podías ver a Dios, pero podías ver al hombre: Dios se hizo hombre para que en un único hombre tuvieras algo que ver y algo que creer.
Hermanos,
fortalézcanse en el Señor con la fuerza de su poder.
Revístanse con la armadura
de Dios, para que puedan resistir las insidias del demonio.
Porque nuestra
lucha no es contra enemigos de carne y sangre, sino contra los Principados y
Potestades, contra los Soberanos de este mundo de tinieblas, contra los
espíritus del mal que habitan en el espacio.
Por lo tanto, tomen la armadura de
Dios, para que puedan resistir en el día malo y mantenerse firmes después de
haber superado todos los obstáculos.
Permanezcan de pie, ceñidos con el
cinturón de la verdad y vistiendo la justicia como coraza.
Calcen sus pies con
el celo para propagar la Buena Noticia de la paz.
Tengan siempre en la mano el
escudo de la fe, con el que podrán apagar todas las flechas encendidas del
Maligno.
Tomen el casco de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la
Palabra de Dios.
Eleven constantemente toda clase de oraciones y súplicas,
animados por el Espíritu. Dedíquense con perseverancia incansable a interceder
por todos los hermanos, y también por mí, a fin de que encuentre palabras
adecuadas para anunciar resueltamente el misterio del Evangelio, del cual yo
soy embajador en medio de mis cadenas. ¡Así podré hablar libremente de él, como
debo hacerlo!
Solamente les pido que se
comporten como dignos seguidores del Evangelio de Cristo. De esa manera,
sea que yo vaya a verlos o que oiga hablar de ustedes estando ausente, sabré
que perseveran en un mismo espíritu, luchando de común acuerdo y con un solo
corazón por la fe del Evangelio, y sin dejarse intimidar para nada por los
adversarios. Este es un signo cierto de que ellos van a la ruina, y ustedes a
la salvación. Esto procede de Dios,
Por imposición laicista o por desorientación y negligencia lamentables, multitudes de jóvenes bautizados están llegando a la adolescencia con total desconocimiento de las más elementales nociones de la Fe y de la Moral y de los rudimentos mínimos de la piedad. Ahora, enseñar al que no sabe significa, sobre todo, enseñar a los que nada saben de religión, significa "evangelizarles", es decir, hablarles de Dios y de la vida cristiana. La catequesis ha pasado a ser en la actualidad una obra de misericordia de primera importancia
Vivan en Cristo Jesús,
el Señor, tal como ustedes lo han recibido, arraigados y edificados en él,
apoyándose en la fe que les fue enseñada y dando gracias constantemente.
No se dejen esclavizar
por nadie con la vacuidad de una engañosa filosofía, inspirada en tradiciones
puramente humanas y en los elementos del mundo, y no en Cristo.
«Vengan, volvamos al Señor: él nos ha desgarrado, pero nos sanará; ha golpeado, pero vendará nuestras heridas. Después de dos días nos hará revivir, al tercer día nos levantará, y viviremos en su presencia. Esforcémonos por conocer al Señor: su aparición es cierta como la aurora. Vendrá a nosotros como la lluvia, como la lluvia de primavera que riega la tierra».
Estoy convencido de que estáis muy
instruidos por los libros sagrados y que no ignoráis ninguno de sus misterios.
Yo no soy tan erudito. Pero esta cita de las Sagradas Escrituras me basta: “si
os dejáis llevar de la ira, que no sea hasta el punto de pecar.” (Ef 4,26)
¡Dichoso el que se acuerda de esta palabra! Creo que vosotros sois de éstos.
Que
Dios, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, y él mismo, el Sumo Pontífice
eterno (He 2,17), Jesucristo, el Hijo de Dios, os fortalezca en la fe y en la
verdad, con toda dulzura, sin cólera, en la paciencia, la longanimidad, la
valentía y la castidad. Que él os haga partícipes en la heredad de los santos,
igual que a nosotros y a todos los que viven bajo el cielo y creen en Nuestro
Señor Jesucristo y en su Padre que lo resucitó de entre los muertos. ¡Orad por
todos los santos! ¡Orad también por los reyes, los príncipes, los magistrados,
por todos aquellos que os persiguen y os odian, por los enemigos de la cruz, y
así, todos puedan contemplar el fruto de vuestras vidas.