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20.2.22

Vita Consecrata N° 75, Autor: Juan Pablo II

             

Cristo llama sin cesar nuevos discípulos, hombres y mujeres para comunicarles, gracias a la efusión del Espíritu Santo (cf Rm 5,5) el amor divino, el ágape, su manera de amar, y para exhortarlos a servir a los prójimos en el humilde don de sí mismos, lejos de todo cálculo interesado. Pedro que se extasía ante la luz de la transfiguración exclama: “¡Señor, ¡qué bien estamos aquí!” (Mt 17,4) es invitado por Jesús a volver a los caminos de la vida, para continuar en el servicio del Reino de Dios.

        “¡Pedro, baja! Tú querías descansar en la montaña; baja y proclama la Palabra, amonesta a tiempo y a destiempo, reprocha, exhorta, anima con gran bondad y con toda clase de doctrina. Trabaja, esfuérzate, soporta las torturas para poseer lo que está significado en las vestiduras blancas del Señor, también en la blancura y la belleza de tu recto obrar, inspirado por la caridad” (S. Agustín).

        Aunque la mirada del apóstol esté fija en el rostro del Señor, no disminuye en nada su compromiso a favor de los hombres; al contrario, lo refuerza dándole una nueva capacidad de actuar sobre la historia, para liberarla de todo aquello que la corrompe.

10.8.18

Es Cristo que Pasa Nº 174, Autor: San Josemaría


La escuela de la oración
El Señor os habrá concedido descubrir tantos otros rasgos de la correspondencia fiel de la Santísima Virgen, que por sí solos se presentan invitándonos a tomarlos como modelo: su pureza, su humildad, su reciedumbre, su generosidad, su fidelidad... Yo quisiera hablar de uno que los envuelve todos, porque es el clima del progreso espiritual: la vida de oración.

Para aprovechar la gracia que Nuestra Madre nos trae en el día de hoy, y para secundar en cualquier momento las inspiraciones del Espíritu Santo, pastor de nuestras almas, debemos estar comprometidos seriamente en una actividad de trato con Dios. No podemos escondernos en el anonimato; la vida interior, si no es un encuentro personal con Dios, no existirá. La superficialidad no es cristiana. Admitir la rutina, en nuestra conducta ascética, equivale a firmar la partida de defunción del alma contemplativa. Dios nos busca uno a uno; y hemos de responderle uno a uno: aquí estoy, Señor, porque me has llamado.

Oración, lo sabemos todos, es hablar con Dios; pero quizá alguno pregunte: hablar, ¿de qué? ¿De qué va a ser, sino de las cosas de Dios y de las que llenan nuestra jornada? Del nacimiento de Jesús, de su caminar en este mundo, de su ocultamiento y de su predicación, de sus milagros, de su Pasión Redentora y de su Cruz y de su Resurrección. Y en la presencia del Dios Trino y Uno, poniendo por Medianera a Santa María y por abogado a San José Nuestro Padre y Señor —a quien tanto amo y venero—, hablaremos del trabajo nuestro de todos los días, de la familia, de las relaciones de amistad, de los grandes proyectos y de las pequeñas mezquindades.

El tema de mi oración es el tema de mi vida. Yo hago así. Y a la vista de esta situación mía, surge natural el propósito, determinado y firme, de cambiar, de mejorar, de ser más dócil al amor de Dios. Un propósito sincero, concreto. Y no puede faltar la petición urgente, pero confiada, de que el Espíritu Santo no nos abandone, porque Tú eres, Señor, mi fortaleza.

Somos cristianos corrientes; trabajamos en profesiones muy diversas; nuestra actividad entera transcurre por los carriles ordinarios; todo se desarrolla con un ritmo previsible. Los días parecen iguales, incluso monótonos... Pues, bien: ese plan, aparentemente tan común, tiene un valor divino; es algo que interesa a Dios, porque Cristo quiere encarnarse en nuestro quehacer, animar desde dentro hasta las acciones más humildes.

Este pensamiento es una realidad sobrenatural, neta, inequívoca; no es una consideración para consuelo, que conforte a los que no lograremos inscribir nuestros nombres en el libro de oro de la historia. A Cristo le interesa ese trabajo que debemos realizar —una y mil veces— en la oficina, en la fábrica, en el taller, en la escuela, en el campo, en el ejercicio de la profesión manual o intelectual: le interesa también el escondido sacrificio que supone el no derramar, en los demás, la hiel del propio mal humor.

Repasad en la oración esos argumentos, tomad ocasión precisamente de ahí para decirle a Jesús que lo adoráis, y estaréis siendo contemplativos en medio del mundo, en el ruido de la calle: en todas partes. Esa es la primera lección, en la escuela del trato con Jesucristo. De esa escuela, María es la mejor maestra, porque la Virgen mantuvo siempre esa actitud de fe, de visión sobrenatural, ante todo lo que sucedía a su alrededor: guardaba todas esas cosas en su corazón ponderándolas.


Supliquemos hoy a Santa María que nos haga contemplativos, que nos enseñe a comprender las llamadas continuas que el Señor dirige a la puerta de nuestro corazón. Roguémosle: Madre nuestra, tú has traído a la tierra a Jesús, que nos revela el amor de nuestro Padre Dios; ayúdanos a reconocerlo, en medio de los afanes de cada día; remueve nuestra inteligencia y nuestra voluntad, para que sepamos escuchar la voz de Dios, el impulso de la gracia.

26.5.12

Decenario al Espíritu Santo, Día Décimo, Autora; Francisca Javiera del Valle

En entrando el alma en esta escuela divina, donde el Maestro que enseña es el Espíritu Santo, si el alma pone en práctica todo cuanto aquí la enseña, no es andar ni es correr ni volar; es ir camino de la santidad con la ligereza y prontitud con que va a todas partes nuestro pensamiento.
En esta escuela, abierta por el Espíritu Santo en el centro de nuestra alma, se aprende una ciencia sobre toda ciencia humana.
Los libros de esta escuela son dos: el primero que damos nosotros tiene dos partes.
Se llama este libro la humanidad de nuestro adorable Redentor. La primera parte toda ella contiene los hechos externos de Jesucristo, divino Redentor nuestro.

Esta primera parte de este libro se estudia hasta que con el continuado estudio queda en nuestra memoria como un dibujo, y esto es para que siempre y en todas partes andemos en su presencia, y con esto que logremos nos dice nuestros Maestro que nos basta.
La segunda parte de él contiene la práctica de su contenido. En la práctica cada uno lo ha de hacer según sus fuerzas y según su capacidad; porque en esta escuela, aunque todos hemos de practicar las mismas cosas, como nuestro Maestro es tan prudente y discreto, tan compasivo y misericordioso, que nunca nos exige más de lo que cada uno puede, quiere que pongamos los ojos en el libro que El nos da y cada uno haga allí lo que en el libro vea.

. . .En fin, todo lo hace como su grande sabiduría lo traza, lo quiere y dispone. Lo que quiere es que cuando veamos a uno de los discípulos de esta escuela que le levanta Dios a grande altura y a nosotros nos deja, que le ayudemos a dar gracias a Dios, porque se digna fijar en él su mirada y no cesemos de dar gracias por ello, pero jamás a la criatura la ensalcemos ni alabemos, porque nosotros no podemos saber si merece alabanza por lo que tiene o merece desprecio por lo que hace.
Porque al ver la disposición en que se hallan el corazón y el alma, que es lo que Dios mira y por lo único que se disgusta o complace, esto no lo podemos nosotros ver, porque en el corazón y en el alma, ¿quién puede entrar si no es Dios? Nadie más que Dios.
Cada uno en sí mismo vea lo que a Dios Le agrada y lo que Le disgusta.
Pongamos nuestros ojos en ver el interior de Jesucristo, para ver la disposición de aquella alma bendita y de aquel corazón amante, cómo obraban y el fin que llevaban en todas sus acciones, para nosotros hacerlo por los mismos fines que Dios hecho hombre obraba.
Y esto muy bien se ve y se aprende en esta segunda parte del libro, que es en lo que nosotros hemos de insistir únicamente.
El segundo libro que hay en esta escuela está sólo a la disposición de nuestro Maestro. No nos lo explica, porque este libro, todo lo que él contiene, está sobre todo el entender de toda inteligencia humana.
Y para que tengamos una idea clara y verdadera de lo incomprensible que este libro es, ¿qué hace?
Como es tan sabio, tan poderoso y sutil para enseñar, cuando estamos ya al final de la práctica de la segunda parte del libro primero, queriendo como premiar nuestro esmero en poner en práctica cuanto hemos visto en él, ¿qué hace entonces?
Nos habla y nos dice que aquel libro tan sobre nuestro entender tiene por título “Divina Esencia, Dios”, y al punto se siente el alma con todas sus potencias que no es ella, sino con una fuerza superior que no sabe ella qué es, pero que la arrebata su alma y sus potencias.
Y la arrebata sobre todo lo criado, no sólo de la tierra, sino de lo que llaman firmamento y nosotros llamamos Cielo, casa o palacio, o cielo, como lo quieran llamar, donde Dios puso a los ángeles cuando los crió.