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14.4.26

Sermón 176, 4; Autor: San Agustín (354-430) obispo de Hipona

El Apóstol Pablo dice: «He alcanzado misericordia a fin de que Jesucristo mostrara en mí toda su longanimidad, para instrucción de quienes han de creer en él para la vida eterna» (1Tm 1,16). Cristo que iba a conceder el perdón a los pecadores, incluso a sus enemigos, que se convirtieron a él, comenzó eligiéndome a mí, el enemigo más implacable, para que una vez sanado yo, nadie pierda la esperanza para los demás.

Esto es lo que hacen los médicos: cuando llegan a un lugar en que nadie los conoce, eligen primero para curar casos desesperados; de esta forma, a la vez que ejercen en ellos la misericordia, hacen publicidad de su ciencia, para que unos a otros se digan en aquel lugar: «Vete a tal médico; ten confianza, que te sanará. (…)También yo he conocido una situación parecida; lo que tu padeces también lo padecí yo». De modo semejante dice Pablo a todo enfermo que está a punto de perder la esperanza: «Quien me curó a mí, me envió a ti, diciéndome: Acércate a aquella persona sin esperanza y cuéntale lo que tuviste, lo que curé en ti. (…) Grítalo a los desesperados: Es palabra fiel y digna de todo crédito que Jesucristo vino al mundo a salvar a los pecadores (1Tm 1,15). ¿Por qué teméis? ¿Por qué os asustáis? El primero de los cuales soy yo. Yo, yo que os hablo; yo sano, a vosotros enfermos; yo, que estoy en pie, a vosotros caídos; yo ya seguro, a vosotros sin esperanza». (…)

No perdáis, pues, la esperanza. Estáis enfermos, acercaos a él y recibid la curación; estáis ciegos, acercaos a él y sed iluminados. (…) Decid todos: “Venid, adorémosle, postrémonos ante él y lloremos en presencia del Señor, que nos hizo” (Sal 94,6 Vulgata).

20.4.25

Salmo 51(50),3-4.12-13.18-19

 ¡Ten piedad de mí, Señor, por tu bondad,

por tu gran compasión, borra mis faltas!

¡Lávame totalmente de mi culpa

y purifícame de mi pecado!

 

Crea en mí, Dios mío, un corazón puro,

y renueva la firmeza de mi espíritu.

No me arrojes lejos de tu presencia

ni retires de mí tu santo espíritu.

 

Los sacrificios no te satisfacen;

si ofrezco un holocausto, no lo aceptas:

mi sacrificio es un espíritu contrito,

tú no desprecias el corazón contrito y humillado.

22.6.23

Comentario al Evangelio del día 19 de Junio de 2023 en la página del Opus Dei (San Mateo 5, 38-42)

El Señor nos hace ver que para ser sal de la tierra y luz del mundo hemos de vivificar la justicia por el amor. Vivir la ley de Cristo en plenitud implica saber perdonar, renunciando si es necesario a exigir que se aplique “milimétricamente” la justicia cuando alguien nos ha causado un daño.

En sus palabras, Jesús hace una alusión a la ley del talión: ojo por ojo y diente por diente. En el libro del Éxodo, se menciona esta ley para regular el modo en que se hacía justicia, evitando que se convierta en una venganza desproporcionada: nadie podía excederse, cobrándose el doble, o siete o diez veces más, sino que el castigo sería igual a la ofensa. Ese mismo libro hace una larga lista de posibles agravios (dejar tuerto a alguien, golpear a un esclavo, recibir la cornada de un buey, etc.) y de cómo tendría que ser la reparación.

La solución que nos propone Jesús está por encima de toda casuística. Es una ley de amor, que nos indica el camino para que alcancemos una justicia duradera. Este camino es el perdón. Lógicamente, en la medida de lo posible se debe reparar el daño. Pero en ocasiones, aunque el otro está arrepentido, no está en condiciones de reparar todos sus errores. Y podría suceder que al exigir sin clemencia justicia para nosotros perdamos la capacidad de sanar la relación y perpetuemos los ciclos del odio.

El Señor nos invita a mirar la situación de cada uno. Muchas veces, para conseguir su conversión, será mejor dejarle el manto de nuestra misericordia, que cubre sus defectos, y seguir andando con él pacientemente las millas que hagan falta para que recapacite.

15.3.23

La Alegría de Creer, Autora: Venerable Madeleine Delbrêl (1904-1964) laica, misionera en la ciudad.

 

“Sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo” (Mt 5,48)

En la medida que un cristiano profesa su fe y trata de vivirla, deviene insólito tanto para los creyentes como para los no creyentes. (…) Lo insólito del cristiano es simplemente su semejanza a Jesucristo, semejanza a Jesucristo incorporada a un hombre por el bautismo y que, atravesando su corazón, llega a flor de piel. (…)

No sólo cree en Dios, sino que lo debe amar como un hijo ama a un padre amante y todopoderoso, a la manera de Cristo. (…)

No sólo ama a su prójimo como a si-mismo, sino que debe amarlo “como Cristo nos amó”, a la manera de Cristo. (…)

No sólo es hermano de su prójimo, sino del prójimo universal. (…)

No sólo da sino que comparte, presta pero no reclama, está disponible para lo que le piden y para más de lo que le piden. (…)

No sólo hermano de los que lo aman, sino también de sus enemigos. No sólo soporta los golpes, sino que no se aleja del que lo golpea.

No sólo no devuelve el mal, sino que perdona, olvida. No sólo olvida, sino que cuando le hacen un mal, devuelve un bien.

No sólo sufre y es puesto a muerte por algunos, sino que muere sufriendo para ellos. No sólo una vez sino cada vez. (…)

No sólo compartiendo lo que es de él o está en él, sino dando lo único que Dios le ha dado como propio: su propia vida. (…)

No sólo es feliz porque vive gracias a Dios y por Dios, sino porque vivirá y hará vivir a sus hermanos con Dios, para siempre.

La alegría de creer (La joie de croire, Seuil, 1968), trad.sc©evangelizo.org

 

9.10.22

Homilías sobre san Mateo, nº 61; Autor: San Juan Crisóstomo (c. 345-407)


 «Ten paciencia conmigo»

 Cristo nos pide dos cosas: condenar nuestros pecados y perdonar los de los otros; hacer la primera cosa a causa de la segunda, que así será más fácil, porque el que se acuerda de sus pecados será menos severo hacia su compañero de miseria. Y perdonar no sólo de palabra, sino desde el fondo del corazón, para no volver contra nosotros mismos el hierro con el cual queremos perforar a los otros. ¿Qué mal puede hacerte tu enemigo que sea comparable al que tú mismo te haces con tu acritud?...

Considera, pues, cuantas ventajas sacas si sabes soportar humildemente y con dulzura una injuria. Primeramente, mereces –y es lo más importante- el perdón de tus pecados. Además, te ejercitas a la paciencia y a la valentía. En tercer lugar, adquieres la dulzura y la caridad, porque el que es incapaz de enfadarse contra los que le han disgustado, será mucho más caritativo aún con los que le aman. En cuarto lugar arrancas de raíz la cólera de tu corazón, lo cual es un bien sin igual. El que libera su alma de la cólera, evidentemente arranca de ella la tristeza: no gastará su vida en penas y vanas inquietudes. Así es que, odiando a los otros nos castigamos a nosotros mismos; amándolos nos hacemos el bien a nosotros mismos. Por otra parte, todos te venerarán, incluso tus enemigos, aunque sean los demonios. Mucho mejor, comportándote así ya no tendrás más enemigos. El Hijo del hombre vino para servir y dar su vida en rescate por una multitud. Aleluya.

4.3.15

Salmo 51. 3-21

Ten piedad de mí, oh Dios, por tu bondad,
por tu gran compasión, borra mis faltas!
¡Lávame totalmente de mi culpa
y purifícame de mi pecado!
Porque yo reconozco mis faltas
y mi pecado está siempre ante mí.
Contra ti, contra ti solo pequé
e hice lo que es malo a tus ojos.
Por eso, será justa tu sentencia
y tu juicio será irreprochable;
 yo soy culpable desde que nací;
pecador me concibió mi madre.
Tú amas la sinceridad del corazón
y me enseñas la sabiduría en mi interior.
Purifícame con el hisopo y quedaré limpio;
lávame, y quedaré más blanco que la nieve.
Anúnciame el gozo y la alegría:
que se alegren los huesos quebrantados.
Aparta tu vista de mis pecados
y borra todas mis culpas.
Crea en mí, Dios mío, un corazón puro,
y renueva la firmeza de mi espíritu.
No me arrojes lejos de tu presencia
ni retires de mí tu santo espíritu.
Devuélveme la alegría de tu salvación,
que tu espíritu generoso me sostenga:
yo enseñaré tu camino a los impíos
y los pecadores volverán a ti.
¡Líbrame de la muerte, Dios, salvador mío,
y mi lengua anunciará tu justicia!
Abre mis labios, Señor,
y mi boca proclamará tu alabanza.
Los sacrificios no te satisfacen;
si ofrezco un holocausto, no lo aceptas:
mi sacrificio es un espíritu contrito,
tú no desprecias el corazón contrito y humillado.
Trata bien a Sión por tu bondad;
reconstruye los muros de Jerusalén,
Entonces aceptarás los sacrificios rituales
–las oblaciones y los holocaustos–
y se ofrecerán novillos en tu altar.

20.6.13

Paráfrasis del Padre Nuestro; Autor: San Francisco de Asis


 "Danos hoy el pan de este día” 
Tu Hijo amado, Nuestro Señor Jesucristo 
para que recordemos, comprendamos y veneremos mejor 
el amor que nos tiene y todo lo que por nosotros ha dicho, hecho y sufrido.

 

“Perdónanos nuestras ofensas” 
Por tu misericordia inefable 
por la fuerza de la Pasión de tu Hijo amado 
por los méritos y por la intercesión de la Virgen María 
y de todos los elegidos.

 

“Como nosotros perdonamos a los que nos ofenden” 
aunque no perdonamos plenamente 
Tú, Señor, haz que sepamos perdonar plenamente; 
Que amemos de verdad a nuestros enemigos, gracias a Ti, 
Que sepamos orar sinceramente por ellos 
Que a nadie devolvamos mal por mal 
Antes bien procuremos hacer el bien a todo el mundo, por Ti. 



“No nos dejes caer en la tentación” 
sea manifiesta o encubierta 
repentina o latente y prolongada. 



“Y líbranos del mal” 
pasado, presente y futuro. Amén.

19.4.11

¿Por qué confesarse?, Autor: Eduardo Volpacchio

una de las cuestiones más importantes de nuestra vida sea ¿cómo conseguir "deshacernos" de lo malo que hay en nosotros? ¿de las cosas malas que hemos dicho o de las que hemos hecho mal? Esta es una de las principales tareas que tenemos entre manos: purificar nuestra vida de lo que no es bueno, sacar lo que está podrido, limpiar lo que está sucio, etc.: librarnos de todo lo que no queremos de nuestro pasado. ¿Pero cómo hacerlo?

14.3.10

Segunda Carta de San Pablo a los Corintios 5, 18-21

Todo procede de Dios, que nos ha reconciliado con Él por medio de Cristo, y nos ha confiado el misterio de la reconciliación. Porque en Cristo estaba Dios reconciliando consigo al mundo, no tomándole cuenta de sus pecados, sino dándonos la palabra de reconciliación. Somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios os exhortara a través nuestro. Os suplicamos en nombre de Cristo: reconciliaos con Dios. A aquel que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que nos hiciéramos justicia de Dios en él.

21.7.07

Es Cristo que Pasa Nº 182, Autor: San Josemaría

 
Si dejamos que Cristo reine en nuestra alma, no nos convertiremos en dominadores, seremos servidores de todos los hombres. Servicio. ¡Cómo me gusta esta palabra! Servir a mi Rey y, por El, a todos los que han sido redimidos con su sangre. ¡Si los cristianos supiésemos servir! Vamos a confiar al Señor nuestra decisión de aprender a realizar esta tarea de servicio, porque sólo sirviendo podremos conocer y amar a Cristo, y darlo a conocer y lograr que otros más lo amen.¿Cómo lo mostraremos a las almas? Con el ejemplo: que seamos testimonio suyo, con nuestra voluntaria servidumbre a Jesucristo, en todas nuestras actividades, porque es el Señor de todas las realidades de nuestra vida, porque es la única y la última razón de nuestra existencia. Después, cuando hayamos prestado ese testimonio del ejemplo, seremos capaces de instruir con la palabra, con la doctrina. Así obró Cristo: coepit facere et docere , primero enseñó con obras, luego con su predicación divina.Servir a los demás, por Cristo, exige ser muy humanos. Si nuestra vida es deshumana, Dios no edificará nada en ella, porque ordinariamente no construye sobre el desorden, sobre el egoísmo, sobre la prepotencia. Hemos de disculpar a todos, hemos de perdonar a todos. No diremos que lo injusto es justo, que la ofensa a Dios no es ofensa a Dios, que lo malo es bueno. Pero, ante el mal, no contestaremos con otro mal, sino con la doctrina clara y con la acción buena: ahogando el mal en abundancia de bien . Así Cristo reinará en nuestra alma, y en las almas de los que nos rodean.Intentan algunos construir la paz en el mundo, sin poner amor de Dios en sus propios corazones, sin servir por amor de Dios a las criaturas. ¿Cómo será posible efectuar, de ese modo, una misión de paz? La paz de Cristo es la del reino de Cristo; y el reino de nuestro Señor ha de cimentarse en el deseo de santidad, en la disposición humilde para recibir la gracia, en una esforzada acción de justicia, en un divino derroche de amor.

8.2.06

Las Bienaventuranzas, Cáp. 21, Autor: Georges Chevrot

La iglesia de Dios sobre la tierra es una gran familia de pecadores perdonados que están constantemente en trance de convertirse y que caminan todos juntos hacia la santidad. Que no haya más reproches, ni mas sospechas entre nosotros. ¿Vamos a ir desmenuzando las deudas de nuestros hermanos cuando Dios nos perdona las nuestras a unos y a otros?

27.1.06

Las Bienaventuranzas, Cáp. 18, Autor: Georges Chevrot

pero no olvidéis que, con excepción de la Santísima Virgen María, el cielo está enteramente lleno de pecadores, santificados por Jesucristo.
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