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21.6.23

Angelus del Domingo 18 de febrero de 2007 ; Autor: S. S Benedicto XVI

El evangelio de este domingo contiene una de las expresiones más típicas y fuertes de la predicación de Jesús:  "Amad a vuestros enemigos" (Lc 6, 27). Está tomada del evangelio de san Lucas, pero se encuentra también en el de san Mateo (Mt 5, 44), en el contexto del discurso programático que comienza con las famosas "Bienaventuranzas". Jesús lo pronunció en Galilea, al inicio de su vida pública. Es casi un "manifiesto" presentado a todos, sobre el cual pide la adhesión de sus discípulos, proponiéndoles en términos radicales su modelo de vida.

 Pero, ¿cuál es el sentido de esas palabras? ¿Por qué Jesús pide amar a los propios enemigos, o sea, un amor que excede la capacidad humana? En realidad, la propuesta de Cristo es realista, porque tiene en cuenta que en el mundo hay demasiada violencia, demasiada injusticia y, por tanto, sólo se puede superar esta situación contraponiendo un plus de amor, un plus de bondad. Este "plus" viene de Dios:  es su misericordia, que se ha hecho carne en Jesús y es la única que puede "desequilibrar" el mundo del mal hacia el bien, a partir del pequeño y decisivo "mundo" que es el corazón del hombre.

 Con razón, esta página evangélica se considera la charta magna de la no violencia cristiana, que no consiste en rendirse ante el mal —según una falsa interpretación de "presentar la otra mejilla" (cf. Lc 6, 29)—, sino en responder al mal con el bien (cf. Rm 12, 17-21), rompiendo de este modo la cadena de la injusticia. Así, se comprende que para los cristianos la no violencia no es un mero comportamiento táctico, sino más bien un modo de ser de la persona, la actitud de quien está tan convencido del amor de Dios y de su poder, que no tiene miedo de afrontar el mal únicamente con las armas del amor y de la verdad.

 El amor a los enemigos constituye el núcleo de la "revolución cristiana", revolución que no se basa en estrategias de poder económico, político o mediático. La revolución del amor, un amor que en definitiva no se apoya en los recursos humanos, sino que es don de Dios que se obtiene confiando únicamente y sin reservas en su bondad misericordiosa. Esta es la novedad del Evangelio, que cambia el mundo sin hacer ruido. Este es el heroísmo de los "pequeños", que creen en el amor de Dios y lo difunden incluso a costa de su vida.

1.7.13

Las Bienaventuranzas, Cáp. 17, Autor: Georges Chevrot

Jesucristo no instaurará el reinado de Dios sobre la tierra con pusilánimes y con mediocres: le hacen falta hombres de gran corazón, que piensen con altura, que vean con amplitud, que quieran con grandeza. Esta voluntad de grandeza crea en ellos una insatisfacción y una inquietud comparables a las mordeduras del hambre y a las quemaduras de la sed.

22.2.06

Las Bienaventuranzas, Cáp. 29, Autor: Georges Chevrot

El único hombre digno de este título no es ese burlón que se ríe de las cosas santas, ese pedante de reunión pública que otorga diez minutos a Dios para probar su existencia, sino aquel otro que tiene la fortaleza de guardar silencio ante la estupidez.

15.2.06

Las Bienaventuranzas, Cáp. 28, Autor: Georges Chevrot

Conviene, sin embargo, subrayar que Jesús bendijo solamente a los cristianos insultados y perseguidos a causa de Él, a los que sean acusados en falso de cualquier clase de mal. Pues suele, efectivamente, suceder que algunos cristianos son atacados no por su virtud, sino a causa de sus defectos. Algunos, por ejemplo, amonestan a sus prójimos inoportunamente; o demuestran indiscreción en el celo que atestiguan en favor de la religión; o, en sus trabajos en obras de beneficiencia, persiguen secretamente la satisfacción de una vanidad personal. Naturalmente son criticados y, los más a menudo, fracasan. Estaría fuera de lugar que adoptasen aires de víctimas y que se creyeran perseguidos por la justicia. Otros, fogosos apologistas de la fe o enderezadores de errores ajenos, carecen de las virtudes naturales de lealtad y paciencia, así como de las virtudes cristianas de humildad y mansedumbre, y acaban por hacerse universalmente odiosos. "Me detestan -dicen entonces- porque soy cristiano." No, mis pobres amigos, sino tan solo porque tienen ustedes un carácter imposible. Algunos cristianos pueden ser perseguidos así, no por llevar el nombre de cristianos, sino por no obrar como cristianos.

12.2.06

Las Bienaventuranzas, Cáp. 24, Autor: Georges Chevrot


Esta misma integridad de carácter debe encontrarse en todos los discípulos de Cristo. Choca con lo que hoy se llama conformismo, para calificar así la costumbre de regular la propia conducta sobre las ideas o los ejemplos de la mayoría. Este defecto ha existido siempre, solo que es más sensible en nuestra época, que ha desarrollado el espíritu rebañego simultáneamente con los medios de publicidad. En nuestros días se difunden las opiniones y se imponen las costumbres del mismo modo que un producto alimenticio o una marca de jabón. Todo se fabrica ahora en serie. No es solo que todos los habitantes del planeta tiendan a componerse la misma silueta con un vestido de idéntico corte, sino que la uniformidad es también de rigor en el campo del pensamiento. Los cerebros están vaciados en unos cuantos moldes para uso de las diferentes colectividades que agrupan a nuestros contemporáneos. Las afirmaciones sonoramente repetidas ocupan el lugar de pruebas para determinar las verdades; por otra parte, la fatuidad ha ocupado el puesto de la reflexión. En este "aislamiento" universal, cada unidad piensa lo que su grupo piensa, repite lo que oye decir, hace lo que hacen "los demás". Se concibe fácilmente que haga falta una singular audacia para liberarse de las ideas prefabricadas y para apartarse de los caminos trillados; lo cual depende, si hemos de creer a Montaigne, de la "simiesca o imitadora", naturaleza humana.

10.2.06

Las Bienaventuranzas, Cáp. 23, Autor: Georges Chevrot

no es inaudito , que en el actual desorden de las ideas morales, la conciencia de un cristiano padezca la acción latente de ciertas máximas fáciles que hacen retroceder los límites del deber para plegarlos a las imposiciones de nuestros deseos. Pues la conciencia es un órgano de tal modo flexible que una nimiedad basta para falsearlo.

8.2.06

Las Bienaventuranzas, Cáp. 21, Autor: Georges Chevrot

La iglesia de Dios sobre la tierra es una gran familia de pecadores perdonados que están constantemente en trance de convertirse y que caminan todos juntos hacia la santidad. Que no haya más reproches, ni mas sospechas entre nosotros. ¿Vamos a ir desmenuzando las deudas de nuestros hermanos cuando Dios nos perdona las nuestras a unos y a otros?

3.2.06

Las Bienaventuranzas, Cáp. 21, Autor: Georges Chevrot

No condenemos a los fariseos de antaño antes de preguntarnos si no cedemos nosotros a la misma manía de dividir el mundo en dos bloques: los que piensan bien y los que piensan mal, los buenos y los malos, incluyéndonos, por descontado, en la primera categoría. Cuando oímos hablar de los "pecadores", ¿no pensamos inmediatamente en que se trata de los demás?

26.1.06

Las Bienaventuranzas, Cáp. 18, Autor: Georges Chevrot

Por más que haga un cristiano, tiene siempre la sensación de no ser lo que debe ser, lo que quiere ser; jamás llega al término de sus esfuerzos y de sus deseos, está siempre en camino de "llegar a ser" cristiano.



25.1.06

Las Bienaventuranzas, Cáp. 13, Autor: Georges Chevrot

San Mateo la enuncia así: Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. San Lucas, según su costumbre, emplea una fórmula más absoluta: Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis
y la hace seguir de esta imprecación simétrica: ¡Ay de vosotros los que ahora réis, porque gemiréis y lloraréis!

Comentaremos primero este último texto, pues así seguiremos con mayor claridad el desarrollo del pensamiento del Salvador.
¡Ay de vosotros los que ahora reís! ¿Quienes son esos reidores que caen bajo el anatema del Maestro? No es imposible que sus oyentes atendieran sobre todo al adverbio ahora. Desde hace dos siglos, Palestina había conocido varias invasiones enemigas y había pasado sucesivamente, bajo el yugo de diferentes dueños extranjeros. Su población, cada vez más diezmada y expoliada, padecía por entonces la ley de Roma: estaba agobiada de impuestos y era celosamente vigilada por el ocupante. Ahora bien, mientras que la nación estaba de luto y la mayoría de sus hijos gemía en la desolación, algunos hombres habían logrado forjarse una existencia confortable: su lujo y sus fiestas formaban así un escandaloso contraste con las desdichas comunes. En tal coyuntura, la vengadora frase les alcanzaba en lo vivo: "¡Ay de vosotros los que ahora reís!"