Mostrando las entradas con la etiqueta Hahn. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Hahn. Mostrar todas las entradas

11.10.20

Roma, Dulce Hogar, Prefacio, Autores: Scott y Kimberly Hahn

El difunto arzobispo Fulton Sheen escribió una vez: «Apenas habrá en Estados Unidos un centenar de personas que odien a la Iglesia católica; pero hay millones que odian lo que erróneamente suponen que es y dice la Iglesia católicaNosotros dos creímos en algún momento que estábamos en el primer grupo, sólo para descubrir que en realidad nos hallábamos en el segundo. Pero una vez que vimos la diferencia, y supimos dónde estábamos de verdad, se hizo evidente que no pertenecíamos a ninguno de los dos. Para entonces estábamos ya avanzados en el camino hacia nuestro hogar. Este libro describe ese camino. Es una narración de cómo descubrimos que la Iglesia católica es la familia de la alianza de Dios. Queremos mostrar cómo el Espíritu Santo utilizó la Escritura para aclarar nuestras dudas e ideas erróneas. No pretendemos tratar de las ideas erróneas que otros pueden tener. Con la gracia de Dios, quizá algún día podamos escribir otro libro sobre eso.



Roma Dulce Hogar, Pgs 62 a 64; Autores: Scott y Kimberly Hahn

Durante la semana, yo enseñaba Sagrada Escritura en una high school cristiana privada.
Hablaba a mis alumnos de todo; lo referente a la alianza como familia de Dios, y les explicaba las alianzas que Dios había concertado con su pueblo. Ellos lo estaban captando todo. Tracé una cronología para mostrarles cómo cada alianza instituida por Dios era el modo en que Él había reconocido su paternidad sobre su familia a lo largo de los tiempos. Su alianza con Adán tomó la forma de un matrimonio; la alianza con Noé fue una familia; con Abraham tomó la forma de una tribu; la alianza con Moisés transformó las doce tribus en una familia nacional; la alianza con David estableció a Israel como una familia de un reino nacional; mientras que Cristo había instituido la Nueva Alianza para que fuese la familia mundial, o «católica» {del griego 
katholikos), de Dios, y comprendiera a todas las naciones ya todos los hombres, fueran judíos o gentiles.

Los estudiantes estaban estusiasmados... ¡Ahora la Biblia adquiría un nuevo sentido! Un alumno preguntó: - ¿Qué forma tiene esta familia mundial?

Dibujé una gran pirámide en la pizarra y expliqué:

-Sería como una gran familia extendida por todo el mundo, con diferentes figuras paternas en cada nivel, encargadas por Dios para administrar su amor y su ley a sus hijos. Uno de mis estudiantes católicos comentó en voz alta:

-Esa pirámide se parece mucho a la Iglesia católica, con el Papa en el vértice.

-¡Oh, no! -repliqué rápidamente-; lo que os estoy dando aquí es el antídoto del catolicismo -eso era lo que yo creía, o al menos trataba de creer-. Además, el Papa es un dictador, no un padre.

 -Pero Papa significa «padre».

 -No es así -me apresuré a corregir.

-Sí es así -contestó a coro un grupo de estudiantes.

Muy bien; así que los católicos tenían razón en otro punto más. Podía admitirlo, pero me sentía muy asustado. ¡No sabía lo que se me venía encima!

Durante la comida, una de mis alumnas más aventajadas se me acercó, en representación de un pequeño grupo que estaba en la esquina de atrás, para decirme:

-Hemos hecho una votación, y el resultado es unánime: pensamos que usted se convertirá al catolicismo. Me eché a reír, muy nervioso.

-¡Eso es absurdo! -exclamé, mientras un escalofrío me recorría la espalda.

Ella esbozó una pícara sonrisa de complicidad, se encogió de hombros y se volvió a su sitio.

Al regresar a casa por la tarde, aún me sentía aturdido. Le dije a Kimberly:

 -No te imaginas lo que me ha dicho hoy Rebecca: que un grupo de estudiantes ha votado que me voy a convertir al catolicismo. ¿Puedes imaginar algo más absurdo?

Yo esperaba que Kimberly se reiría conmigo, pero ella tan sólo me miró de forma inexpresiva y dijo:

-¿y lo harás? ¡No podía creerlo! ¿Cómo era capaz mi propia esposa de pensar, tan a la ligera, que yo traicionaría la verdad de la Escritura y de la Reforma? Sentí como si me clavaran un cuchillo por la espalda.

-¿Cómo puedes tú decir eso? -balbucí-. ¡Eso es renegar de tu confianza en mí como pastor y
como profesor! ¿Católico yo? ¡Me amamantaron con los escritos de Martin Lutero...! ¿Qué pretendes?

-Scott, estaba acostumbrada a considerarte como un hombre profundamente anti-católico y comprometido con los principios de la Reforma. Pero últimamente te oigo hablar tanto de sacramentos, liturgia, tipología, eucaristía... -luego Kimberly añadió algo que nunca olvidaré-: A veces pienso que podrías ser un Lutero al revés.

20.9.20

Roma, Dulce Hogar, Capítulo 6; Autores: Scott y Kimberly Hahn

El Padre John Debicki, mi amigo sacerdote de Pittsburgh, me puso en contacto con el Layton Study Center, un centro del Opus Dei en Milwaukee. Los amigos que hice allí, tanto los sacerdotes como los otros miembros, me ofrecieron un enfoque práctico de oración, trabajo, familia y apostolado, que integró todo lo positivo de mi experiencia evangélica dentro de un sólido plan de vida católico. Se me enseñó y se me animó, como laico, a encontrar modos de transformar mi trabajo en oración. 

Uno de los miembros casados, Chris Wolfe, me estimulaba constantemente a dar total prioridad a mi vida interior. Por fin el proceso de conversión se estaba tornando, sobrenaturalmente, en una historia romántica. 

El Espíritu Santo me estaba revelando que la Iglesia católica, que tanto me aterrorizaba antes, era en realidad mi hogar y mi familia. Experimentaba un gozoso sentimiento de regreso a casa a medida que redescubría a mi padre, a mi madre y a mis hermanos y hermanas mayores. 

Así que un día cometí una «fatal metedura de pata»: decidí que había llegado el momento de
ir, yo solo, a una Misa católica. Tomé al fin la resolución de atravesar las puertas del Gesú, la parroquia de Marquette University. Poco antes de mediodía me deslicé silenciosamente hacia la cripta de la capilla para la misa diaria. No sabía con certeza lo que encontraría; quizá estaría sólo con un sacerdote y un par de viejas monjas. Me senté en un banco del fondo para observar. De repente, numerosas personas empezaron a entrar desde las calles, gente normal y corriente. Entraban, hacían una genuflexión y se arrodillaban para rezar. Me impresionó su sencilla pero sincera devoción. Sonó una campanilla, y un sacerdote caminó hacia el altar. 

Yo me quedé sentado, dudando aún de si debía arrodillarme o no. Como evangélico calvinista, me habían enseñado que la misa católica era el sacrilegio más grande que un hombre podía cometer: inmolar a Cristo otra vez. Así que no sabía qué hacer. Observaba y escuchaba atentamente a medida que las lecturas, oraciones y respuestas -tan impregnadas en la Escritura- convertían la Biblia en algo vivo. Me venían ganas de interrumpir la misa para decir: «Mira, esa frase es de Isaías... El canto es de los Salmos ¡Caramba!, ahí tienen a otro profeta en esa plegaria.» Encontré muchos elementos de la antigua liturgia judía que yo había estudiado tan intensamente. 

Entonces, de repente, comprendí que éste era el lugar de la Biblia. Éste era el ambiente en el cual esta preciosa herencia de familia debe ser leída, proclamada y explicada... Luego pasamos a la Liturgia Eucarística, donde todas mis afirmaciones sobre la alianza hallaban su lugar. Hubiera querido interrumpir cada parte y gritar: «¡Eh!, ¿queréis que os explique lo que está pasando desde el punto de vista de la Escritura? ¡Esto es fantástico!» Pero en vez de eso, allí estaba yo sentado, languideciendo por un hambre sobrenatural del Pan de Vida. 
Tras pronunciar las palabras de la Consagración, el sacerdote mantuvo elevada la hostia. Entonces sentí que la última sombra de duda se había diluido en mí. Con todo mi corazón musité: 

«Señor mío y Dios mío. ¡Tú estás verdaderamente ahí! Y si eres Tú, entonces quiero tener plena comunión contigo. No quiero negarte nada.»