Los ángeles dicen a los Apóstoles que es hora de
comenzar la inmensa tarea que les espera, que no se debe perder un instante.
Con la Ascensión termina la misión terrena de Cristo y comienza la de sus
discípulos, la nuestra. Y hoy, en nuestra oración, es bueno que oigamos
aquellas palabras con las que el Señor intercede ante Dios Padre por nosotros
mismos: no pido que los saques del mundo, de nuestro ambiente, del propio
trabajo, de la propia familia..., sino que los preserves del mal(Jn 17, 15).
Porque quiere el Señor que cada uno en su lugar continúe la tarea de santificar
el mundo, para mejorarlo y ponerlo a sus pies: las almas, las instituciones,
las familias, la vida pública... Porque solo así el mundo será un lugar donde
se valore y respete la dignidad humana, donde se pueda convivir en paz, con la
verdadera paz, que tan ligada está a la unión con Dios.«Nos recuerda la fiesta de hoy que el celo por las almas es un mandato del
Señor, que, al subir a su gloria, nos envía como testigos suyos por el orbe
entero. Grande es nuestra responsabilidad: porque ser testigo de Cristo supone,
antes que nada, procurar comportarnos según su doctrina, luchar para que
nuestra conducta recuerde a Jesús, evoque su figura amabilísima»( San Josemaría
Escrivá, Es Cristo que pasa, 122).
Quienes conviven o se relacionan con nosotros nos han de ver leales, sinceros,
alegres, trabajadores; nos hemos de comportar como personas que cumplen con
rectitud sus deberes y saben actuar como hijos de Dios en las incidencias que
acarrea cada día. Las mismas normas corrientes de la convivencia –que para
muchos quedan en algo externo, necesario para el trato social– han de ser fruto
de la caridad, manifestaciones de una actitud interior de interés por los
demás: el saludo, la cordialidad, el espíritu de servicio...
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