El Apóstol Pablo dice: «He alcanzado misericordia a fin de que Jesucristo mostrara en mí toda su longanimidad, para instrucción de quienes han de creer en él para la vida eterna» (1Tm 1,16). Cristo que iba a conceder el perdón a los pecadores, incluso a sus enemigos, que se convirtieron a él, comenzó eligiéndome a mí, el enemigo más implacable, para que una vez sanado yo, nadie pierda la esperanza para los demás.
Esto es lo que hacen los
médicos: cuando llegan a un lugar en que nadie los conoce, eligen primero para
curar casos desesperados; de esta forma, a la vez que ejercen en ellos la
misericordia, hacen publicidad de su ciencia, para que unos a otros se digan en
aquel lugar: «Vete a tal médico; ten confianza, que te sanará. (…)También yo he
conocido una situación parecida; lo que tu padeces también lo padecí yo». De
modo semejante dice Pablo a todo enfermo que está a punto de perder la
esperanza: «Quien me curó a mí, me envió a ti, diciéndome: Acércate a aquella
persona sin esperanza y cuéntale lo que tuviste, lo que curé en ti. (…) Grítalo
a los desesperados: Es palabra fiel y digna de todo crédito que Jesucristo vino
al mundo a salvar a los pecadores (1Tm 1,15). ¿Por qué teméis? ¿Por qué os
asustáis? El primero de los cuales soy yo. Yo, yo que os hablo; yo sano, a
vosotros enfermos; yo, que estoy en pie, a vosotros caídos; yo ya seguro, a
vosotros sin esperanza». (…)
No perdáis, pues, la
esperanza. Estáis enfermos, acercaos a él y recibid la curación; estáis ciegos,
acercaos a él y sed iluminados. (…) Decid todos: “Venid, adorémosle,
postrémonos ante él y lloremos en presencia del Señor, que nos hizo” (Sal 94,6
Vulgata).





























