Jesús no conoce este temor. Jesús no enseña una religión
para élites, totalmente desinteresada. La noción de Dios que Jesús no enseña es
diferente: su Dios es muy humano; es un Dios bueno y poderoso. La religión de
Jesús es muy humana, muy simple –es la religión de los sencillos: «Te doy
gracias, Padre, Señor de cielo y tierra porque has escondido estas cosas a lo
sabios e inteligentes y las has revelado a los humildes y sencillos» (Mt
11,25). Los pequeños, los que tienen necesidad de la ayuda de Dios y lo dicen,
comprenden mucho mejor la verdad que los inteligentes, quienes, rechazando la
oración de petición y no admitiendo más que la alabanza desinteresada a Dios,
construyen en el hombre una autosuficiencia que no se corresponde con su
indigencia, tal como lo expresan las palabras de Ester: «Protégeme» (14,4).
Detrás de esta noble actitud que no quiere ser molesta a Dios con su pequeños
males, se esconde la duda siguiente: ¿Puede Dios dar respuesta a las realidades
de nuestra vida, puede cambiar nuestras situaciones y entrar en la realidad de
nuestra vida terrena?...
Si Dios no actúa, si no tiene poder sobre los
acontecimientos concretos de nuestra vida, ¿cómo sigue siendo Dios? Y si Dios
es amor ¿no encontrará el amor una posibilidad de responder a la esperanza del
que le ama? Si Dios es amor, si no pudiera ayudarnos en nuestra vida concreta,
el amor no sería el último poder del mundo.






























