Como niños en brazos de su madre
De su parte, los hijos
reconocen a su Madre. Por una especie de instinto natural inspirado por la fe,
recurren espontáneamente e irresistiblemente a la invocación de su nombre en
todas las necesidades y todos los peligros, como niños que se echan en los
brazos de su madre.
Por eso, no creo que sea
absurdo pensar que de esos niños habla el profeta cuando hace esta promesa:
“Tus hijos habitarán en ti” (cf. Is 62,5), sin perder de vista que esta
profecía se puede aplicar a la Iglesia. Desde ahora habitamos al abrigo de la
Madre del Altísimo, descansamos bajo su protección, a la sombra de sus alas.
Más tarde compartiremos su gloria y estaremos en la tibieza de su seno.
Entonces resonará el grito unánime de los hijos alabando a su madre “De todos
nosotros que estamos en la alegría, tú eres nuestra morada” (cf. Sal 86,7).






























