Moisés habló al pueblo diciendo: Tú eres un pueblo consagrado al Señor, tu Dios: Él te eligió para que fueras su pueblo y su propiedad exclusiva entre todos los pueblos de la tierra. El Señor se prendó de ustedes y los eligió, no porque sean el más numeroso de todos los pueblos. Al contrario, tú eres el más insignificante de todos. Pero por el amor que les tiene, y para cumplir el juramento que hizo a tus padres, el Señor los hizo salir de Egipto con mano poderosa, y los libró de la esclavitud y del poder del Faraón, rey de Egipto. Reconoce, entonces, que el Señor, tu Dios, es el verdadero Dios, el Dios fiel, que a lo largo de mil generaciones, mantiene su alianza y su fidelidad con aquellos que lo aman y observan sus mandamientos; pero que no tarda en dar su merecido a aquel que lo aborrece, a él mismo en persona, haciéndolo desaparecer. Por eso, observa los mandamientos, los preceptos y las leyes que hoy te ordeno poner en práctica.
12.10.26
de la Homilía 6; Autor: San Juan Crisóstomo
Un sembrador se fue a echar la semilla y una parte cayó al borde del camino, pero vinieron las aves y se la comieron, otra parte cayó en tierra buena. Tres partes se perdieron, una sola fructificó. Pero el sembrador no cesó de cultivar el campo. Le basta que una parte se conserve para no dejar su trabajo. En este momento es imposible que el grano que yo echo en medio de un auditorio tan numeroso deje de germinar. Si no todos escuchan, una tercera parte sí que escucha. Si no es una tercera parte será una décima. Si incluso no llega a una décima parte, si hay uno sólo que escucha en esta asamblea numerosa, no dejaré de hablar.
No es pequeña cosa la salvación de una sola oveja. El
Buen Pastor dejó las noventa y nueve para correr tras la oveja descarriada. (Lc
15,4) No podría despreciar a ninguna. Incluso si no hubiera más que uno que
escucha, siempre sería un ser humano, un ser tan querido por Dios. Aunque fuera
un esclavo, no lo despreciaría, porque busco el valor personal y no la
condición social, busco al hombre. Aunque no hubiera más que uno, siempre sería
el hombre, aquel por quien fueron creados el sol, el aire, los manantiales y el
mar, enviados los profetas, dada la Ley. Por el ser humano, el Hijo único de
Dios se hizo hombre. Mi Señor se inmoló, su sangre ha sido derramada por el
hombre y yo ¿sería capaz de menospreciar a quien fuera?...
No, no dejaré de sembrar la palabra aunque nadie
escuchara. Soy médico, ofrezco mis remedios. Tengo que enseñar, tengo que
instruir porque está escrito: «Te he constituido centinela de Israel.» (Ez
3,17)
Carta de San Pablo a los Filipenses 4,6-9
No se angustien por nada, y en cualquier circunstancia,
recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para
presentar sus peticiones a Dios.
Entonces la paz de Dios, que supera todo lo que podemos
pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en
Cristo Jesús.
En fin, mis hermanos, todo lo que es verdadero y noble,
todo lo que es justo y puro, todo lo que es amable y digno de honra, todo lo
que haya de virtuoso y merecedor de alabanza, debe ser el objeto de sus
pensamientos.
Pongan en práctica lo que han aprendido y recibido, lo
que han oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con ustedes.
11.9.26
Carta 42 al rey Luis de Hungría; Autora: Santa Catalina de Siena (1347-1380)
He aquí los signos particulares que muestran si el alma
tiene caridad o no. Ella no desprecia a nadie, sino que soporta con paciencia
los defectos de otros. No se irrita, sino que está plena de mansedumbre, no
convierte al hombre en injusto sino en justo, rindiendo a cada uno lo que le
corresponde, ya sea que él obedezca o que mande. Da gloria a Dios y alabanza a
su Nombre. Rechaza al odio y le da horror el pecado, ejerce el amor y la benevolencia con el prójimo. Si él es poderoso y tiene que ejercer la justicia,
escucha al grande como al pequeño, al pobre como al rico. No mancha su
conciencia cediendo a los elogios, a las amenazas, al placer o al displacer.
Tiene la balanza derecha, dando a cada uno lo que quiere la justicia. Sirve con
celo al prójimo, mostrando hacia él el amor que tiene por Dios: no puede rendir
un servicio a Dios, pero se aplica a rendir servicio a los que Dios ama tanto,
a la criatura razonable, que le es dada como intermediaria.
¡Qué dulce es la caridad, tierna madre! No existe
tristeza en ella, ella es la alegría del que la posee.
9.9.26
Salmo 13(12), 2-6
¿Hasta cuándo me tendrás olvidado, Señor?
¿Eternamente?
¿Hasta cuándo me ocultarás tu rostro?
¿Hasta cuándo mi alma estará acongojada
y habrá pesar en mi corazón, día tras día?
¿Hasta cuándo mi enemigo prevalecerá sobre mí?
¡Mírame, respóndeme, Señor, ¡Dios mío!
Ilumina mis ojos,
para que no caiga en el sueño de la muerte,
para que mi enemigo no pueda decir:
"Lo he vencido",
ni mi adversario se alegre de mi fracaso.
Yo confío en tu misericordia:
que mi corazón se alegre porque me salvaste.
¡Cantaré al Señor porque me ha favorecido!
8.8.26
Catequesis 5 sobre la fe y el símbolo (12-13); Autor: San Cirilo de Jerusalén (313-350) obispo de Jerusalén, doctor de la Iglesia
Al aprender o profesar la fe, adhiérete y conserva solamente la que ahora te entrega la Iglesia, la única que las santas Escrituras acreditan y defienden. Todos no pueden leer las –Escrituras-, unos porque no saben leer, otros porque sus ocupaciones se lo impiden, para que ningún alma perezca por ignorancia, hemos resumido, en los pocos versículos del Credo, el conjunto de los dogmas de la fe.
La fe te viene de entender el texto, guárdala en tu
memoria. Recíbela también, y cuando llegue el momento, comprenderás, cada uno
de sus artículos, el testimonio de las divinas Escrituras. Porque tenéis que
saber que el símbolo de la fe no lo han compuesto los hombres según su
capricho; sino que los puntos más importantes, han sido entresacados del
conjunto de las santas Escrituras y resume toda la doctrina de la fe. Y a la
manera de la semilla de mostaza, que, a pesar de ser un grano tan pequeño,
contiene ya en sí la magnitud de sus diversas ramas, del mismo modo el símbolo
de la fe, en pocas palabras, todo lo que nos da a conocer el antiguo y el nuevo
Testamento.
5.8.26
Retiro predicado en el Vaticano, 1983; Autor: Cardenal Joseph Ratzinger [Benedicto XVI papa 2005-2013]
Jesús no conoce este temor. Jesús no enseña una religión
para élites, totalmente desinteresada. La noción de Dios que Jesús nos enseña es
diferente: su Dios es muy humano; es un Dios bueno y poderoso. La religión de
Jesús es muy humana, muy simple –es la religión de los sencillos: «Te doy
gracias, Padre, Señor de cielo y tierra porque has escondido estas cosas a lo
sabios e inteligentes y las has revelado a los humildes y sencillos» (Mt
11,25). Los pequeños, los que tienen necesidad de la ayuda de Dios y lo dicen,
comprenden mucho mejor la verdad que los inteligentes, quienes, rechazando la
oración de petición y no admitiendo más que la alabanza desinteresada a Dios,
construyen en el hombre una autosuficiencia que no se corresponde con su
indigencia, tal como lo expresan las palabras de Ester: «Protégeme» (14,4).
Detrás de esta noble actitud que no quiere ser molesta a Dios con su pequeños
males, se esconde la duda siguiente: ¿Puede Dios dar respuesta a las realidades
de nuestra vida, puede cambiar nuestras situaciones y entrar en la realidad de
nuestra vida terrena?...
Si Dios no actúa, si no tiene poder sobre los
acontecimientos concretos de nuestra vida, ¿cómo sigue siendo Dios? Y si Dios
es amor ¿no encontrará el amor una posibilidad de responder a la esperanza del
que le ama? Si Dios es amor, si no pudiera ayudarnos en nuestra vida concreta,
el amor no sería el último poder del mundo.
19.7.26
“Divine Calls” vol. 8; Nº 2; Autor: San John Henry Newman (1801-1890)
Abrahán es llamado para quitar su casa y su tierra(Gn
12,1), Pedro es llamado a dejar sus redes (Mt 4,18), Mateo a dejar su empleo
(Mt 9,9), Eliseo a dejar su granja (1R 19,19) Natanael a dejar su retiro debajo
de la higuera (Jn 1,47). Sin cesar, todos somos constantemente llamados, de una
cosa a otra, cada vez más lejos, sin reposo, subiendo hacia el reposo eterno,
siguiendo una llamada interior para estar a punto para escuchar la siguiente.
Cristo nos llama sin cesar para justificarnos sin cesar.
Nos quiere santificar y glorificar constantemente. Tenemos que comprenderlo,
aunque somos lentos en darnos cuenta de esta gran verdad: Cristo camino con
nosotros y con su mano, con sus ojos, con su voz nos hace signos para seguirle.
No nos damos cuenta de que su llamada tiene lugar en este preciso momento.
Pensamos que tuvo lugar en tiempos de los apóstoles, pero, en realidad, no creemos en ella ni la esperamos de verdad
para nosotros mismos.
Evangelio según San Mateo 18, 19-20
18.7.26
Comentario al Evangelio del día 18 de Julio de 2026 en la página del Opus Dei
Dios, buen pedagogo, había dicho al pueblo de Israel que se le podía encontrar en el susurro de una brisa suave antes que en el huracán o el terremoto (cfr. 1Reyes 19,3-15). Una y otra vez debían ser corregidas las expectativas de aquellos hombres, a los que les costaba tanto salir de su forma de comprender las cosas. En ese susurro es como Jesús, el Mesías esperado, vino al mundo: en el silencio de la noche y en un lugar pequeño y apartado. Y con ese susurro es como llevó a cabo su misión: como Siervo sufriente (cfr. Is 42,1-4). De esto había hablado Isaías, pero la mayoría no lo había entendido: el Mesías se iba a enfrentar con el endurecimiento y el rechazo, en concreto, de los dirigentes del pueblo de Israel.
1.5.26
Tratado 60; Autor: Balduino de Ford (¿-c. 1190) abad cisterciense
“La Palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo” (Hb 4, 12). Toda la grandeza y fuerza y sabiduría de la Palabra de Dios, mírala aquí por estas palabras que el Apóstol muestra a aquellos que buscan a Cristo, Palabra, fuerza y sabiduría de Dios... Esta Palabra estaba al comienzo cerca del Padre, eterno con él. Ella fue revelada en su tiempo a los apóstoles, anunciada por ellos y recibida humildemente por el pueblo de los creyentes....
Esta Palabra es viva, "Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo (Jn 5,
26). Además no es solamente viva, sino que es la vida misma, como está escrito:
“Yo soy la vida, la verdad y el camino”( Jn 14,6). Y ya que ella es la vida,
está viva y vivificante, pues “como el Padre resucita a los muertos y les da
vida, así el Hijo da la vida al que quiere”( Jn 5,21). Ella es vivificante
cuando llama a Lázaro salir de su tumba y le dice: “Sal”(Jn 11,43). Cuando esta
Palabra es proclamada, la voz que la pronuncia resuena al exterior con una
fuerza que atraviesa el interior, hace revivir a los muertos, y (despertando la
fe) suscita verdaderos hijos de Abraham(Mt 3, 9). Sí, esta Palabra, es
viviente, en el corazón del Padre, en la boca del que la proclama, en el corazón
del que cree y ama.
25.4.26
Opúsculo 51; PL 145, 749s; Autor: San Pedro Damián (1007-1072) benedictino, obispo de Ostia, doctor de la Iglesia
Considera tu pecado como
peligroso y mortal; al de los otros, ponle el nombre de fragilidad de la
condición humana. La falta que en ti estimes que necesita una corrección
severa, si la ves en los otros, piensa que no merece más que un pequeño golpe
de varilla. No seas más justo que el justo: teme cometer un pecado, pero no dudes
en perdonar al pecador. La verdadera justicia no es la que precipita a las
almas de los hermanos en la trampa de la desesperación… Es muy peligroso el
fuego que, al quemar las zarzas, amenaza, con el ardor de sus llamas, abrasar
la misma casa. No, el que mira con atención y gusto los defectos de los demás
no podrá evitar el pecado, porque, aunque sea movido por el celo de la
justicia, tarde o temprano, se dejará guiar por el menosprecio.
Evidentemente, si nuestra
vida no nos parece brillante, la de los otros no nos parecerá tan fea. Y si,
como sería de desear, somos jueces severos para con nosotros, no seremos
censores rigurosos con las faltas de lo demás.
Carta de San Judas; 17-23
En cuanto a ustedes, queridos míos, acuérdense de lo que predijeron
los Apóstoles de nuestro Señor Jesucristo. Ellos les decían: «En los últimos tiempos habrá gente que se burlará de todo y vivirá de acuerdo con sus pasiones impías». Estos son los que provocan divisiones, hombres sensuales que no poseen el Espíritu.Pero ustedes, queridos míos, edifíquense a sí mismos sobre el fundamento de su fe santísima, orando en el Espíritu Santo. Manténganse en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para la Vida eterna. Traten de convencer a los que tienen dudas, y sálvenlos librándolos del fuego. En cuanto a los demás, tengan piedad de ellos, pero con cuidado, aborreciendo hasta la túnica contaminada por su cuerpo.
18.4.26
Deuteronomio 30,10-14.
Este mandamiento que hoy te
prescribo no es superior a tus fuerzas ni está fuera de tu alcance.
No está en el cielo, para
que digas: "¿Quién subirá por nosotros al cielo y lo traerá hasta aquí, de
manera que podamos escucharlo y ponerlo en práctica?".
Ni tampoco está más allá del
mar, para que digas: "¿Quién cruzará por nosotros a la otra orilla y lo
traerá hasta aquí, de manera que podamos escucharlo y ponerlo en
práctica?"
No, la palabra está muy
cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que la practiques.
14.4.26
Sermón 176, 4; Autor: San Agustín (354-430) obispo de Hipona
El Apóstol Pablo dice: «He alcanzado misericordia a fin de que Jesucristo mostrara en mí toda su longanimidad, para instrucción de quienes han de creer en él para la vida eterna» (1Tm 1,16). Cristo que iba a conceder el perdón a los pecadores, incluso a sus enemigos, que se convirtieron a él, comenzó eligiéndome a mí, el enemigo más implacable, para que una vez sanado yo, nadie pierda la esperanza para los demás.
Esto es lo que hacen los
médicos: cuando llegan a un lugar en que nadie los conoce, eligen primero para
curar casos desesperados; de esta forma, a la vez que ejercen en ellos la
misericordia, hacen publicidad de su ciencia, para que unos a otros se digan en
aquel lugar: «Vete a tal médico; ten confianza, que te sanará. (…)También yo he
conocido una situación parecida; lo que tu padeces también lo padecí yo». De
modo semejante dice Pablo a todo enfermo que está a punto de perder la
esperanza: «Quien me curó a mí, me envió a ti, diciéndome: Acércate a aquella
persona sin esperanza y cuéntale lo que tuviste, lo que curé en ti. (…) Grítalo
a los desesperados: Es palabra fiel y digna de todo crédito que Jesucristo vino
al mundo a salvar a los pecadores (1Tm 1,15). ¿Por qué teméis? ¿Por qué os
asustáis? El primero de los cuales soy yo. Yo, yo que os hablo; yo sano, a
vosotros enfermos; yo, que estoy en pie, a vosotros caídos; yo ya seguro, a
vosotros sin esperanza». (…)
No perdáis, pues, la
esperanza. Estáis enfermos, acercaos a él y recibid la curación; estáis ciegos,
acercaos a él y sed iluminados. (…) Decid todos: “Venid, adorémosle,
postrémonos ante él y lloremos en presencia del Señor, que nos hizo” (Sal 94,6
Vulgata).
Un camino muy sencillo; Autora: Santa Teresa de Calcuta (1910-1997)
“Perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido”
Cada noche, antes de acostaros, debéis hacer vuestro
examen de conciencia (¡porque no sabéis si al día siguiente estaréis todavía en este mundo!). Cualquiera que sea el mal que habéis hecho debéis comprometeros a repararlo si es posible. Si, por ejemplo, habéis robado alguna cosa, intentad devolverla. Si habéis ofendido a alguien, procurad excusaros lo más pronto posible. Si es imposible reparar, expresad a Dios vuestra pena y vuestro remordimiento. Es muy importante, porque debemos ser capaces de arrepentirnos para volvernos capaces de amor. Podrías decir, por ejemplo: “Señor, tengo pena por haberte ofendido y te prometo hacer todo lo mejor que sepa para no recaer”. Entonces, de golpe, ¡qué impresión de bienestar, de liberación, de sentir el corazón purificado! Acordaos de que Dios es misericordia. Es nuestro Padre solícito, dispuesto a perdonar y olvidarlo todo, con la sola condición de que nosotros hagamos otro tanto con los que nos han hecho algún mal.
Examinad, pues, el fondo de
vuestro corazón para ver si no hay en él algún resentimiento escondido hacia
vuestro prójimo. En efecto, ¿Cómo podríamos pedir a Dios que nos perdone si no
quisiéramos perdonar a los otros? Acordaos, pues, que si os arrepentís
verdaderamente con corazón generoso, a los ojos de Dios vuestras faltas serán
olvidadas. Él os perdonará siempre si vuestro arrepentimiento es sincero. Orad,
pues, para perdonar a los que os han ofendido, para amar a los que no amáis, y
sabed perdonar inmediatamente así como Dios os ha perdonado.
Segunda carta de San Pablo a Timoteo 3,14-17 y 4,1-2
| Yo te conjuro delante de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a los vivos y a los muertos, y en nombre de su Manifestación y de su Reino: |
| proclama la Palabra de Dios, insiste con ocasión o sin ella, arguye, reprende, exhorta, con paciencia incansable y con afán de enseñar. |
6.4.26
Instrucciones VI, 76-78; Autor: Doroteo de Gaza, monje en Palestina
Si tuviéramos amor, acompañado de compasión y pena, no prestaríamos atención a los defectos del prójimo, según la palabra “El amor cubre todos los pecados” (I Pe 4, 8) y “El amor no tiene en cuenta el mal recibido,…todo lo disculpa,…” (cf. I Cor 13,5-6). Entonces, si tuviéramos amor, ella misma cubriría cualquier falta y seriamos como los santos cuando ven los defectos de los hombres.
Los santos ¿es por ceguera
que no ven los pecados? ¿Quién detesta más el pecado que los santos? Sin
embargo, no odian al pecador, no lo juzgan, no lo rehúyen. En cambio, lo
compadecen, exhortan, consuelan, lo cuidan como a un miembro enfermo. Hacen
todo lo posible para salvarlo. De la misma manera los santos por la paciencia y
la caridad atraen al hermano en lugar de rechazarlo lejos de sí con
repugnancia. Cuando una madre tiene un hijo con una malformación, no lo
abandona con horror sino que lo cuida y hace todo lo posible para que esté
mejor. Es así como los santos protegen siempre al pecador. Lo disponen y se
ocupan de él para corregirlo en el momento oportuno, para evitar que haga daño
y para que progresen cada vez más en el amor de Cristo.
4.4.26
Sermón I para la Asunción; Autor: Beato Guerrico de Igny (c. 1080-1157) abad cisterciense
Como niños en brazos de su madre
De su parte, los hijos
reconocen a su Madre. Por una especie de instinto natural inspirado por la fe,
recurren espontáneamente e irresistiblemente a la invocación de su nombre en
todas las necesidades y todos los peligros, como niños que se echan en los
brazos de su madre.
Por eso, no creo que sea
absurdo pensar que de esos niños habla el profeta cuando hace esta promesa:
“Tus hijos habitarán en ti” (cf. Is 62,5), sin perder de vista que esta
profecía se puede aplicar a la Iglesia. Desde ahora habitamos al abrigo de la
Madre del Altísimo, descansamos bajo su protección, a la sombra de sus alas.
Más tarde compartiremos su gloria y estaremos en la tibieza de su seno.
Entonces resonará el grito unánime de los hijos alabando a su madre “De todos
nosotros que estamos en la alegría, tú eres nuestra morada” (cf. Sal 86,7).
Libro de los Números 6,22-27.
El Señor dijo a Moisés:
Habla en estos términos a Aarón y a sus hijos: Así
bendecirán a los israelitas. Ustedes les dirán:
Que el Señor te bendiga y te proteja.
Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te muestre
su gracia.
Que el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz.
Que ellos invoquen mi Nombre sobre los israelitas, y yo
los bendeciré.
del Sermón 1 sobre la Navidad; Autor: Julián de Vézelay (c. 1080-c. 1160) monje benedictino
”La Palabra era la luz verdadera”
“Venga también ahora la Palabra del Señor a quienes la
esperamos en silencio. Un silencio sereno lo envolvía todo, y al mediar la
noche su carrera, tu Palabra todopoderosa descendió desde el trono real de los
cielos.” (Sb 18, 14-15) Este texto de la Escritura se refiere a aquel sacratísimo
tiempo en que la Palabra todopoderosa de Dios vino a nosotros para anunciarnos
la salvación, descendiendo del seno y del corazón del Padre a las entrañas de
una madre. (…)
Así pues, todo estaba en el más profundo silencio:
callaban en efecto los profetas que lo habían anunciado, callaban los apóstoles
que habían de anunciarlo. En medio de este silencio que hacía de intermediario
entre ambas predicaciones, se percibía el clamor de los que ya lo habían
predicado y el de aquellos que muy pronto habían de predicarlo. (…) Con
expresión feliz se nos dice que en medio del silencio vino el mediador entre
Dios y los hombres: hombre a los hombres, mortal a los mortales, para salvar
con su muerte a los muertos.
Y ésta es mi oración: que venga también ahora la Palabra del Señor a quienes le esperamos en silencio; que escuchemos lo que el Señor Dios nos dice en nuestro interior. Callen las pasiones carnales y el estrépito inoportuno; callen también las fantasías de la loca imaginación, para poder escuchar atentamente lo que nos dice el Espíritu, para escuchar la voz que nos viene de lo alto. Pues nos habla continuamente con el Espíritu de vida y se hace voz sobre el firmamento que se cierne sobre el ápice de nuestro espíritu; pero nosotros, que tenemos la atención fija en otra parte, no escuchamos al Espíritu que nos habla.
Salmo 57(56),2.3-4.6.11.
Ten piedad de mí, Dios mío, ten piedad,
porque mi alma se refugia en ti;
yo me refugio a la sombra de tus alas
hasta que pase la desgracia.
Invocaré a Dios, el Altísimo,
al Dios que lo hace todo por mí:
él me enviará la salvación desde el cielo
y humillará a los que me atacan.
¡Que Dios envíe su amor y su fidelidad!
¡Levántate, Dios, por encima del cielo,
y que tu gloria cubra toda la tierra!
porque tu misericordia se eleva hasta el cielo
y tu fidelidad hasta las nubes.
14.1.26
2 Corintios 6:14-18; Autor: San Pablo
No se junten con los que rechazan la fe: es cosa absurda. ¿Podrían unirse la justicia y la maldad? ¿Podrían convivir la luz y las tinieblas? ¿Podría haber armonía entre Cristo y Satanás? ¿Qué unión puede haber entre el que cree y el que ya no cree?
¿Qué tiene que ver el Templo de Dios con los ídolos?
Nosotros somos el Templo del Dios vivo. Dios lo dijo: Habitaré y viviré en
medio de ellos; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo.
Por eso, salgan de en medio de ellos y apártense, dice el
Señor. No toquen nada impuro y yo los miraré con agrado. Yo seré un padre para
ustedes, y ustedes serán mis hijos e hijas, dice el Señor, Dueño del universo.
2.1.26
Números 6:24-26,
1.1.26
Segunda Carta de San Pablo a Timoteo 3,14-17.4,1-2
Pero tú permanece fiel a la doctrina que aprendiste y de la que estás plenamente convencido: tú sabes de quiénes la has recibido. Recuerda que desde la niñez conoces las Sagradas Escrituras: ellas pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación, mediante la fe en Cristo Jesús.
Toda la Escritura está inspirada por Dios, y es útil para
enseñar y para argüir, para corregir y para educar en la justicia, a fin de que
el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para hacer siempre el bien.
Yo te conjuro delante de Dios y de Cristo Jesús, que ha
de juzgar a los vivos y a los muertos, y en nombre de su Manifestación y de su
Reino: proclama la Palabra de Dios, insiste con ocasión o sin ella, arguye,
reprende, exhorta, con paciencia incansable y con afán de enseñar.
22.12.25
Segunda Carta de San Pablo a Timoteo 3, 1-5
Quiero que sepas que en los últimos tiempos sobrevendrán momentos difíciles. Porque los hombres serán egoístas, amigos del dinero, jactanciosos, soberbios, difamadores, rebeldes con sus padres, desagradecidos, impíos, incapaces de amar, implacables, calumniadores, desenfrenados, crueles, enemigos del bien, traidores, aventureros, obcecados, más amantes de los placeres que de Dios; y aunque harán ostentación de piedad, carecerán realmente de ella. ¡Apártate de esa gente!
23.11.25
15.11.25
Salmo 100(99),1b-2.3.4.5.
¡Lleguemos hasta el Señor cantando himnos de gozo!
Aclame al Señor toda la
tierra,
sirvan al Señor con alegría,
lleguen hasta él con cantos
jubilosos.
Reconozcan que el Señor es
Dios:
él nos hizo y a él
pertenecemos;
somos su pueblo y ovejas de
su rebaño.
Entren por sus puertas dando
gracias,
entren en sus atrios con
himnos de alabanza,
alaben al Señor y bendigan
su Nombre.
¡Qué bueno es el Señor!
Su misericordia permanece
para siempre,
Primera Carta de San Pablo a Timoteo 6,13-16.
Yo te ordeno delante de Dios, que da vida a todas las cosas, y delante de Cristo Jesús, que dio buen testimonio ante Poncio Pilato: observa lo que está prescrito, manteniéndote sin mancha e irreprensible hasta la Manifestación de nuestro Señor Jesucristo,
Manifestación que hará aparecer a su debido tiempo el bienaventurado y único Soberano, el Rey de los reyes y Señor de los señores, el único que posee la inmortalidad y habita en una luz inaccesible, a quien ningún hombre vio ni puede ver. ¡A él sea el honor y el poder para siempre! Amén.
Breviloquio, Prólogo, 2-5; Autor: San Buenaventura (1221-1274) franciscano, doctor de la Iglesia
El origen de la Escritura no se halla en la búsqueda humana, sino en la divina revelación que proviene del “Padre de las luces”, “de quien toma su nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra” (St 1,17; Ef 3,15). Es de él que, por su Hijo Jesucristo, llega a nosotros el Espíritu Santo. Es por el Espíritu Santo que, compartiendo y distribuyendo sus dones a cada uno según su voluntad Hb 2,4), se nos da la fe y “por la fe, Cristo habita en nuestros corazones” (Ef 3,17). De este conocimiento de Jesucristo se desprende, como de su fuente, la firmeza y la comprensión de toda la santa Escritura. Es, pues, imposible entrar en el conocimiento de la Escritura sin poseer infusa, primeramente, la fe de Cristo, como la luz, la puerta y el fundamento de toda la Escritura…
La finalidad o el fruto de la santa Escritura no es
cualquier cosa, sino la plena felicidad eterna. Porque en la Escritura están
“las palabras de vida eterna” (Jn 6,68); está, pues, escrita, no sólo para que
creamos, sino también para que poseamos la vida eterna en la cual veremos,
amaremos y nuestros deseos se verán eternamente colmados. Es entonces que
nuestros deseos se verán plenamente satisfechos, conoceremos verdaderamente “el
amor que sobrepasa todo conocimiento” y así llegaremos a “la Plenitud total de
Dios” (Ef 3,19). La divina Escritura se esfuerza en introducirnos a esta
plenitud; y es, pues, en vistas a este fin, con esta intención que la santa
Escritura debe ser estudiada, enseñada y comprendida.
27.8.25
Salmo 33(32),1.12.18-19.20-22.
Aclamen, justos, al Señor:
es propio de los buenos alabarlo.
¡Feliz la nación cuyo Dios es el Señor,
el pueblo que él se eligió como herencia!
Los ojos del Señor están fijos sobre sus fieles,
sobre los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y sustentarlos en el tiempo de indigencia.
Nuestra alma espera en el Señor;
él es nuestra ayuda y nuestro escudo.
Nuestro corazón se regocija en él:
nosotros confiamos en su santo Nombre.
Señor, que tu amor descienda sobre nosotros,
conforme a la esperanza que tenemos en ti.
Evangelio según San Lucas 12, 48
A todo el que se le ha dado mucho, mucho se le exigirá, y al que le encomendaron mucho, mucho le pedirán.
23.7.25
Homilía 44 sobre San Mateo, 3-4; PG 57, 467-469; Autor: San Juan Crisóstomo (c. 345-407)
En la parábola del sembrador Cristo nos enseña que su palabra se dirige a todos indistintamente. Del mismo modo, en efecto, que el sembrador de la parábola no hace distinción entre los terrenos sino que siembra a los cuatro vientos, así el Señor no distingue entre el rico y el pobre, el sabio y el necio, el negligente y el aplicado, el valiente y el cobarde, sino que se dirige a todos y, aunque conoce el porvenir, pone todo de su parte de manera que se puede decir: “¿Qué mas puedo hacer que no haya hecho?” (cf Is 5,4)...
Además, el
Señor expone esta parábola para animar a sus discípulos y educarlos a no
dejarse abatir aunque los que acojan la palabra sean menos numerosos que los
que la desperdician. Lo mismo pasó a su Maestro, a pesar de conocer el porvenir
no dejaba de repartir su grano.
Pero, me dirás,
¿a qué sirve sembrar entre espinas, en terreno pedregoso o sobre el camino? Si
se tratara de una semilla terrena, de una tierra material, realmente no tendría
sentido. Pero cuando se trata de las almas y de la Palabra, hay que elogiar al
sembrador. Se reprocharía con razón a un agricultor de actuar de esta manera.
La piedra no puede convertirse en tierra, el camino no puede dejar de ser
camino y las espinas no dejan de ser espinas. Pero en el terreno espiritual las
cosas no son así. La piedra puede convertirse en tierra fértil, el camino se
puede convertir en un campo donde no pisan los viandantes, las espinas pueden
ser arrancadas y permitir al grano fructificar libremente. Si esto no fuera posible,
el sembrador no hubiera sembrado su grano como, de hecho, lo hizo.
6.7.25
, de los Soliloquios con Dios; Autor: san Agustín
No te hallaba, Señor, de
fuera, porque mal te buscaba fuera, que estabas dentro. Está, pues, Dios en el
alma escondido, y ahí le ha de buscar con amor el buen contemplativo, diciendo:
¿Adónde te escondiste?
Salmo 34(33),2-3.4-5.6-7.
Bendeciré al Señor en todo tiempo,
su alabanza estará
siempre en mis labios.
Mi alma se gloría en
el Señor:
que lo oigan los
humildes y se alegren.
Glorifiquen conmigo
al Señor,
alabemos su Nombre
todos juntos.
Busqué al Señor: El
me respondió
y me libró de todos
mis temores.
Miren hacia El y
quedarán resplandecientes,
y sus rostros no se
avergonzarán.
Este pobre hombre
invocó al Señor:
El lo escuchó y lo
salvó de sus angustias.
13.5.25
Comentario al Evangelio del jueves de la 1.ª semana de Adviento. en la página del Opus Dei
En los Evangelios, Jesús habla en repetidas ocasiones de la llegada del Reino de Dios. Algunos de sus contemporáneos pensaban que se trataba de un reino político, de la próxima restauración del antiguo poder de los reyes de Israel. Pero el Señor deja claro que es otro tipo de reino, que incluso está ya presente: “daos cuenta de que el Reino de Dios está ya en medio de vosotros” (Lc 7,21). Como explica Orígenes, Jesús es el reino en persona, Él mismo es el "misterio del reino de Dios" que fue ofrecido a los discípulos.
En el pasaje de la Misa de hoy(Mt 7,21.24-27), Jesús nos explica cómo podemos entrar en contacto con su persona, empleando algunos verbos. No entra en el reino quien dice, quien sólo habla pero no hace nada, quien solo se conforma con llamarse cristiano. Ese hombre no entrará.
En cambio, pueden
entrar en su Reino quienes oyen sus palabras y las ponen en práctica. Una
manera concreta de oír sus palabras, de escuchar la voluntad de Dios es leer la
Palabra de Dios, por ejemplo con una atenta lectura del Evangelio todos los
días; y luego, intentar poner en práctica lo que hemos escuchado o leído,
haciendo nuestra la vida de Jesús.
“¿Quieres acompañar de cerca, muy de cerca, a Jesús?... Abre el Santo Evangelio y lee la Pasión del Señor. Pero leer sólo, no: vivir. La diferencia es grande. Leer es recordar una cosa que pasó; vivir es hallarse presente en un acontecimiento que está sucediendo ahora mismo, ser uno más en aquellas escenas”(San Josemaría, Vía Crucis, IXª estación.)
12.5.25
Sermón para la consagración de un obispo, Guelferbytanus n°32; PLS 2, 6378; Autor: San Agustín (354-430)
Aquel que gobierna
al pueblo debe entender ante todo que él es el servidor de todos. No debe
desdeñar su servicio... ya que el Señor de los Señores (1Tim 6,15) nunca
desdeñó ponerse a nuestro servicio.
Esta impureza de la
carne que se vislumbra entre los discípulos de Cristo como un deseo de
grandeza; el humo del orgullo que les nublaba la vista. De hecho, podemos leer:
“Una disputa surge entre ellos para saber quién era el más grande” (Lucas
22,24). Pero el Señor sanador estaba ahí; él reprimió sus ínfulas... Él les
mostró el ejemplo de humildad en un niño... Porque el orgullo es un gran mal,
el primer mal, el origen de todo pecado...
Por ello el apóstol
Pablo recomienda, entre otras virtudes de los responsables de la Iglesia, la
humildad (1Timoteo 3,6)... Cuando el Señor hablaba del ejemplo del niño: “El
que quiera ser el más grande entre vosotros, que sea vuestro servidor” (Mateo
20,26)... Les hablo como obispo y mis advertencias me dan miedo a mí mismo...
Cristo vino a la tierra “no para ser servido, sino para servir, y dar su vida
para saldar la deuda de una multitud” (Marcos 10,45). Así fue como él sirvió,
así es el tipo de servidor que nos ordena ser. Él dio su vida, él nos redimió.
¿Quién entre nosotros puede redimir a alguien más? Nos redimió de la muerte con
su muerte, con su sangre. A nosotros que estábamos dispersos por la tierra, él
nos levantó con su humildad. Pero nosotros también debemos poner de nuestra
parte para sus miembros, porque nosotros fuimos hechos sus miembros. Él es la
cabeza, nosotros el cuerpo (Efesios 1,22). Y el apóstol Juan nos exhorta a
imitarlo: “Cristo dio su vida por nosotros; nosotros también debemos dar
nuestra vida por nuestros hermanos” (1Juan 3,16).
1.5.25
Constitución Dogmática sobre la Iglesia “Lumen Gentium”, 17
Como el Hijo fue enviado por el Padre, así también Él envió a los Apóstoles (cf. Jn 20,21) diciendo: “Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo” (Mt 28,19- 20). Este solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad salvadora, la Iglesia lo recibió de los Apóstoles con orden de realizarlo hasta los confines de la tierra (cf. Hch 1,8). Por eso hace suyas las palabras del Apóstol: “¡Ay de mí si no evangelizare!” (1 Co 9,16), y sigue incesantemente enviando evangelizadores, mientras no estén plenamente establecidas las Iglesias recién fundadas y ellas, a su vez, continúen la obra evangelizadora.
































