Todo esto te sucederá porque
habrás escuchado la voz del Señor, tu Dios, y observado sus mandamientos y sus
leyes, que están escritas en este libro de la Ley, después de haberte
convertido al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma.
Este mandamiento que hoy te
prescribo no es superior a tus fuerzas ni está fuera de tu alcance.
No está en el cielo, para
que digas: "¿Quién subirá por nosotros al cielo y lo traerá hasta aquí, de
manera que podamos escucharlo y ponerlo en práctica?".
Ni tampoco está más allá del
mar, para que digas: "¿Quién cruzará por nosotros a la otra orilla y lo
traerá hasta aquí, de manera que podamos escucharlo y ponerlo en
práctica?"
No, la palabra está muy
cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que la practiques.
Los ninivitas
ayunaron con un ayuno completo cuando Jonás les predicó la conversión. (...) Esto
es lo que está escrito: “Dios vio sus obras y cómo se convertían de su mala
vida, y aplacó el incendio de su ira” (Jon 3,10). No dice: “Vio que ayunaban a
pan y agua y se vestían de saco y ceniza”, sino: “Vio Dios lo que hacían, cómo
se convirtieron de su mala conducta”. Porque el rey de Nínive había dicho: “Que
cada uno se convierta de su mala conducta y de la violencia que hay en sus
manos” (v. 8). Hicieron un ayuno sincero y fue aceptado.
Porque, amigo mío,
cuando se ayuna, la abstinencia de la maldad es siempre la mejor. Es mejor que
la abstinencia de pan y de vino, mejor que “humillarse a sí mismo, mover la
cabeza como un junco, acostarse sobre saco y ceniza” como dice Isaías (58,5).
En efecto, cuando el hombre se abstiene de pan, de agua o de cualquier
alimento, cuando se cubre de saco y ceniza y se aflige, eso es agradable a los
ojos de Dios. Pero lo que a Dios más le place es: “(...) desatar los lazos de
la maldad, y arrancar todo yugo de esclavitud” (v. 6). Entonces para este
hombre “brotará tu luz como la aurora, te precederá tu justicia, y serás como
huerto regado, o como manantial cuyas aguas nunca faltan” (v. 8-11). No se
parece en nada a los hipócritas “que desfiguran su rostro para que los hombres
vean que ayunan” (Mt 6,16).
Dios no creó al hombre para que se pierda sino para que
viva eternamente, designio que permanece inmutable. Cuando ve brillar en
nosotros el más pequeño destello de buena voluntad, o que él mismo lo hace
surgir de la dura piedra de nuestro corazón, en su bondad, lo cuidará
atentamente. Lo estimula, lo fortifica con su inspiración, “porque Dios quiere
que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4).
“El Padre que está en el cielo no quiere que se pierda ni
uno solo de estos pequeños” (Mt 18,14). (…) Dios es veraz, no miente cuando
asegura “Juro por mi vida –oráculo del Señor– que yo no deseo la muerte del
malvado, sino que se convierta de su mala conducta y viva” (Ez 33,11). Su deseo
es que no se pierda un solo pequeño y sería un enorme sacrilegio que pensemos,
al contrario, que él no quiere la salvación de todos sino sólo de algunos. Si
alguien se pierde, sería lo opuesto de lo que Dios quiere. Cada día exclama
“¡Conviértanse, conviértanse de su conducta perversa! ¿Por qué quieren morir,
casa de Israel?” (Ez 33,11). De nuevo clama “¡Cuántas veces quise reunir a tus
hijos, como la gallina reúne bajo sus alas a los pollitos, y tú no quisiste!”
(Mt 23,37) y no cesa de clamar “¿Por qué ha defeccionado este pueblo y
Jerusalén es una apostasía sin fin? Ellos se aferran a sus ilusiones, se niegan
a volver. Endurecieron su rostro más que una roca, no quisieron convertirse”
(cf. Jer 8,5. 5,3).
La gracia de Cristo está siempre a nuestra disposición.
Como “él quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1
Tim 2,4), los llama a todos, sin excepción “Vengan a mí todos los que están
afligidos y agobiados, y yo los aliviaré” (Mt 11,28)
No podemos dejar pasar este día sin fomentar en nuestra alma un deseo profundo y eficaz de volver una vez más, como el hijo pródigo, para estar más cerca del Señor. San Pablo, en la Segunda lectura de la Misa, nos dice que este es un tiempo excelente que debemos aprovechar para una conversión: Os exhortamos, dice, a no echar en saco roto la gracia de Dios (...). Mirad: ahora es el tiempo de la gracia; ahora es el día de la salvación (2 Cor 5, 20-6, 2). Y el Señor nos repite a cada uno, en la intimidad del corazón: Convertíos. Volved a Mí de todo corazón.
Ahora se nos presenta un tiempo en el cual este recomenzar de nuevo en Cristo va a estar sostenido por una particular gracia de Dios, propia del tiempo litúrgico que hemos comenzado. Por eso, el mensaje de la Cuaresma está lleno de alegría y de esperanza, aunque sea un mensaje de penitencia y de mortificación.
«Cuando uno de nosotros reconoce que está triste, debe pensar: es que no estoy suficientemente cerca de Cristo. Cuando uno de nosotros reconoce en su vida, por ejemplo, la inclinación al mal humor, al mal genio, tiene que pensar eso; no echar la culpa a las cosas de alrededor, que es una manera de equivocarnos, es una manera de desorientar la búsqueda» (A. Mª García Dorronsoro), Tiempo para creer, p. 118. . A veces, cierta apatía o tristeza espiritual puede estar motivada por el cansancio, por la enfermedad..., pero más frecuentemente se fragua por la falta de generosidad en lo que el Señor nos pide, en la poca lucha por mortificar los sentidos, en no preocuparse por los demás. En definitiva, por un estado de tibieza.
Junto a Cristo encontramos siempre el remedio a una posible tibieza y las fuerzas para vencer en aquellos defectos que de otra manera nos resultarían insuperables. «Cuando alguien diga: “Yo tengo una pereza irremediable, yo no soy tenaz, yo no puedo terminar las cosas que emprendo”, debería pensar (hoy): “Yo no estoy lo suficientemente cerca de Cristo”.
»Por eso, aquello que cada uno de nosotros reconozca en su vida como defecto, como dolencia, debería ser inmediatamente referido a este examen íntimo y directo: “No tengo yo perseverancia, no estoy cerca de Cristo; no tengo alegría, no estoy cerca de Cristo”. Voy a dejar ya de pensar que la culpa es del trabajo, que la culpa es de la familia, de los padres o de los hijos... No. La culpa íntima es de que yo no estoy cerca de Cristo. Y Cristo me está diciendo: ¡Vuélvete! “Volveos a Mí de todo corazón!”.
»(...) Tiempo para que cada uno se sienta urgido por Jesucristo. Para que los que alguna vez nos sentimos inclinados a aplazar esta decisión sepamos que ha llegado el momento. Para que los que tengan pesimismo, pensando que sus defectos no tienen remedio, sepan que ha llegado el momento. Comienza la Cuaresma; mirémosla como un tiempo de cambio y de esperanza» (A. Mª García Dorronsoro, Tiempo para creer, p. 118). .
En nuestro camino con el Evangelio de san Marcos, el domingo
pasado entramos en la segunda parte, esto es, el último viaje hacia Jerusalén y
hacia el culmen de la misión de Jesús. Después de que Pedro, en nombre de los
discípulos, profesara la fe en Él reconociéndolo como el Mesías (cf. Mc 8,
29), Jesús empieza a hablar abiertamente de lo que le sucederá al final. El
evangelista refiere tres predicciones sucesivas de la muerte y resurrección, en
los capítulos 8, 9 y 10: en ellas Jesús anuncia de manera cada vez más clara el
destino que le espera y su intrínseca necesidad. El pasaje de este domingo
contiene el segundo de estos anuncios. Jesús dice: «El Hijo del hombre
—expresión con la que se designa a sí mismo— va a ser entregado en manos de los
hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará» (Mc 9,
31). Pero los discípulos «no entendían lo que decía y les daba miedo
preguntarle» (v. 32). En efecto, leyendo esta parte del relato de Marcos se
evidencia que entre Jesús y los discípulos existía una profunda distancia
interior; se encuentran, por así decirlo, en dos longitudes de onda distintas,
de forma que los discursos del Maestro no se comprenden o sólo es así
superficialmente. El apóstol Pedro, inmediatamente después de haber manifestado
su fe en Jesús, se permite reprocharle porqué ha predicho que tendrá que ser
rechazado y matado. Tras el segundo anuncio de la pasión, los discípulos se
ponen a discutir sobre quién de ellos será el más grande (cf. Mc 9,
34); y después del tercero, Santiago y Juan piden a Jesús poderse sentar a su
derecha y a su izquierda, cuando esté en la gloria (cf. Mc 10,
34-35). Existen más señales de esta distancia: por ejemplo, los discípulos no
consiguen curar a un muchacho epiléptico, a quien después Jesús sana con la
fuerza de la oración (cf. Mc 9, 14-29); o cuando se le
presentan niños a Jesús, los discípulos les regañan y Jesús en cambio,
indignado, hace que se queden y afirma que sólo quien es como ellos puede
entrar en el Reino de Dios (cf. Mc 10, 13-16).¿Qué
nos dice todo esto? Nos recuerda que la lógica de Dios es siempre «otra»
respecto a la nuestra, como reveló Dios mismo por boca del profeta Isaías: «Mis
planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos» (Is 55,
8). Por esto seguir al Señor requiere siempre al hombre una profunda
conversión —de todos nosotros—, un cambio en el modo de pensar y de vivir;
requiere abrir el corazón a la escucha para dejarse iluminar y transformar
interiormente. Un punto clave en el que Dios y el hombre se diferencian es el
orgullo: en Dios no hay orgullo porque Él es toda la plenitud y tiende todo a
amar y donar vida; en nosotros los hombres, en cambio, el orgullo está
enraizado en lo íntimo y requiere constante vigilancia y purificación.
Nosotros, que somos pequeños, aspiramos a parecer grandes, a ser los primeros;
mientras que Dios, que es realmente grande, no teme abajarse y hacerse el
último.
La conversión es cosa de un instante; la santificación es tarea para toda la vida. La semilla divina de la caridad, que Dios ha puesto en nuestras almas, aspira a crecer, a manifestarse en obras, a dar frutos que respondan en cada momento a lo que es agradable al Señor. Es indispensable por eso estar dispuestos a recomenzar, a reencontrar —en las nuevas situaciones de nuestra vida— la luz, el impulso de la primera conversión. Y ésta es la razón por la que hemos de prepararnos con un examen hondo, pidiendo ayuda al Señor, para que podamos conocerle mejor y nos conozcamos mejor a nosotros mismos. No hay otro camino, si hemos de convertirnos de nuevo.
No debes carecer de confianza en Dios ni perder la esperanza
de su misericordia. No quiero que dudes o que te desesperes de poder ser mejor.
Pues, si el demonio consiguió precipitarte desde la altura de la virtud hasta
el abismo del mal, con mayor motivo Dios podrá llamarte a elevarte hacia la
cima del bien y no sólo reponerte en el estado en el que te encontrabas antes
de tu caída, sino hacerte más feliz de lo que parecías antes. No te desanimes,
te lo ruego, y no eludas la esperanza del bien por miedo a que sea de ti lo que
les ocurre a quienes no aman a Dios; porque no es la multitud de los pecados la
que lleva el alma a la desesperanza, sino el desprecio que se siente por Dios.
Cualquier pensamiento que nos quita la esperanza de la
conversión procede de la falta de fe: como una piedra pesada atada del cuello
nos lleva a mirar hacia abajo, hacia el suelo, sin poder levantar la mirada
hacia el Señor. Pero el que se arma de valor y que tiene el espíritu iluminado,
logra liberarse de tan aborrecible peso.
El difunto
arzobispo Fulton Sheen escribió una vez: «Apenas habrá en Estados Unidos un
centenar de personas que odien a la Iglesia católica; pero hay millones
que odian lo que erróneamente suponen que es y dice la Iglesia católica.»
Nosotros dos creímos en algún momento que estábamos en el primer grupo, sólo
para descubrir que en realidad nos hallábamos en el segundo. Pero una vez que
vimos la diferencia, y supimos dónde estábamos de verdad, se hizo evidente que
no pertenecíamos a ninguno de los dos. Para entonces estábamos ya avanzados en
el camino hacia nuestro hogar. Este libro describe ese camino. Es una
narración de cómo descubrimos que la Iglesia católica es la familia de la
alianza de Dios.Queremos mostrar cómo el Espíritu Santo utilizó la
Escritura para aclarar nuestras dudas e ideas erróneas. No pretendemos tratar
de las ideas erróneas que otros pueden tener. Con la gracia de Dios, quizá
algún día podamos escribir otro libro sobre eso.
Durante la semana,
yo enseñaba Sagrada Escritura en una high school cristiana
privada. Hablaba a mis alumnos de todo; lo referente a la alianza como familia
de Dios, y les explicaba las alianzas que Dios había concertado con su
pueblo. Ellos lo estaban captando todo. Tracé una cronología para mostrarles
cómo cada alianza instituida por Dios era el modo en que Él había reconocido su
paternidad sobre su familia a lo largo de los tiempos. Su alianza con Adán tomó
la forma de un matrimonio; la alianza con Noé fue una familia; con Abraham tomó
la forma de una tribu; la alianza con Moisés transformó las doce tribus en una
familia nacional; la alianza con David estableció a Israel como una familia de
un reino nacional; mientras que Cristo había instituido la Nueva Alianza para
que fuese la familia mundial, o «católica» {del griego katholikos), de
Dios, y comprendiera a todas las naciones ya todos los hombres, fueran judíos o
gentiles.
Los estudiantes
estaban estusiasmados... ¡Ahora la Biblia adquiría un nuevo sentido! Un alumno
preguntó: - ¿Qué forma tiene esta familia mundial?
Dibujé una gran
pirámide en la pizarra y expliqué:
-Sería como una
gran familia extendida por todo el mundo, con diferentes figuras paternas en
cada nivel, encargadas por Dios para administrar su amor y su ley a sus hijos.
Uno de mis estudiantes católicos comentó en voz alta:
-Esa pirámide se
parece mucho a la Iglesia católica, con el Papa en el vértice.
-¡Oh, no! -repliqué
rápidamente-; lo que os estoy dando aquí es el antídoto del catolicismo -eso
era lo que yo creía, o al menos trataba de creer-. Además, el Papa es un
dictador, no un padre.
-Pero Papa
significa «padre».
-No es así
-me apresuré a corregir.
-Sí es así
-contestó a coro un grupo de estudiantes.
Muy bien; así que
los católicos tenían razón en otro punto más. Podía admitirlo, pero me sentía muy
asustado. ¡No sabía lo que se me venía encima!
Durante la
comida, una de mis alumnas más aventajadas se me acercó, en representación de
un pequeño grupo que estaba en la esquina de atrás, para decirme:
-Hemos hecho una
votación, y el resultado es unánime: pensamos que usted se convertirá al
catolicismo. Me eché a reír, muy nervioso.
-¡Eso es
absurdo! -exclamé, mientras un escalofrío me recorría la espalda.
Ella esbozó una
pícara sonrisa de complicidad, se encogió de hombros y se volvió a su sitio.
Al regresar a casa
por la tarde, aún me sentía aturdido. Le dije a Kimberly:
-No te
imaginas lo que me ha dicho hoy Rebecca: que un grupo de estudiantes ha votado
que me voy a convertir al catolicismo. ¿Puedes imaginar algo más absurdo?
Yo esperaba que
Kimberly se reiría conmigo, pero ella tan sólo me miró de forma inexpresiva y
dijo:
-¿y lo harás? ¡No
podía creerlo! ¿Cómo era capaz mi propia esposa de pensar, tan a la ligera, que
yo traicionaría la verdad de la Escritura y de la Reforma? Sentí como si me
clavaran un cuchillo por la espalda.
-¿Cómo puedes tú decir
eso? -balbucí-. ¡Eso es renegar de tu confianza en mí como pastor y como
profesor! ¿Católico yo? ¡Me amamantaron con los escritos de Martin Lutero...!
¿Qué pretendes?
-Scott, estaba
acostumbrada a considerarte como un hombre profundamente anti-católico y
comprometido con los principios de la Reforma. Pero últimamente te oigo hablar
tanto de sacramentos, liturgia, tipología, eucaristía... -luego Kimberly añadió
algo que nunca olvidaré-: A veces pienso que podrías ser un Lutero al revés.
El Padre John Debicki, mi amigo sacerdote de Pittsburgh, me puso en contacto con el Layton Study Center, un centro del Opus Dei en Milwaukee. Los amigos que hice allí, tanto los sacerdotes como los otros miembros, me ofrecieron un enfoque práctico de oración, trabajo, familia y apostolado, que integró todo lo positivo de mi experiencia evangélica dentro de un sólido plan de vida católico. Se me enseñó y se me animó, como laico, a encontrar modos de transformar mi trabajo en oración.
Uno de los miembros casados, Chris Wolfe, me estimulaba constantemente a dar total prioridad a mi vida interior.
Por fin el proceso de conversión se estaba tornando, sobrenaturalmente, en una historia romántica.
El Espíritu Santo me estaba revelando que la Iglesia católica, que tanto me aterrorizaba antes, era en realidad mi hogar y mi familia. Experimentaba un gozoso sentimiento de regreso a casa a medida que redescubría a mi padre, a mi madre y a mis hermanos y hermanas mayores.
Así que un día cometí una «fatal metedura de pata»: decidí que había llegado el momento de
ir, yo solo, a una Misa católica. Tomé al fin la resolución de atravesar las puertas del Gesú, la parroquia de Marquette University. Poco antes de mediodía me deslicé silenciosamente hacia la cripta de la capilla para la misa diaria. No sabía con certeza lo que encontraría; quizá estaría sólo con un sacerdote y un par de viejas monjas. Me senté en un banco del fondo para observar.
De repente, numerosas personas empezaron a entrar desde las calles, gente normal y corriente. Entraban, hacían una genuflexión y se arrodillaban para rezar. Me impresionó su sencilla pero sincera devoción.
Sonó una campanilla, y un sacerdote caminó hacia el altar.
Yo me quedé sentado, dudando aún de si debía arrodillarme o no. Como evangélico calvinista, me habían enseñado que la misa católica era el sacrilegio más grande que un hombre podía cometer: inmolar a Cristo otra vez. Así que no sabía qué hacer.
Observaba y escuchaba atentamente a medida que las lecturas, oraciones y respuestas -tan impregnadas en la Escritura- convertían la Biblia en algo vivo. Me venían ganas de interrumpir la misa para decir: «Mira, esa frase es de Isaías... El canto es de los Salmos ¡Caramba!, ahí tienen a otro profeta en esa plegaria.» Encontré muchos elementos de la antigua liturgia judía que yo había estudiado tan intensamente.
Entonces, de repente, comprendí que éste era el lugar de la Biblia. Éste era el ambiente en el cual esta preciosa herencia de familia debe ser leída, proclamada y explicada... Luego pasamos a la Liturgia Eucarística, donde todas mis afirmaciones sobre la alianza hallaban su lugar.
Hubiera querido interrumpir cada parte y gritar: «¡Eh!, ¿queréis que os explique lo que está pasando desde el punto de vista de la Escritura? ¡Esto es fantástico!» Pero en vez de eso, allí estaba yo sentado, languideciendo por un hambre sobrenatural del Pan de Vida.
Tras pronunciar las palabras de la Consagración, el sacerdote mantuvo elevada la hostia. Entonces sentí que la última sombra de duda se había diluido en mí. Con todo mi corazón musité:
«Señor mío y Dios mío. ¡Tú estás verdaderamente ahí! Y si eres Tú, entonces quiero tener plena comunión contigo. No quiero negarte nada.»
El mismo procedimiento de acción individual se encuentra desde el origen de la Iglesia; y tal vez ha sido ésta la vía por la que durante los siglos el Cristianismo conquistó a la mayor parte de sus fieles. Todo creyente es necesariamente un apóstol:
desde el momento en que ha encontrado la verdad, no tiene descanso ni tregua mientras no haga participar de su felicidad a los miembros de su familia, a sus amigos, a sus compañeros de trabajo.
aparece también como elemento distintivo de los cristianos el hecho de que ellos tienen un futuro: no es que conozcan los pormenores de lo que les espera, pero saben que su vida, en conjunto, no acaba en el vacío. Sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente. De este modo, podemos decir ahora: el cristianismo no era solamente una «buena noticia», una comunicación de contenidos desconocidos hasta aquel momento. En nuestro lenguaje se diría: el mensaje cristiano no era sólo «informativo», sino «performativo». Eso significa que el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida. La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva.
Durante
la semana, yo enseñaba Sagrada Escritura en una high school cristiana
privada. Hablaba a mis alumnos de todo ; lo referente a la alianza como familia
de Dios, y les explicaba las
alianzas que Dios había concertado con su pueblo. Ellos lo estaban captando
todo. Tracé una cronología para mostrarles cómo cada alianza instituida por
Dios era el modo en que Él había reconocido su paternidad sobre su familia a lo
largo de los tiempos. Su alianza con Adán tomó la forma de un matrimonio; la
alianza con Noé fue una familia; con Abraham tomó la forma de una tribu; la
alianza con Moisés transformó las doce tribus en una familia nacional; la
alianza con David estableció a Israel como una familia de un reino nacional;
mientras que Cristo había instituido la Nueva Alianza para que fuese la familia
mundial, o «católica» {del griego katholikos), de Dios, y comprendiera a
todas las naciones ya todos los hombres, fueran judíos o gentiles.
Los
estudiantes estaban estusiasmados... ¡Ahora la Biblia adquiría un nuevo sentido!
Un alumno preguntó: -¿Qué forma tiene esta familia mundial?
Dibujé
una gran pirámide en la pizarra y expliqué:
-Sería
como una gran familia extendida por todo el mundo, con diferentes figuras
paternas en cada nivel, encargadas por Dios para administrar su amor y su ley a
sus hijos. Uno de mis estudiantes católicos comentó en voz alta:
-Esa
pirámide se parece mucho a la Iglesia católica, con el Papa en el vértice.
-¡Oh,
no! -repliqué rápidamente-; lo que os estoy dando aquí es el antídoto del
catolicismo -eso era lo que yo creía, o al menos trataba de creer-. Además, el
Papa es un dictador, no un padre.
-Pero
Papa significa «padre».
-No
es así -me apresuré a corregir.
-Sí
es así -contestó a coro un grupo de estudiantes.
Muy
bien; así que los católicos tenían razón en otro punto más. Podía admitirlo,
pero me sentía muy asustado. ¡No sabía lo que se me venía encima!
Durante
la comida, una de mis alumnas más aventajadas se me acercó, en representación
de un pequeño grupo que estaba en la esquina de atrás, para decirme:
-Hemos
hecho una votación, y el resultado es unánime: pensamos que usted se convertirá
al catolicismo. Me eché a reír, muy nervioso.
-¡Eso
es absurdo! -exclamé, mientras un escalofrío me recorría la espalda.
Ella
esbozó una pícara sonrisa de complicidad, se encogió de hombros y se volvió a
su sitio.
Al
regresar a casa por la tarde, aún me sentía aturdido. Le dije a Kimberly:
-No
te imaginas lo que me ha dicho hoy Rebecca: que un grupo de estudiantes ha
votado que me voy a convertir al catolicismo. ¿Puedes imaginar algo más
absurdo?
Yo
esperaba que Kimberly se reiría conmigo, pero ella tan sólo me miró de forma
inexpresiva y dijo:
-¿y
lo harás? ¡No podía creerlo! ¿Cómo era capaz mi propia esposa de pensar, tan a
la ligera, que yo traicionaría la verdad de la Escritura y de la Reforma? Sentí
como si me clavaran un cuchillo por la espalda.
-¿Cómo
puedes tú decir eso? -balbucí-. ¡Eso es renegar de tu confianza en mí
como pastor y como profesor! ¿Católico yo? ¡Me amamantaron con los escritos de
Martin Lutero...! ¿Qué pretendes?
-Scott,
estaba acostumbrada a considerarte como un hombre profundamente anti-católico y
comprometido con los principios de la Reforma. Pero últimamente te oigo hablar
tanto de sacramentos, liturgia, tipología, eucaristía... -luego Kimbery añadió
algo que nunca olvidaré-: A veces pienso que podrías ser un Lutero al revés.
Nosotros
leemos en el profeta Isaías esta palabra: “Voz que clama en el desierto:
¡preparad el camino al Señor! Allanad todas sus sendas” (40,3).El señor quiere
encontrar un camino donde el pueda entrar en nuestros corazones y allí
caminar... ¿Qué camino nosotros vamos a preparar al Señor? ¿Es un camino
material? Pero ¿la Palabra de Dios puede valerse de un tal camino? ¿No hará
falta más bien preparar al Señor un camino interior y trazar en nuestro corazón
las rutas derechas y unidas? Si, ahí está el camino por donde entra la Palabra
de Dios en el corazón humano capaz de acogerla.
¡Qué
grande, es el corazón del hombre! ¡Qué largo y qué capaz con tal, que sea puro!
¿Quieres tú conocer su grandeza y su largueza? Veas tú los amplios
conocimientos divinos que abarca... Date cuenta que su grandeza no viene de su
dimensión sino de la fuerza de pensamiento por la que es capaz de conocer
tantas verdades...
Ahora
bien, si él no es pequeño, y si puede coger tantas cosas, puede preparar un
camino al Señor y trazar una ruta derecha donde caminará la Palabra, la
Sabiduría de Dios. Prepara un camino al Señor con buena conciencia, allana la
ruta para que el Verbo de Dios camine en ti sin tropiezos y te dará el
conocimiento de sus misterios y de su venida.
Después de esto, se celebraba una fiesta de los judíos y
Jesús subió a Jerusalén.
Junto a la puerta de las Ovejas, en Jerusalén, hay una
piscina llamada en hebreo Betsata, que tiene cinco pórticos.
Bajo estos pórticos yacía una multitud de enfermos, ciegos,
paralíticos y lisiados, que esperaban la agitación del agua.
.
Había allí un hombre que estaba enfermo desde hacía treinta
y ocho años.
Al verlo tendido, y sabiendo que hacía tanto tiempo que
estaba así, Jesús le preguntó: "¿Quieres curarte?".
El respondió: "Señor, no tengo a nadie que me sumerja
en la piscina cuando el agua comienza a agitarse; mientras yo voy, otro
desciende antes".
Jesús le dijo: "Levántate, toma tu camilla y
camina".
En seguida el hombre se curó, tomó su camilla y empezó a caminar.
Sermón 8 para el Primer Viernes de Cuaresma, Autor: Juan Taulero
Esta piscina... representa a la
persona de nuestro Señor Jesucristo, digno de amor, y el agua removida en esta
piscina, es la sangre bendita del Hijo de Dios tan querido, Dios y hombre, que
nos lavó a todos con su sangre preciosa y que, por amor, quiere lavar a todos
los que acuden a Él (1P 1,19; Ap 7,14)...
Los
enfermos pueden simbolizar a los hombres entregados al orgullo, a la cólera, al
odio, a la avaricia, a la lujuria, lo que nos da a entender que todos los
enfermos de este género, que pueden lavarse en la sangre de Cristo, serán
completamente curados, si quieren sumergirse en esta agua. Los cinco pórticos
de esta piscina pueden representar, en cierto sentido, las cinco heridas
sagradas de nuestro Señor, por las cuales y en las cuales todos nosotros hemos
sido salvados... Bajo estos pórticos de la piscina se albergaban un gran número
de enfermos, y el que descendía a la piscina, en cuanto se agitaba el agua,
quedaba completamente curado. ¿Qué significan pues esta agitación y este
contacto, sino que el Espíritu Santo desciende desde lo alto sobre el hombre, y
toca el interior del hombre, provocando allí una gran agitación, y que el
interior de este hombre verdadera y completamente ha cambiado? No
prueba más las cosas que le gustaban antes; y lo que le horrorizaba, ahora es
su goce. El desprecio, la
pobreza exterior e interior, la renuncia, la vida interior, la humildad, el
despego de todas las cosas creadas: he aquí lo que hace ahora su mayor
felicidad. Cuando este contacto se efectua, el enfermo, es decir el hombre
exterior, desciende por completo al fondo de la piscina, y se lava en Cristo,
en su sangre preciosísima y, por la virtud de este contacto, seguramente queda
curado, como también está escrito en otro lugar: "todos los que le tocaban
quedaron curados" (Mt 14,36).