Un alma triste está a merced de muchas tentaciones.
¡Cuántos pecados se han cometido a la sombra de la tristeza! Cuando el alma
está alegre se vierte hacia afuera y es estímulo para los demás; la tristeza
oscurece el ambiente y hace daño. La tristeza nace del egoísmo de pensar en uno
mismo con olvido de los demás, de la indolencia ante el trabajo, de la falta de
mortificación, de la búsqueda de compensaciones, del descuido en el trato con
Dios.
El olvido de uno mismo, el no andar excesivamente
preocupados en las propias cosas es condición imprescindible para poder conocer
a Cristo, objeto de nuestra alegría, y para poder servirle. Quien anda
excesivamente preocupado de sí mismo difícilmente encontrará el gozo de la
apertura hacia Dios y hacia los demás.
Y para alcanzar a Dios y crecer en la virtud debemos
estar alegres.
Por otra parte, con el
cumplimiento alegre de nuestros deberes podemos hacer mucho bien a nuestro
alrededor, pues esa alegría lleva a Dios. Recomendaba San Pablo a los primeros
cristianos: Llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de
Cristo (Gal 6, 2). . Y frecuentemente, para hacer la vida más amable a los demás, basta
con esas pequeñas alegrías que, aunque de poco relieve, muestran con claridad
que los consideramos y apreciamos: una sonrisa, una palabra cordial, un pequeño
elogio, evitar tragedias por cosas de poca importancia que debemos dejar pasar
y olvidar. Así contribuimos a hacer más llevadera la vida a las personas que
nos rodean. Esa es una de las grandes misiones del cristiano: llevar alegría a un mundo que está triste porque se va
alejando de Dios.
En muchas ocasiones el arroyo lleva a la fuente. Esas
muestras de alegría conducirán a quienes nos tratan habitualmente a la fuente
de toda alegría verdadera, a Cristo nuestro Señor.