Si tuviéramos amor, acompañado de compasión y pena, no prestaríamos atención a los defectos del prójimo, según la palabra “El amor cubre todos los pecados” (I Pe 4, 8) y “El amor no tiene en cuenta el mal recibido,…todo lo disculpa,…” (cf. I Cor 13,5-6). Entonces, si tuviéramos amor, ella misma cubriría cualquier falta y seriamos como los santos cuando ven los defectos de los hombres.
Los santos ¿es por ceguera
que no ven los pecados? ¿Quién detesta más el pecado que los santos? Sin
embargo, no odian al pecador, no lo juzgan, no lo rehúyen. En cambio, lo
compadecen, exhortan, consuelan, lo cuidan como a un miembro enfermo. Hacen
todo lo posible para salvarlo. De la misma manera los santos por la paciencia y
la caridad atraen al hermano en lugar de rechazarlo lejos de sí con
repugnancia. Cuando una madre tiene un hijo con una malformación, no lo
abandona con horror sino que lo cuida y hace todo lo posible para que esté
mejor. Es así como los santos protegen siempre al pecador. Lo disponen y se
ocupan de él para corregirlo en el momento oportuno, para evitar que haga daño
y para que progresen cada vez más en el amor de Cristo.
