Considera tu pecado como
peligroso y mortal; al de los otros, ponle el nombre de fragilidad de la
condición humana. La falta que en ti estimes que necesita una corrección
severa, si la ves en los otros, piensa que no merece más que un pequeño golpe
de varilla. No seas más justo que el justo: teme cometer un pecado, pero no dudes
en perdonar al pecador. La verdadera justicia no es la que precipita a las
almas de los hermanos en la trampa de la desesperación… Es muy peligroso el
fuego que, al quemar las zarzas, amenaza, con el ardor de sus llamas, abrasar
la misma casa. No, el que mira con atención y gusto los defectos de los demás
no podrá evitar el pecado, porque, aunque sea movido por el celo de la
justicia, tarde o temprano, se dejará guiar por el menosprecio.
Evidentemente, si nuestra
vida no nos parece brillante, la de los otros no nos parecerá tan fea. Y si,
como sería de desear, somos jueces severos para con nosotros, no seremos
censores rigurosos con las faltas de lo demás.
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