12.12.08

Getsemaní, pág. 143; Autor: Mons. Javier Echevarría

Nosotros -hay que reconocerlo con sinceridad- nos quedamos lejos de Jesús y nos sumergimos en un mal sueño en situaciones mucho menos dramáticas. Cuánts veces nuestras deserciones -la deserción es el pecado- se originan en la mera comodidad, en las pequeñas ambiciones, en la sensualidad que dejamos que se desborde. Jesucristo lloró por su amigo Lázaro muerto. ¡Cómo lo haría al contemplar nuestra falta de vida, de vibración cristiana, más penosa que el fallecimiento físico, pues coloca a la criatura radicalmente lejos de Él, de sus latidos de auténtica vida y de auténtico amor! Con razón nos aconseja la Escritura Santa que pidamos al Señor que nos cambie el corazón de piedra por uno humano que sepa amar (cfr. Ez 11, 19), que no navegue en la tristeza del egoísmo y de la indeferencia.