25.3.16

Libro de Isaías 50,4-9a.


El mismo Señor me ha dado una lengua de discípulo, para que yo sepa reconfortar al fatigado con una palabra de aliento. Cada mañana, él despierta mi oído para que yo escuche como un discípulo. 
El Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás. 

Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas, a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían. 

Pero el Señor viene en mi ayuda: por eso, no quedé confundido; por eso, endurecí mi rostro como el pedernal, y sé muy bien que no seré defraudado. 

Está cerca el que me hace justicia: ¿quién me va a procesar? ¡Comparezcamos todos juntos! ¿Quién será mi adversario en el juicio? ¡Que se acerque hasta mí! 

Sí, el Señor viene en mi ayuda: ¿quién me va a condenar?

22.3.16

Hablar con Dios, Tomo V, Nº 79, Autor: Francisco Fernández Carvajal




Frater qui adiuvatur a fratre quasi civitas firma(Prov 18, 19). El hermano ayudado por su hermano es fuerte como una ciudad amurallada, leemos en el Libro de los Proverbios. En aquellos primeros tiempos, donde tantas dificultades externas encontraban quienes abrazaban la fe, la fraternidad era la mejor defensa contra todos los enemigos. Verdaderamente, la caridad bien vivida nos hace fuertes y seguros como una ciudad amurallada, como una plaza fuerte inexpugnable a todos los ataques. Las recomendaciones de vivir con delicadeza extrema el mandato del Señor son muy abundantes: Llevad los unos las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo( Gal 6, 2), exhorta San Pablo a los Gálatas. Nuestra disposición ante los demás cuando los vemos agobiados, con una sobrecarga de trabajo, de dificultades, ha de ser siempre la de ayudar a sobrellevar esos fardos, muchas veces tan pesados. «Carga sobre tiaconsejaba San Ignacio de Antioquía a su discípulo San Policarpo–, como perfecto atleta de Cristo, las enfermedades de todos» (San Ignacio de Antioquía, Epístola a San Policarpo, 1, 3.)