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12.10.26

de la Homilía 6; Autor: San Juan Crisóstomo

Un sembrador se fue a echar la semilla y una parte cayó al borde del camino, pero vinieron las aves y se la comieron, otra parte cayó en tierra buena. Tres partes se perdieron, una sola fructificó. Pero el sembrador no cesó de cultivar el campo. Le basta que una parte se conserve para no dejar su trabajo. En este momento es imposible que el grano que yo echo en  medio de un auditorio tan numeroso deje de germinar. Si no todos escuchan, una tercera parte sí que escucha. Si no es una tercera parte será una décima. Si incluso no llega a una décima parte, si hay uno sólo que escucha en esta asamblea numerosa, no dejaré de hablar.

No es pequeña cosa la salvación de una sola oveja. El Buen Pastor dejó las noventa y nueve para correr tras la oveja descarriada. (Lc 15,4) No podría despreciar a ninguna. Incluso si no hubiera más que uno que escucha, siempre sería un ser humano, un ser tan querido por Dios. Aunque fuera un esclavo, no lo despreciaría, porque busco el valor personal y no la condición social, busco al hombre. Aunque no hubiera más que uno, siempre sería el hombre, aquel por quien fueron creados el sol, el aire, los manantiales y el mar, enviados los profetas, dada la Ley. Por el ser humano, el Hijo único de Dios se hizo hombre. Mi Señor se inmoló, su sangre ha sido derramada por el hombre y yo ¿sería capaz de menospreciar a quien fuera?...

No, no dejaré de sembrar la palabra aunque nadie escuchara. Soy médico, ofrezco mis remedios. Tengo que enseñar, tengo que instruir porque está escrito: «Te he constituido centinela de Israel.» (Ez 3,17)

23.7.25

Homilía 44 sobre San Mateo, 3-4; PG 57, 467-469; Autor: San Juan Crisóstomo (c. 345-407)

En la parábola del sembrador Cristo nos enseña que su palabra se dirige a todos indistintamente. Del mismo modo, en efecto, que el sembrador de la parábola no hace distinción entre los terrenos sino que siembra a los cuatro vientos, así el Señor no distingue entre el rico y el pobre, el sabio y el necio, el negligente y el aplicado, el valiente y el cobarde, sino que se dirige a todos y, aunque conoce el porvenir, pone todo de su parte de manera que se puede decir: “¿Qué mas puedo hacer que no haya hecho?” (cf Is 5,4)...

    Además, el Señor expone esta parábola para animar a sus discípulos y educarlos a no dejarse abatir aunque los que acojan la palabra sean menos numerosos que los que la desperdician. Lo mismo pasó a su Maestro, a pesar de conocer el porvenir no dejaba de repartir su grano.

    Pero, me dirás, ¿a qué sirve sembrar entre espinas, en terreno pedregoso o sobre el camino? Si se tratara de una semilla terrena, de una tierra material, realmente no tendría sentido. Pero cuando se trata de las almas y de la Palabra, hay que elogiar al sembrador. Se reprocharía con razón a un agricultor de actuar de esta manera. La piedra no puede convertirse en tierra, el camino no puede dejar de ser camino y las espinas no dejan de ser espinas. Pero en el terreno espiritual las cosas no son así. La piedra puede convertirse en tierra fértil, el camino se puede convertir en un campo donde no pisan los viandantes, las espinas pueden ser arrancadas y permitir al grano fructificar libremente. Si esto no fuera posible, el sembrador no hubiera sembrado su grano como, de hecho, lo hizo.