Dios, buen pedagogo, había dicho al pueblo de Israel que se le podía encontrar en el susurro de una brisa suave antes que en el huracán o el terremoto (cfr. 1Reyes 19,3-15). Una y otra vez debían ser corregidas las expectativas de aquellos hombres, a los que les costaba tanto salir de su forma de comprender las cosas. En ese susurro es como Jesús, el Mesías esperado, vino al mundo: en el silencio de la noche y en un lugar pequeño y apartado. Y con ese susurro es como llevó a cabo su misión: como Siervo sufriente (cfr. Is 42,1-4). De esto había hablado Isaías, pero la mayoría no lo había entendido: el Mesías se iba a enfrentar con el endurecimiento y el rechazo, en concreto, de los dirigentes del pueblo de Israel.
