19.7.26

“Divine Calls” vol. 8; Nº 2; Autor: San John Henry Newman (1801-1890)

Cristo no nos llama una sola vez sino muchas. A lo largo de nuestra vida, él nos sigue llamando. Nos llamó al principio en el bautismo, pero nos llama más tarde también. Tanto si obedecemos a su voz como si no lo hacemos, él nos sigue llamando por su misericordia. Si faltamos a nuestras promesas del bautismo, nos llama al arrepentimiento. Si nos esforzamos a responder a nuestra vocación, nos va llamando más y más, de gracia en gracia, de santidad en santidad, de tal modo que nos da la vida para responder a estas llamadas.

Abrahán es llamado para quitar su casa y su tierra(Gn 12,1), Pedro es llamado a dejar sus redes (Mt 4,18), Mateo a dejar su empleo (Mt 9,9), Eliseo a dejar su granja (1R 19,19) Natanael a dejar su retiro debajo de la higuera (Jn 1,47). Sin cesar, todos somos constantemente llamados, de una cosa a otra, cada vez más lejos, sin reposo, subiendo hacia el reposo eterno, siguiendo una llamada interior para estar a punto para escuchar la siguiente.

Cristo nos llama sin cesar para justificarnos sin cesar. Nos quiere santificar y glorificar constantemente. Tenemos que comprenderlo, aunque somos lentos en darnos cuenta de esta gran verdad: Cristo camino con nosotros y con su mano, con sus ojos, con su voz nos hace signos para seguirle. No nos damos cuenta de que su llamada tiene lugar en este preciso momento. Pensamos que tuvo lugar en tiempos de los apóstoles, pero, en realidad,  no creemos en ella ni la esperamos de verdad para nosotros mismos.


Evangelio según San Mateo 18, 19-20

También os lo aseguro: si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir alguna cosa, les será otorgada por mi Padre que está en los cielos. Pues donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

18.7.26

Comentario al Evangelio del día 18 de Julio de 2026 en la página del Opus Dei

 

Dios, buen pedagogo, había dicho al pueblo de Israel que se le podía encontrar en el susurro de una brisa suave antes que en el huracán o el terremoto (cfr. 1Reyes 19,3-15). Una y otra vez debían ser corregidas las expectativas de aquellos hombres, a los que les costaba tanto salir de su forma de comprender las cosas. En ese susurro es como Jesús, el Mesías esperado, vino al mundo: en el silencio de la noche y en un lugar pequeño y apartado. Y con ese susurro es como llevó a cabo su misión: como Siervo sufriente (cfr. Is 42,1-4). De esto había hablado Isaías, pero la mayoría no lo había entendido: el Mesías se iba a enfrentar con el endurecimiento y el rechazo, en concreto, de los dirigentes del pueblo de Israel.