11.9.26

Carta 42 al rey Luis de Hungría; Autora: Santa Catalina de Siena (1347-1380)

He aquí los signos particulares que muestran si el alma tiene caridad o no. Ella no desprecia a nadie, sino que soporta con paciencia los defectos de otros. No se irrita, sino que está plena de mansedumbre, no convierte al hombre en injusto sino en justo, rindiendo a cada uno lo que le corresponde, ya sea que él obedezca o que mande. Da gloria a Dios y alabanza a su Nombre. Rechaza al odio y le da horror el pecado, ejerce el amor y la benevolencia con el prójimo. Si él es poderoso y tiene que ejercer la justicia, escucha al grande como al pequeño, al pobre como al rico. No mancha su conciencia cediendo a los elogios, a las amenazas, al placer o al displacer. Tiene la balanza derecha, dando a cada uno lo que quiere la justicia. Sirve con celo al prójimo, mostrando hacia él el amor que tiene por Dios: no puede rendir un servicio a Dios, pero se aplica a rendir servicio a los que Dios ama tanto, a la criatura razonable, que le es dada como intermediaria.

¡Qué dulce es la caridad, tierna madre! No existe tristeza en ella, ella es la alegría del que la posee.

9.9.26

Salmo 13(12), 2-6

 

 ¿Hasta cuándo me tendrás olvidado, Señor?

¿Eternamente?

¿Hasta cuándo me ocultarás tu rostro?

 

 ¿Hasta cuándo mi alma estará acongojada

y habrá pesar en mi corazón, día tras día?

¿Hasta cuándo mi enemigo prevalecerá sobre mí?

 

 ¡Mírame, respóndeme, Señor, ¡Dios mío!

Ilumina mis ojos,

para que no caiga en el sueño de la muerte,


 para que mi enemigo no pueda decir:

"Lo he vencido",

ni mi adversario se alegre de mi fracaso.

 

 Yo confío en tu misericordia:

que mi corazón se alegre porque me salvaste.

¡Cantaré al Señor porque me ha favorecido!