He aquí los signos particulares que muestran si el alma
tiene caridad o no. Ella no desprecia a nadie, sino que soporta con paciencia
los defectos de otros. No se irrita, sino que está plena de mansedumbre, no
convierte al hombre en injusto sino en justo, rindiendo a cada uno lo que le
corresponde, ya sea que él obedezca o que mande. Da gloria a Dios y alabanza a
su Nombre. Rechaza al odio y le da horror el pecado, ejerce el amor y la benevolencia con el prójimo. Si él es poderoso y tiene que ejercer la justicia,
escucha al grande como al pequeño, al pobre como al rico. No mancha su
conciencia cediendo a los elogios, a las amenazas, al placer o al displacer.
Tiene la balanza derecha, dando a cada uno lo que quiere la justicia. Sirve con
celo al prójimo, mostrando hacia él el amor que tiene por Dios: no puede rendir
un servicio a Dios, pero se aplica a rendir servicio a los que Dios ama tanto,
a la criatura razonable, que le es dada como intermediaria.
¡Qué dulce es la caridad, tierna madre! No existe
tristeza en ella, ella es la alegría del que la posee.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario