Vivan en Cristo Jesús,
el Señor, tal como ustedes lo han recibido, arraigados y edificados en él,
apoyándose en la fe que les fue enseñada y dando gracias constantemente.
No se dejen esclavizar
por nadie con la vacuidad de una engañosa filosofía, inspirada en tradiciones
puramente humanas y en los elementos del mundo, y no en Cristo.
Nosotros
leemos en el profeta Isaías esta palabra: “Voz que clama en el desierto:
¡preparad el camino al Señor! Allanad todas sus sendas” (40,3).El señor quiere
encontrar un camino donde el pueda entrar en nuestros corazones y allí
caminar... ¿Qué camino nosotros vamos a preparar al Señor? ¿Es un camino
material? Pero ¿la Palabra de Dios puede valerse de un tal camino? ¿No hará
falta más bien preparar al Señor un camino interior y trazar en nuestro corazón
las rutas derechas y unidas? Si, ahí está el camino por donde entra la Palabra
de Dios en el corazón humano capaz de acogerla.
¡Qué
grande, es el corazón del hombre! ¡Qué largo y qué capaz con tal, que sea puro!
¿Quieres tú conocer su grandeza y su largueza? Veas tú los amplios
conocimientos divinos que abarca... Date cuenta que su grandeza no viene de su
dimensión sino de la fuerza de pensamiento por la que es capaz de conocer
tantas verdades...
Ahora
bien, si él no es pequeño, y si puede coger tantas cosas, puede preparar un
camino al Señor y trazar una ruta derecha donde caminará la Palabra, la
Sabiduría de Dios. Prepara un camino al Señor con buena conciencia, allana la
ruta para que el Verbo de Dios camine en ti sin tropiezos y te dará el
conocimiento de sus misterios y de su venida.
Con
la muerte, la opción de vida hecha por el hombre se hace definitiva –su vida
está delante del Juez. La opción que a lo largo de la vida ha ido tomando una
forma concreta, puede tener diversas características. Puede haber personas que
han destruido totalmente en ellas el deseo de la verdad y la disponibilidad
para el amor, personas en las cuales todo se ha hecho mentira, personas que han
vivido para el odio y que en ellas mismas han pisoteado el amor. Es una
terrible perspectiva pero ciertos personajes de nuestra historia dejan
entrever, de manera espantosa, la existencia de perfiles de esta clase. En
semejantes individuos ya no habría posible remedio para nada y la destrucción
del bien sería irrevocable: esto es lo que se quiere indicar con la palabra
«infierno».
Por otra parte, puede haber personas muy
puras, que se han dejado penetrar enteramente por Dios y que, por consiguiente,
están totalmente abiertas al prójimo; personas que ya desde ahora han dejado
que su ser esté totalmente orientado a Dios y el mero hecho de ir hacia él es
tan sólo el cumplimiento de lo que ya son.
Sin embargo, y según nuestras
experiencias, ni un caso ni otro son los normales en la existencia humana. En
la mayoría de los hombres –como lo podemos suponer- una última apertura
interior a la verdad, al amor, a Dios, permanece presente en lo más profundo de
su ser. Pero en las opciones concretas de la vida, su opción ha quedado desde
siempre recubierta con nuevos pactos con el mal... ¿Qué ocurre con estos
individuos cuando se presentan ante el Juez? ¿Acaso todas las cosas sucias que
han ido acumulando a lo largo de su vida, de repente se volverán
insignificantes?... En la primera carta a los Corintios, san Pablo nos da una
idea del diferente impacto que será el juicio de Dios sobre el hombre según su
estado... «Encima del cimiento ya puesto se puede edificar con oro, plata,
piedras preciosas o con madera, heno o paja: lo que ha hecho cada uno saldrá a
la luz; el día del juicio lo manifestará; porque ese día despuntará con fuego,
y el fuego pondrá a prueba la calidad de cada construcción. Aquél, cuya obra,
construida sobre el cimiento, resista, recibirá la recompensa. Más aquél, cuya
obra quede abrasada, sufrirá el daño. El, no obstante, quedará a salvo, pero
como quien pasa a través del fuego» (3,12-15).
El hombre contemporáneo
cree más a los testigos que a los maestros;(Cf.Pablo VI, Exh. Ap. Evangelii nuntiandi, 41: l.c., 31-32). cree más en la experiencia que en la doctrina, en la vida y los hechos que en
las teorías. El testimonio de vida cristiana es la primera e insustituible
forma de la misión: Cristo, de cuya misión somos continuadores, es el « Testigo
» por excelencia (Ap 1, 5; 3, 14) y el modelo del testimonio cristiano.
El Espíritu Santo acompaña el camino de la Iglesia y la asocia al testimonio
que él da de Cristo (cf. Jn 15, 26-27).
La primera forma de
testimonio es la vida misma del misionero, la de la familia cristiana y de
la comunidad eclesial, que hace visible un nuevo modo de comportarse. El
misionero que, aun con todos los límites y defectos humanos, vive con sencillez
según el modelo de Cristo, es un signo de Dios y de las realidades
trascendentales. Pero todos en la Iglesia, esforzándose por imitar al divino
Maestro, pueden y deben dar este testimonio, que en muchos casos es el único modo posible de ser misioneros.
Esta mansedumbre y misericordia de Jesús por los débiles señalan el
camino a seguir para llevar a nuestros amigos hasta Él, pues en su nombre
pondrán su esperanza las naciones (Mt 12, 21). Cristo es
la esperanza salvadora del mundo.
No podemos extrañarnos de la ignorancia, de los errores, de la dureza y
resistencia que tantos ponen en su camino hacia Dios. El aprecio sincero por
todos, la comprensión y la paciencia deben ser nuestra actitud ante ellos. Pues
rompe la caña cascada aquel que no da la mano al pecador ni lleva la carga de
su hermano; y apaga la torcida que humea aquel que desprecia en los que aún
creen un poco la pequeña centella de la fe (SAN
JERONIMO, en Catena Aurea, vol. II, p. 166.-).
Nuestros amigos, quienes se crucen con nosotros por circunstancias
diversas, han de encontrar en la amistad o en nuestra actitud un firme apoyo
para su fe. Por eso, hemos de acercarnos a su debilidad: para que se torne
fortaleza; debemos verlos con ojos de misericordia, como los mira Cristo; con
comprensión, con un aprecio verdadero, aceptando el claroscuro que forman sus
miserias y sus grandezas. Por un lado, hemos de tener presente que servir a los
demás, por Cristo, exige ser muy humanos (...). Hemos de comprender a todos, hemos
de convivir con todos, hemos de disculpar a todos, hemos de perdonar a todos (SAN JOSEMARÍA,
Es Cristo que pasa, 182.-). Por otro lado, no diremos que lo injusto es justo,
que la ofensa a Dios no es ofensa a Dios, que lo malo es bueno. Pero, ante el mal,
no contestaremos con otro mal, sino con la doctrina clara y con la acción
buena: ahogando el mal en abundancia de bien (cfr. Rom 12, 21). Así Cristo reinará en nuestra alma, y en las
almas de los que nos rodean (SAN
JOSEMARÍA, Es Cristo que pasa, 182).
Los frutos de esta doble actitud de comprensión y fortaleza son tan
grandes -para uno mismo y para los demás- que bien vale la pena el esfuerzo por
ver almas en quienes tratamos a diario; en verles tan necesitados como los veía
el Señor.
No es suficiente apreciar -afirma un autor de nuestros días (Cfr. J SHEED, Sociedad y sensatez, Herder, Barcelona
1963, pp. 37-38.-)-a los hombres brillantes porque son brillantes, a
los buenos porque son buenos. Debemos apreciar a todo hombre porque es hombre,
a todo hombre, al débil, al ignorante, al que carece de educación, al más
oscuro. Y esto no lo podremos hacer a menos que nuestra concepción de lo que es
el hombre lo haga objeto de estima. El cristiano sabe que todo hombre es imagen
de Dios, que tiene un espíritu inmortal y que Cristo murió por él. La frecuente
consideración de esta verdad nos ayudará a no separarnos de los demás, sobre
todo cuando los defectos, las faltas de educación, su mal comportamiento se
hagan más evidentes. Imitando al Señor, nunca romperemos una caña cascada. Como
el buen samaritano de la parábola, nos acercaremos al herido y vendaremos sus
heridas, y aliviaremos su dolor con el bálsamo de nuestra caridad. Y un día
oiremos de labios del Señor estas dulces palabras: lo que hiciste con uno de
éstos, por Mí lo hiciste (Cfr. Mt 25,
40.-).
Cuando el hombre de la
ciudad secular propicia, por acción u omisión, el vacío de Dios, deja todo el
espacio libre para que el espíritu del mal y sus siete socios se apoderen del
lugar y lo destinen a sus propios intereses. El desenlace es previsible.
Replicando el desastre de la torre de Babel, los constructores se enredarán en
su soberbia y en la imposibilidad de hablar el mismo idioma, y el edificio que
presumía de alcanzar el cielo terminará, con estrépito, en el suelo. “Si el
Señor no edifica la casa, en vano se fatigan los constructores”.
He ahí por qué los
primeros cristianos se definían a sí mismo como alma del mundo, luz, sal y
levadura de la historia. Y esa historia les dio la razón: cada vez que los
hombres reintentaron construirla sin Dios, terminaron dirigiéndola en contra del
hombre.
Un cristiano se
traiciona a sí mismo, comete injusticia para con los demás y defrauda a Dios
cuando deja vacíos los espacios públicos y privados en que se deciden los
destinos de la humanidad. La indolencia política y social de los cristianos los
hace cómplices de los ocho espíritus devastadores de la ciudad de los hombres.
Jesucristo no instaurará el reinado de Dios sobre la tierra con pusilánimes y con mediocres: le hacen falta hombres de gran corazón, que piensen con altura, que vean con amplitud, que quieran con grandeza. Esta voluntad de grandeza crea en ellos una insatisfacción y una inquietud comparables a las mordeduras del hambre y a las quemaduras de la sed.
En nuestros días, en
Occidente, la peor enfermedad no es la tuberculosis o la lepra sino el sentirse
indeseable, abandonado, privado de amor. Sabemos cuidar las enfermedades del
cuerpo por medio de la medicina, pero el único remedio para la soledad, el
desconcierto y el desespero es el amor. Hay mucha gente que muere en el mundo
por falta de un trozo de pan, pero hay muchos más que mueren por falta de un
poco de amor. La pobreza de Occidente es una pobreza diferente. No es sólo una
pobreza de soledad, sino también de falta de espiritualidad. Existe un hambre
de amor como existe un hambre de Dios...
"Danos hoy el pan
de este día” Tu Hijo amado, Nuestro Señor Jesucristo para que recordemos,
comprendamos y veneremos mejor el amor que nos tiene y todo lo que por
nosotros ha dicho, hecho y sufrido.
“Perdónanos nuestras ofensas” Por tu
misericordia inefable por la fuerza de la Pasión de tu Hijo amado por los
méritos y por la intercesión de la Virgen María y de todos los elegidos.
“Como
nosotros perdonamos a los que nos ofenden” aunque no perdonamos plenamente Tú,
Señor, haz que sepamos perdonar plenamente; Que amemos de verdad a nuestros
enemigos, gracias a Ti, Que sepamos orar sinceramente por ellos Que a nadie
devolvamos mal por mal Antes bien procuremos hacer el bien a todo el mundo,
por Ti.
“No nos dejes caer en la tentación” sea manifiesta o encubierta repentina
o latente y prolongada.
“Y líbranos del mal” pasado, presente y futuro.
Amén.