4.7.10
SALMO 90, 1-13
y resides a la sombra del Todopoderoso,
di al Señor: "Mi refugio y mi baluarte,
mi Dios, en quien confío".
Él te librará de la red del cazador
y de la peste perniciosa;
te cubrirá con sus plumas,
y hallarás un refugio bajo sus alas.
No temerás los terrores de la noche,
ni la flecha que vuela de día,
ni la peste que acecha en las tinieblas,
ni la plaga que devasta a pleno sol.
Aunque caigan mil a tu izquierda
y diez mil a tu derecha,
tú no serás alcanzado:
su brazo es escudo y coraza.
Con sólo dirigir una mirada,
verás el castigo de los malos,
porque hiciste del Señor tu refugio
y pusiste como defensa al Altísimo.
No te alcanzará ningún mal,
ninguna plaga se acercará a tu carpa,
porque él te encomendó a sus ángeles
para que te cuiden en todos tus caminos.
.
Evangelio según San Lucas 10, 5-6
29.6.10
Evangelio según San Mateo 6, 9-13
Ustedes oren de esta manera:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino, que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día. Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido. No nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del mal.
15.5.10
Homilía de S. S. Benedicto XVI en Oporto, 14 de mayo de 2010
Por experiencia personal y común, sabemos bien que es a Jesús a quien todos esperan. De hecho, los anhelos más profundos del mundo y las grandes certezas del Evangelio se unen en la inexcusable misión que nos compete, puesto que “sin Dios el hombre no sabe adónde ir ni tampoco logra entender quién es. Ante los grandes problemas del desarrollo de los pueblos, que nos impulsan casi al desasosiego y al abatimiento, viene en nuestro auxilio la palabra de Jesucristo, que nos hace saber: ‘Sin mí no podéis hacer nada’ (Jn 15, 5). Y nos anima: ‘Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final del mundo’ (Mt 28, 20)” (Enc. Caritas in veritate, 78).
Aunque esta certeza nos conforte y nos dé paz, no nos exime de salir al encuentro de los demás. Debemos vencer la tentación de limitarnos a lo que ya tenemos, o creemos tener, como propio y seguro: sería una muerte anunciada, por lo que se refiere a la presencia de la Iglesia en el mundo, que por otra parte, no puede dejar de ser misionera por el dinamismo difusivo del Espíritu. Desde sus orígenes, el pueblo cristiano ha percibido claramente la importancia de comunicar la Buena Noticia de Jesús a cuantos todavía no lo conocen. En estos últimos años, ha cambiado el panorama antropológico, cultural, social y religioso de la humanidad; hoy la Iglesia está llamada a afrontar nuevos retos y está preparada para dialogar con culturas y religiones diversas, intentando construir, con todos los hombres de buena voluntad, la convivencia pacífica de los pueblos. El campo de la misión ad gentes se presenta hoy notablemente dilatado y no definible solamente en base a consideraciones geográficas; efectivamente, nos esperan no solamente los pueblos no cristianos y las tierras lejanas, sino también los ámbitos socio-culturales y sobre todo los corazones que son los verdaderos destinatarios de la acción misionera del Pueblo de Dios.
14.5.10
Primera carta de San Pedro 2, 1-6
Renuncien a toda maldad y a todo engaño, a la hipocresía, a la envidia y a toda clase de maledicencia. Como niños recién nacidos, deseen la leche pura de la Palabra, que los hará crecer para la salvación, ya que han gustado qué bueno es el Señor.
Al acercarse a él, la piedra viva, rechazada por los hombres pero elegida y preciosa a los ojos de Dios, también ustedes, a manera de piedras vivas, son edificados como una casa espiritual, para ejercer un sacerdocio santo y ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo. Porque dice la Escritura: Yo pongo en Sión una piedra angular, elegida y preciosa: el que deposita su confianza en ella, no será confundido.
6.5.10
Evangelio según San Juan 15, 15
Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.
Hablar con Dios, Tomo 2, Nº 80; Autor: Francisco Fernández Carvajal
2.5.10
Es Cristo que Pasa Nº 167, Autor: San Josemaría
Si queremos ayudar a los demás, hemos de amarles, insisto, con un amor que sea comprensión y entrega, afecto y voluntaria humildad. Así entenderemos por qué el Señor decidió resumir toda la Ley en ese doble mandamiento, que es en realidad un mandamiento solo: el amor a Dios y el amor al prójimo, con todo nuestro corazón .
Quizá penséis ahora que a veces los cristianos -no los otros: tú y yo- nos olvidamos de las aplicaciones más elementales de ese deber. Quizá penséis en tantas injusticias que no se remedian, en los abusos que no son corregidos, en situaciones de discriminación que se trasmiten de una generación a otra, sin que se ponga en camino una solución desde la raíz.
No puedo, ni tengo por qué, proponeros la forma concreta de resolver esos problemas. Pero, como sacerdote de Cristo, es deber mío recordaros lo que la Escritura Santa dice. Meditad en la escena del juicio, que el mismo Jesús ha descrito: apartaos de mí, malditos, e id al fuego eterno, que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; fui peregrino y no me recibisteis; desnudo, y no me cubristeis; enfermo y encarcelado, y no me visitasteis .
Un hombre o una sociedad que no reaccione ante las tribulaciones o las injusticias, y que no se esfuerce por aliviarlas, no son un hombre o una sociedad a la medida del amor del Corazón de Cristo. Los cristianos -conservando siempre la más amplia libertad a la hora de estudiar y de llevar a la práctica las diversas soluciones y, por tanto, con un lógico pluralismo-, han de coincidir en el idéntico afán de servir a la humanidad. De otro modo, su cristianismo no será la Palabra y la Vida de Jesús: será un disfraz, un engaño de cara a Dios y de cara a los hombres.
25.4.10
Simón Pedro, Rialp, Madrid 1967, pp. 126-127; Autor: George Chevrot
6.4.10
Evangelio según San Lucas 24, 28-32
Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: "Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba". Él entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista. Y se decían: "¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?".
27.3.10
La Puerta Angosta, autor: Federico Suarez
¿qué esperanza le queda al mundo si los que deben salvarlo, por ignorar la doctrina de la salvación, se han hecho incapaces de darle nada, pues ellos mismos tienen aún sus propias inteligencias sin salvar?
Nuestra debilidad, nuestra negligencia, nuestra mediocridad esta haciendo mucho daño a toda la Iglesia, lo cual equivale a decir a todos los demás. Y nadie tiene derecho a hacer daño a otros.
artículo completo en: con toda tu mente
Evangelio según San Lucas 1, 46-55
20.3.10
Surco Nº 941, Autor: San Josemaría
Evangelio según San Lucas 12, 11-12
14.3.10
Segunda Carta de San Pablo a los Corintios 9, 7-8
Vía Crucis, II; Autor: San Josemaría
Segunda Carta de San Pablo a los Corintios 5, 18-21
26.2.10
MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI PARA LA CUARESMA 2010
20.2.10
Hablar con Dios, Tomo 2, Nº 4; Autor: Francisco Fernández Carvajal
No lo olvidemos tampoco si alguna vez en nuestro apostolado personal nos pareciera que alguien tiene una enfermedad del alma sin aparente solución. Sí la hay, siempre. Quizá el Señor espera de nosotros más oración y mortificación, más comprensión y cariño.
«Se curarán todas tus enfermedades –dice San Agustín–. “Pero es que son muchas”, dirás. Más poderoso es el Médico. Para el Todopoderoso no hay enfermedad insanable; tú déjate sólo curar, ponte en sus manos»(San Agustín, Comentario al Salmo 102).
2.2.10
Libro de la Sabiduría 7, 7-11
supliqué, y descendió sobre mí el espíritu de la Sabiduría.
La preferí a los cetros y a los tronos,
y tuve por nada las riquezas en comparación con ella.
No la igualé a la piedra más preciosa,
porque todo el oro, comparado con ella, es un poco de arena;
y la plata, a su lado, será considerada como barro.
La amé más que a la salud y a la hermosura,
y la quise más que a la luz del día,
porque su resplandor no tiene ocaso.
Junto con ella me vinieron todos los bienes,
y ella tenía en sus manos una riqueza incalculable.
24.1.10
Encíclica Ad Petri Cathedram Nº 6, Autor: San Juan XXIII
ENGLISH:
All the evils which poison men and nations and trouble so many hearts have a single cause and a single source: ignorance of the truth—and at times even more than ignorance, a contempt for truth and a reckless rejection of it. Thus arise all manner of errors, which enter the recesses of men's hearts and the bloodstream of human society as would a plague. These errors turn everything upside down: they menace individuals and society itself.
22.1.10
Hablar con Dios, Tomo 3, Nº 14; Autor: Francisco Fernández Carvajal
La primera decisión en el seguimiento de Cristo constituye el fundamento de otras muchas respuestas a lo largo de la vida. La fidelidad se hace día a día, ordinariamente en cosas que parecen de poca trascendencia, en los pequeños deberes de la jornada, rechazando todo aquello que pueda dañar lo que es la esencia de nuestro vivir.
16.1.10
Primera carta de San Juan 2, 8-11
11.1.10
Hablar con Dios; Tomo 3 Nº 1, Autor: Francisco Fernández Carvajal
10.1.10
Hablar con Dios, Tomo I, Nº 51; Autor: Francisco Fernández Carvajal
“Y en la Iglesia, precisamente por el bautismo, somos llamados todos a la santidad” (Cfr. IDEM, const. Lumen gentium, 11 y 42), cada uno en su propio estado y condición, y a ejercer el apostolado. “La llamada a la santidad y la consiguiente exigencia de santificación personal, es universal: todos, sacerdotes y laicos, estamos llamados a la santidad; y todos hemos recibido, con el bautismo, las primicias de esa vida espiritual que, por su misma naturaleza, tiende a la plenitud” (A. DEL PORTILLO, Escritos sobre el sacerdocio, Ed. Palabra, 50 ed. 1979, p. 111).
Otra verdad íntimamente unida a esta condición de miembro de la Iglesia es la del carácter sacramental, “un cierto signo espiritual e indeleble” impreso en el alma (Dz 852). Es como el resello de posesión de Cristo sobre el alma del bautizado. Cristo tomó posesión de nuestra alma en el momento de ser bautizado. Él nos rescató del pecado con su Pasión y Muerte.
Con estas consideraciones comprendemos bien el deseo de la Iglesia de que los niños reciban pronto estos dones de Dios (S. C. PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Instrucción, 20-X-1980; Cfr. Código de Derecho Canónico, canon 867). Desde siempre ha urgido a los padres para que bauticen a sus hijos cuanto antes. Es una muestra práctica de fe. No se atenta a su libertad, como no se les causó agravio alguno por darles la vida natural, ni por alimentarles, limpiarles y curarles, cuando no podían ellos pedir estos bienes. Por el contrario, tienen derecho a recibir esa gracia. ¡Qué buen apostolado habremos de hacer en muchos casos!: con amigos, compañeros, conocidos...
En el caso del Bautismo está en juego algo infinitamente mayor que ningún otro bien: la gracia y la fe; quizá, la salvación eterna. Sólo por ignorancia y por una fe dormida se puede explicar que muchos niños queden privados, por sus propios padres ya cristianos, del mayor don de su vida. Nuestra oración se dirige a Dios hoy, para que no permita que esto suceda.
Hemos de agradecer a nuestros padres que, quizá a los pocos días de nacer, nos llevaran a recibir este santo sacramento.
9.1.10
Segunda Carta de San Pedro 1, 5-11
6.1.10
Isaías 60, 1-6
Homilía de S. S. Benedicto XVI en la solemnidad de la Epifanía 2007
21.12.09
Hablar con Dios, Tomo I, Nº 21, Autor: Francisco Fernández Carvajal
3.12.09
Homilías antes de partir en exilio, 1-3, Autor: San Juan Crisóstomo
¿No has oído aquella palabra del Señor: Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio ellos? Y, allí donde un pueblo numeroso esté reunido por los lazos de la caridad, ¿no estará presente el Señor? me ha garantizado su protección, no es en mis fuerzas que me apoyo. Tengo en mis manos su palabra escrita. Éste es mi báculo, ésta es mi seguridad, éste es mi puerto tranquilo. Aunque se turbe el mundo entero, yo leo esta palabra escrita que llevo conmigo, porque ella es mi muro y mi defensa. ¿Qué es lo que ella me dice? Yo estoy con otros todos los días, hasta el fin del mundo.
Cristo está conmigo, ¿qué puedo temer? Que vengan a asaltarme las olas del mar y la ira de los poderosos; todo eso no pesa más que una tela de araña. Si no me hubiese retenido el amor que os tengo, no hubiese esperado a mañana para marcharme. En toda ocasión yo digo: «Señor, hágase tu voluntad: no lo que quiere éste o aquél, o lo que tú quieres que haga». Éste es mi alcázar, ésta es mi roca inamovible, éste es mi báculo seguro. Si esto es lo que quiere Dios, que así se haga. Si quiere que me quede aquí, le doy gracias. En cualquier lugar donde me mande, le doy gracias también.
9.11.09
Segunda Carta de San Pablo a los Tesalonicenses 3, 1-2
4.11.09
Primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses 5,12-18
2.11.09
Homilía de S. S. Benedicto XVI en la Misa en la Festividad de San Wenceslao, Patrono de la Nación Checa, Explanada Melnik en Stará Boleslav
homilía completa en http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/homilies/2009/documents/hf_ben-xvi_hom_20090928_san-venceslao_sp.html)
27.10.09
Carta de San Pablo a los Colosenses 2,8
17.10.09
Hablar con Dios, Tomo V, Nº 45, Autor: Francisco Fernández Carvajal
11.10.09
Constitución Pastoral Gaudium et Spes Nº 63
También en la vida económico-social deben respetarse y promoverse la dignidad de la persona humana, su entera vocación y el bien de toda la sociedad. Porque el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico- social.
5.10.09
Carta de San Pablo a los Gálatas 5, 14-15
19.9.09
Constitución Pastoral Gaudium et Spes Nº 69
Hablar con Dios, Tomo 5, Nº 9; Autor: Francisco Fernández Carvajal
Tres son las características que señala el Señor en la tierra buena: oír con un corazón contrito, humilde, los requerimientos divinos; esforzarse para que ‑con la oración y la mortificación‑ esas exigencias calen en el alma y no se atenúen con el paso del tiempo; y, por último, comenzar y recomenzar, sin desanimarse si los frutos tardan en llegar, si nos damos cuenta de que los defectos no acaban de desaparecer a pesar de los años y del empeño en la lucha por desarraigarlos.
Constitución Pastoral Gaudium et Spes Nº 24
17.9.09
Sermones, Autor: San Juan de Ávila
13.9.09
Exhortación Apostólica Christifideles Laici Nº 17, Autor: Juan Pablo II
Exhortación Apostólica Christifideles Laici Nº 3, Autor: Juan Pablo II
Exhortación Apostólica Christifideles Laici Nº 37, Autor: Juan Pablo II
Constitución Pastoral Gaudium et Spes Nº 27
Exhortación Apostólica Christifideles Laici Nº 38, Autor: Juan Pablo II
Los fieles laicos, comprometidos por motivos varios y a diverso nivel en el campo de la ciencia y de la técnica, como también en el ámbito médico, social, legislativo y económico deben aceptar valientemente los «desafíos» planteados por los nuevos problemas de la bioética. Como han dicho los Padres sinodales, "Los cristianos han de ejercitar su responsabilidad como dueños de la ciencia y de la tecnología, no como siervos de ella."
Exhortación Apostólica Christifideles Laici Nº 40, Autor: Juan Pablo II
Se da así una interdependencia y reciprocidad entre las personas y la sociedad: todo lo que se realiza en favor de la persona es también un servicio prestado a la sociedad, y todo lo que se realiza en favor de la sociedad acaba siendo en beneficio de la persona. Por eso, el trabajo apostólico de los fieles laicos en el orden temporal reviste siempre e inseparablemente el significado del servicio al individuo en su unicidad e irrepetibilidad, y del servicio a todos los hombres.
Ahora bien, la expresión primera y originaria de la dimensión social de la persona es el matrimonio y la familia: «Pero Dios no creó al hombre en solitario. Desde el principio "los hizo hombre y mujer" (Gn 1, 27), y esta sociedad de hombre y mujer es la expresión primera de la comunión entre personas humanas»[145]. Jesús se ha preocupado de restituir al matrimonio su entera dignidad y a la familia su solidez (cf. Mt 19, 3-9); y San Pablo ha mostrado la profunda relación del matrimonio con el misterio de Cristo y de la Iglesia (cf. Ef 5, 22-6, 4; Col 3, 18-21; 1 P 3, 1-7).
El matrimonio y la familia constituyen el primer campo para el compromiso social de los fieles laicos. Es un compromiso que sólo puede llevarse a cabo adecuadamente teniendo la convicción del valor único e insustituible de la familia para el desarrollo de la sociedad y de la misma Iglesia.
La familia es la célula fundamental de la sociedad, cuna de la vida y del amor en la que el hombre «nace» y «crece». Se ha de reservar a esta comunidad una solicitud privilegiada, sobre todo cada vez que el egoísmo humano, las campañas antinatalistas, las políticas totalitarias, y también las situaciones de pobreza y de miseria física, cultural y moral, además de la mentalidad hedonista y consumista, hacen cegar las fuentes de la vida, mientras las ideologías y los diversos sistemas, junto a formas de desinterés y desamor, atentan contra la función educativa propia de la familia.
Urge, por tanto, una labor amplia, profunda y sistemática, sostenida no sólo por la cultura sino también por medios económicos e instrumentos legislativos, dirigida a asegurar a la familia su papel de lugar primario de «humanización» de la persona y de la sociedad.
El compromiso apostólico de los fieles laicos con la familia es ante todo el de convencer a la misma familia de su identidad de primer núcleo social de base y de su original papel en la sociedad, para que se convierta cada vez más en protagonista activa y responsable del propio crecimiento y de la propia participación en la vida social. De este modo, la familia podrá y deberá exigir a todos —comenzando por las autoridades públicas— el respeto a los derechos que, salvando la familia, salvan la misma sociedad.
Todo lo que está escrito en la Exhortación Familiaris consortio sobre la participación de la familia en el desarrollo de la sociedad [146] y todo lo que la Santa Sede, a invitación del Sínodo de los Obispos de 1980, ha formulado con la «Carta de los Derechos de la Familia», representa un programa operativo, completo y orgánico para todos aquellos fieles laicos que, por distintos motivos, están implicados en la promoción de los valores y exigencias de la familia; un programa cuya ejecución ha de urgirse con tanto mayor sentido de oportunidad y decisión, cuanto más graves se hacen las amenazas a la estabilidad y fecundidad de la familia, y cuanto más presiona y más sistemático se hace el intento de marginar la familia y de quitar importancia a su peso social.
Como demuestra la experiencia, la civilización y la cohesión de los pueblos depende sobre todo de la calidad humana de sus familias. Por eso, el compromiso apostólico orientado en favor de la familia adquiere un incomparable valor social. Por su parte, la Iglesia está profundamente convencida de ello, sabiendo perfectamente que «el futuro de la humanidad pasa a través de la familia»[147].
Exhortación Apostólica Christifideles Laici Nº 42, Autor: Juan Pablo II
Son, en cambio, más que significativas estas palabras del Concilio Vaticano II: «La Iglesia alaba y estima la labor de quienes, al servicio del hombre, se consagran al bien de la cosa pública y aceptan el peso de las correspondientes responsabilidades»[150].
Una política para la persona y para la sociedad encuentra su criterio básico en la consecución del bien común, como bien de todos los hombres y de todo el hombre, correctamente ofrecido y garantizado a la libre y responsable aceptación de las personas, individualmente o asociadas. «La comunidad política —leemos en la Constitución Gaudium et spes— existe precisamente en función de ese bien común, en el que encuentra su justificación plena y su sentido, y del que deriva su legitimidad primigenia y propia. El bien común abarca el conjunto de aquellas condiciones de vida social con las cuales los hombres, las familias y las asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección»[151].
Además, una política para la persona y para la sociedad encuentra su rumbo constante de camino en la defensa y promoción de la justicia, entendida como «virtud» a la que todos deben ser educados, y como «fuerza» moral que sostiene el empeño por favorecer los derechos y deberes de todos y cada uno, sobre la base de la dignidad personal del ser humano.
En el ejercicio del poder político es fundamental aquel espíritu de servicio, que, unido a la necesaria competencia y eficiencia, es el único capaz de hacer «transparente» o «limpia» la actividad de los hombres políticos, como justamente, además, la gente exige. Esto urge la lucha abierta y la decidida superación de algunas tentaciones, como el recurso a la deslealtad y a la mentira, el despilfarro de la hacienda pública para que redunde en provecho de unos pocos y con intención de crear una masa de gente dependiente, el uso de medios equívocos o ilícitos para conquistar, mantener y aumentar el poder a cualquier precio.
Los fieles laicos que trabajan en la política, han de respetar, desde luego, la autonomía de las realidades terrenas rectamente entendida. Tal como leemos en la Constitución Gaudium et spes, «es de suma importancia, sobre todo allí donde existe una sociedad pluralista, tener un recto concepto de las relaciones entre la comunidad política y la Iglesia y distinguir netamente entre la acción que los cristianos, aislada o asociadamente, llevan a cabo a título personal, como ciudadanos de acuerdo con su conciencia cristiana, y la acción que realizan, en nombre de la Iglesia, en comunión con sus pastores. La Iglesia, que por razón de su misión y de su competencia no se confunde en modo alguno con la comunidad política ni está ligada a sistema político alguno, es a la vez signo y salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana»[152]. Al mismo tiempo —y esto se advierte hoy como una urgencia y una responsabilidad— los fieles laicos han de testificar aquellos valores humanos y evangélicos, que están íntimamente relacionados con la misma actividad política; como son la libertad y la justicia, la solidaridad, la dedicación leal y desinteresada al bien de todos, el sencillo estilo de vida, el amor preferencial por los pobres y los últimos. Esto exige que los fieles laicos estén cada vez más animados de una real participación en la vida de la Iglesia e iluminados por su doctrina social. En esto podrán ser acompañados y ayudados por el afecto y la comprensión de la comunidad cristiana y de sus Pastores[153].
La solidaridad es el estilo y el medio para la realización de una política que quiera mirar al verdadero desarrollo humano. Esta reclama la participación activa y responsable de todos en la vida política, desde cada uno de los ciudadanos a los diversos grupos, desde los sindicatos a los partidos. Juntamente, todos y cada uno, somos destinatarios y protagonistas de la política. En este ámbito, como he escrito en la Encíclica Sollicitudo rei socialis, la solidaridad «no es un sentimiento de vaga compasión o de superficial enternecimiento por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos»[154].
La solidaridad política exige hoy un horizonte de actuación que, superando la nación o el bloque de naciones, se configure como continental y mundial.
El fruto de la actividad política solidaria —tan deseado por todos y, sin embargo, siempre tan inmaduro— es la paz. Los fieles laicos no pueden permanecer indiferentes, extraños o perezosos ante todo lo que es negación o puesta en peligro de la paz: violencia y guerra, tortura y terrorismo, campos de concentración, militarización de la política, carrera de armamentos, amenaza nuclear. Al contrario, como discípulos de Jesucristo «Príncipe de la paz» (Is 9, 5) y «Nuestra paz» (Ef 2, 14), los fieles laicos han de asumir la tarea de ser «sembradores de paz» (Mt 5, 9), tanto mediante la conversión del «corazón», como mediante la acción en favor de la verdad, de la libertad, de la justicia y de la caridad, que son los fundamentos irrenunciables de la paz[155].
Exhortación Apostólica Christifideles Laici Nº 44, Autor: Juan Pablo II
Exhortación Apostólica Christifideles Laici Nº 44, Autor: Juan Pablo II
En el uso y recepción de los instrumentos de comunicación urge tanto una labor educativa del sentido crítico animado por la pasión por la verdad, como una labor de defensa de la libertad, del respeto a la dignidad personal, de la elevación de la auténtica cultura de los pueblos, mediante el rechazo firme y valiente de toda forma de monopolización y manipulación.
Tampoco en esta acción de defensa termina la responsabilidad apostólica de los fieles laicos. En todos los caminos del mundo, también en aquellos principales de la prensa, del cine, de la radio, de la televisión y del teatro, debe ser anunciado el Evangelio que salva.
Es Cristo que Pasa Nº 111, Autor: San Josemaría
Es Cristo que Pasa Nº 112, Autor: San Josemaría
Surco Nº 302, Autor: San Josemaría
6.9.09
Comentarios a los Salmos, 33, 6-7; autor: San Agustín
23.8.09
Amigos de Dios Nº 38, Autor: San Josemaría
El Amor de Dios marca el camino de la verdad, de la justicia, del bien. Cuando nos decidimos a contestar al Señor: mi libertad para ti, nos encontramos liberados de todas las cadenas que nos habían atado a cosas sin importancia, a preocupaciones ridículas, a ambiciones mezquinas.
Segunda Carta de San Pablo a los Corintios 3, 17
17.8.09
Carta de San Pablo a los Romanos 12, 1 - 21
En virtud de la gracia que me ha sido dada, os digo a cada uno de vosotros: no gustéis lo que está más allá de lo conveniente, sino gustad de la sobriedad, según la medida de fe que Dios repartió a cada cual. Pues así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, aunque no todos tienen la misma función, así también siendo muchos somos un solo Cuerpo en Cristo, y miembros todos unos con otros. Por eso tenemos dones diferentes, según la gracia que se nos ha concedido: ya sea el don de la profecía, conforme a la medida de la fe; o el de ministerio, para servir; o al que enseña, el de enseñar; o al que exhorta, el de exhortar; quien reparte, hágalo con sencillez, quien preside, con solicitud; y quien ejerce la misericordia, con alegría.
La caridad sea sincera, aborreciendo el mal y adhiriéndonos al bien; amándoos unos a otros con amor fraterno, anticipándoos mutuamente en conceder honor. Con solicitud por el deber, no seáis perezosos; antes, fervorosos de espíritu, sirviendo al Señor. Alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación, constantes en la oración; compartiendo necesidades de los santos, fomentando la hospitalidad. Bendecid a los que os persiguen: bendecid y no maldigáis. Gozaos con los que se gozan, llorad con los que lloran. Tened un mismo sentir entre vosotros, no gustando lo que es ostentoso, sino sintiendo con los humildes. No seáis cautelosos a vuestros ojos.
A nadie devolváis mal por mal: haced el bien a la vista de todos los hombres. Vivan en armonía unos con otros, no quieran sobresalir, pónganse a la altura de los más humildes. Si es posible, y en cuanto de vosotros dependa, tened paz con todos los hombres. Queridos no toméis la justicia por vuestra cuenta, sino dad lugar a la ira (de Dios), pues está escrito: "Mía es la venganza, Yo daré el pago merecido", dice el Señor. Pero si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber. Si haces esto, amontonarás ascuas de fuego sobre tu cabeza. No te dejes vencer por el mal, antes bien; vence el mal con el bien.
16.8.09
Caritas in Veritate Nº1, Autor: S. S. Benedicto XVI
9.8.09
Visitas al Santísimo Sacramento; Autor: San Alfonso María de Ligorio
2.8.09
La Divina Comedia. Purgatorio, XI, 13-15; Autor: Dante Alighieri
sin el cual por este áspero desierto
quien más quiere avanzar, más retrocede.
Hablar con Dios, Tomo IV, Nº 47; Autor: Francisco Fernández Carvajal
1.8.09
El Gran medio de la Oración; Autor: San Alfonso María de Ligorio
Para mejor entender la excelencia de nuestras oraciones ante el divino acatamiento bastará leer en las Sagradas Escrituras las promesas que ha hecho el Señor al alma que reza, y eso lo mismo en el antiguo que en el nuevo Testamento. Recordemos algunos textos nada más: Invócame en el día de la tribulación ... Llámame y yo te libraré... Llámame y yo te oiré ... Pedid y se os dará... Buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá.. Cosas buenas dará mi Padre que está en los cielos a aquel que se las pida... Todo aquel que pide, recibe... Lo que queráis, pedidlo, y se os dará. Todo cuanto pidieren, lo hará mi Padre por ellos. Todo cuanto pidáis en la oración, creed que lo recibiréis y se hará sin falta. Si alguno pidiéreis en mi nombre, os lo concederá, Y como éstos muchos textos más que no traemos aquí para no extendemos más de lo debido.
Quiere Dios salvarnos, mas, para gloria nuestra, quiere que nos salvemos, como vencedores. Por tanto, mientras vivamos en la presente vida, tendremos que estar en continua guerra. Para salvamos habremos de luchar y vencer. Sin victoria nadie podrá ser coronado. Así afirma San Juan Crisóstomo: Cierto es que somos muy débiles y los enemigos muchos y muy poderosos; ¿cómo, pues, podremos hacerles frente y derrotarlos? Responde el Apóstol animándonos a la lucha con estas palabras:Todo lo puedo con Aquel que es mi fortaleza Todo lo podemos con la oración; con ella nos dará el Señor las fuerzas que necesitarnos, porque, como escribe Teodorato, la oración es una, pero omnipotente. San Buenaventura asegura que con la oración podemos adquirir todos los bienes y libramos de todos los males.
San Lorenzo Justiniano afirma que con la oración podemos levantamos una torre fortísima donde hemos de estar seguros de las asechanzas y ataques de todos nuestros enemigos. San Bernardo escribe estas hermosas palabras: Fuerte es el poder del infierno, pero la oración es más fuerte que todos los demonios. Y ello es así, porque con la oración alcanza el alma la ayuda divina que es más poderosa que toda fuerza creada. Por esto el santo rey David, cuando le asaltaban los temores, se animaba con estas palabras, Con cánticos de alabanza invocaré al Señor y seré libre de todos mis enemigos. San Juan Crisóstomo lo resume en esta sentencia: La oración es arma poderosa, tutela, puerto y tesoro. Es arma poderosa porque con ella vencemos todos los asaltos del enemigo; defensa, porque nos ampara en todos los peligros; puerto, porque nos salva en todas las tempestades; y tesoro, porque con ella tenemos y poseemos todos los bienes.
21.6.09
Hablar con Dios, Tomo III, Nº 98; Autor: Francisco Fernández Carvajal
«Caminad (....) in nomine Domini, con alegría y seguridad en el nombre del Señor. ¡Sin pesimismos! Si surgen dificultades, más abundante llega la gracia de Dios; si aparecen más dificultades, del Cielo baja más gracia de Dios; si hay muchas dificultades, hay mucha gracia de Dios. La ayuda divina es proporcionada a los obstáculos que el mundo y el demonio pongan a la labor apostólica. Por eso, incluso me atrevería a afirmar que conviene que haya dificultades, porque de este modo tendremos más ayuda de Dios: donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rom 5, 20)»(A. del Portillo, Carta 31-V-1987, n. 22. ).
Aprovecharemos la ocasión para purificar la intención, para estar más pendientes del Maestro, para fortalecernos en la fe. Nuestra actitud ha de ser la de perdonar siempre y permanecer serenos, pues está el Señor con cada uno de nosotros. «Cristiano, en tu nave duerme Cristo –nos recuerda San Agustín–, despiértale, que Él increpará a la tempestad y se hará la calma»(San Agustín, Sermón 361, 7). Todo es para nuestro provecho y para el bien de las almas. Por eso, basta estar en su compañía para sentirnos seguros. La inquietud, el temor y la cobardía nacen cuando se debilita nuestra oración. Él sabe bien todo lo que nos pasa. Y si es necesario, increpará a los vientos y al mar, y se hará una gran bonanza, nos inundará con su paz. Y también nosotros quedaremos maravillados, como los Apóstoles.
11.6.09
Dios en Preguntas; capítulo: ¿puede uno convertirse en dos minutos?, Autor: André Frossard
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Mi padre habría querido verme en la calle Ulm. Fui allí a los veinte años, pero me equivoqué de vereda y, en lugar de entrar en la Escuela Normal Superior, entré al convento de las Adoratrices para buscar allí a un camarada con quien debía almorzar.
Lo que voy a contarles no es la historia de un descubrimiento intelectual. es el relato de una experiencia física, casi de una experiencia de laboratorio.
Al empujar el portón de hierro del convento, yo era ateo. El ateísmo toma muchas formas. Hay un ateísmo filosófico, el cual, incorporando a Dios a la naturaleza, se rehusa a darle una personalidad separada y resuelve todo en la inteligencia humana; nada es Dios, todo es divino; ese ateísmo termina en panteísmo bajo la forma de una ideología cualquiera. El ateísmo científico descarta la hipótesis de Dios como inapropiada para la investigación, y se aplica a explicar el mundo únicamente por las propidedes de la materia, de la cual no se preguntará de dónde proviene. Más radical todaviá, el ateísmo marxista no solamente niega a Dios, sino que le notificaría de su despido si llegara a existir; su presencia inoportuna trabaría el libre juego de la voluntad humana. Existe, asismismo, un ateísmo de los más extendidos y que conozco bien, el ateísmo idiota: era el mío. El ateo idiota no se hace preguntas. Encuentra natural estar posado sobre una bola de fuego recubierta por una delgada envoltura de barro seco, que gira sobre sí misma a una velocidad supersónica y alrededor de una especie de bomba de hidrógeno arrastrada en el giro de miles de millones de lucecitas de origen enigmático y de destino desconocido.
Yo era todavía ese ateo al pasar la puerta de la capilla, y lo era todavía en el interior de ella. La concurrencia a contraluz no me presentaba más que sombras, entre las cuales no podía distinguir a mi amigo, y una especie de sol brillaba al fondo del local: yo no sabía que se trataba del Santísimo Sacramento.
Yo no tenía ni penas de amor, ni inquietud, ni curiosidad. La religión era una vieja quimera, los cristianos una especie retrasada en el camino de la evolución: la historia se había pronunciado por nosotros, la izquierda, y el problema de Dios estaba resuelto por la negativa desde hacía dos o tres siglos por lo menos. En mi medio, la religión parecía tan superada que uno no era ya ni siquiera anticlerical, salvo en los días de elecciones.
Fue entonces cuando llegó lo inesperado. Posteriormente quisieron a toda costa hacerme reconocer que la fe me trabajaba subterráneamente, que yo estaba preparado para ello sin saberlo, que mi conversión no fue más que una toma de conciencia brusca de un estado de ánimo que me predisponía desde hacía mucho tiempo a creer.
Error: Si yo estaba dispuesto a algo, era a la ironía con respecto a la religión, y mi estado de ánimo podía resumirse en una sola palabra: indiferencia.
Todavía hoy lo veo, veo a ese muchacho de veinte años que yo era entonces, no olvidé el estupor que sintió cuando se alzó súbitamente frente a él, desde el fondo de esa mediocre capilla, un mundo, otro mundo de un esplendor imposible de soportar, de una densidad loca, y cuya luz revelaba y encubría al mismo tiempo la presencia de Dios, de ese Dios respecto al cual él habría jurado, un momento antes, que no había existido jamás más que en la imaginación de los hombres; al mismo tiempo que lo cubría una onda, una ola fulgurante de dulzura y de alegría mezcladas, de una potencia capaz de romper el corazón y de la cual jamás perdió el recuerdo, incluso en los peores momentos de una vida más de una vez atravesada por el horror y por la desgracia; no tiene otra tarea desde entonces que ensalzar esa dulzura y esa desgarradora pureza de Dios, quien le mostró, por contraste, aquel día, de qué barro estaba hecho.
. . . . . . . . . . . . . . . . .
Esa luz, que no vi. con los ojos del cuerpo, no era la que nos ilumina, o nos broncea, era una luz espiritual, es decir, una luz orientadora y como incandescencia de la verdad. Ella invirtió definitivamente para mí el orden ordinario de las cosas. Desde que la entreví, casi podría decir que para mí sólo existe Dios, y que lo demás no es más que hipótesis.
Frecuentemente me dijeron: “¿Y su libre albedrío? Decididamente hacen de usted todo lo que quieren. Su padre es socialista, usted es socialista. Entra en una capilla, y helo ahí cristiano. Si hubiera entrado en una pagoda, sería budista; si lo hubiera hecho en una mezquita, sería musulmán”. A lo cual, a veces, me permito responder que me sucede salir de una estación sin ser un tren.
En cuanto a mi libre albedrío, no dispuse de él verdaderamente más que después de mi conversión, cuando comprendí que únicamente Dios podía salvarme de todas las dependencias a las cuales, sin él, estaríamos inexorablemente encadenados.
Insisto: Esa fue una experiencia objetiva, casi del orden de la física, y no tengo nada más precioso para trasmitirles que eso: más allá, o más exactamente a través del mundo que nos rodea y nos integra, hay otra realidad, infinitamente más concreta que aquella a la que dimos generalmente crédito, y que es la última realidad, frente la cual no hay más preguntas.
3.5.09
Simón Pedro, Capítulo 8; Autor: George Chevrot
Primero “el dinero”. Nada pude emprenderse sin este resorte indispensable. Y, no obstante, fueron unos pobres hombres los que impusieron el cristianismo al Imperio Romano. Por otra parte, solo los Apóstoles despegados de las riquezas son los que convierten a los hombres la Evangelio en cada generación. Mientras por todas partes los ricos se sirven de su influencia para lograr una clientela, en la Iglesia son los pobres los que seducen a los ricos y estos dejan sus bienes para ofrecer a Dios templos, a los enfermos hospitales, a los pobres trabajo y subsidios. El infierno no entiende nada; ¡es el mundo al revés!
Pero el infierno es hábil. Puesto que los miembros de la Iglesia son hombres, procurará pervertirlos por el amor al dinero. La Iglesia recibe donaciones, propiedades, fortunas. Sus jefes hacen figura de príncipes y disfrutan de los privilegios de la propiedad. ¡Ya los tiene el infiernos! Pero no, porque Jesús vela por su Iglesia: en el momento oportuno sabe burlar divinamente las leyes humanas. Cuando las riquezas de los monjes y prelados no se emplean para el bien común, excitan la envidia de grandes y pequeños. La Iglesia, despojada periódicamente, vuelve por la injusticia de sus espoliadores a la sencillez de su origen y el infierno nada puede ya contra una Iglesia, que solo sirve para dar.
El enemigo utilizará otras armas. Después de la codicia se servirá del “Orgullo”. Ha hecho buen uso de él. El orgullo descompone la fe, el orgullo socava la obediencia: con esto ¡la Iglesia quedará destruida!
Pues bien, si exceptuamos a San Pablo, los primeros predicadores del Evangelio no poseen diplomas ni títulos científicos: ¿Cómo podrán esos hombres ignorantes convencer a los espíritus cultivados y refinados por la filosofía griega? Precisamente gracias a esa misma ignorancia, porque no sentirán la tentación de añadir nada a la doctrina revelada. Predicarán total y únicamente “cuanto han visto y oído”. Su debilidad se convirtió en fuerza.
¡Qué humana es esta Iglesia que para dirigirse a los hombres tiene que adoptar su lenguaje! Tan humana que lengua oficial es, desde hace mucho, una lengua muerta. Su debilidad constituye su fuerza; también aquí el inconveniente se ha convertido en ventaja, pues su lengua, siempre fija, ayuda a la inmutabilidad del dogma.
Al igual que con su intransigencia dogmática, la Iglesia manifiesta idéntica intolerancia con todo lo que perjudique a sus leyes morales. Antes de infringir el precepto de indisolubilidad conyugal en provecho de Enrique VIII, consiente en que todo el reino de Inglaterra pase a la herejía. Hay que citar siempre a Pascal: “Los Estados perecerían si lasa leyes no se plegasen a la necesidad. Pero la religión no toleró eso ni se sirvió de ello… Son necesarias esas adaptaciones o milagros. No es extraño que se conserve plegándose…, pero que esta religión se haya mantenido siempre inflexible es divino”.
La Iglesia, insegura humanamente del futuro, no ha intentado nunca asegurarse la popularidad entre las masas aminorando la doctrina de Jesucristo. Antes preferiría perecer que conformarse con el más leve error. Pues bien: ha sobrevivido sin sacrificar nada de su Cred0. Empleará un siglo en triunfar del arrianismo, pero triunfará. Poco faltó para que el pelagianismo engañase al papa Zósimo; pero a su vez el pelagianismo fue vencido. La Iglesia elimina las herejías del Medioevo una tras otra; resiste a las influencias, por otra parte terribles, del Renacimiento pagano y del protestantismo disolvente. Conserva intacto su patrimonio doctrinal, a pesar de los ataques o de los progresos del racionalismo del siglo XIX. ¿Cómo una sociedad puramente humana no habría aceptado componendas con las ideas de actualidad? Dado que el pensamiento humano está en constante evolución, ¿cómo ha podido mantener la Iglesia la integridad del dogma? Y todo ello sin ser extraña al genio ni a la filosofía griega ni medieval, al contrario, siendo capaz de hacer inteligible su doctrina a las inteligencias de todos los tiempos como en nuestra época, sin que modifique nunca sus enseñanzas?
No nos engañemos, las herejías no nacieron fuera de la Iglesia, sino en su seno. Fueron sus hijos los que, víctimas más o menos concientes de orgullo, rechazaron la doctrina primitiva. Fueron sus hijos más encumbrados quienes, víctimas de la ambición, determinaron los cismas. La iglesia los vio marchar con pena. Perdió, sucesivamente, naciones enteras, pero lo que pierde en número lo gana al punto en calidad. Sus hijos menos numerosos son más fervorosos y su fervor aumenta el número paulatinamente. Mientras el tiempo altera su doctrina o debilita la disciplina, disminuyen con los siglos los riesgos de disidencias. ¿Quién se aventuraría hoy día a intentar un nuevo cisma? Nunca como en nuestro tiempo fue respetada tan universalmente y más filialmente obedecida la autoridad del Papa. Es verdad que los poderes del infierno causaron a la Iglesia pérdidas inmensas; más no prevalecieron contra ella.
Quedaba al infierno el procurar destruir “la santidad de la Iglesia, rebajando su moralidad. ¿no es difícil hacer pecar a los hombres! Efectivamente, la Iglesia atravesó periodos de una lamentable mediocridad moral. Con todo, incluso en esas épocas, afortunadamente raras, en que sus más altos dignatarios se mostraron indignos de su carácter sagrado, había en la Iglesia muchos santos y fueron ellos los que la salvaron. Ya se trate del siglos X, XV ó XVI, la Iglesia siempre se reformó por sí misma y el observador imparcial debe reconocer que desde hace unos cuatrocientos años se está generalizando la santidad católica y que la Iglesia no solo crece en extensión sino en perfección.
Los poderes del infierno, desesperando de lograr corromper las almas cristianas, recurren al último recurso: “la persecución exterior”. Nuestro Señor no lo ocultó a sus Apóstoles: “Os perseguirán, entregándoos a las sinagogas; os azotarán y os matarán. Y seréis aborrecidos de todos los pueblos a causa de mi nombre. Pero confiad: ¡Yo he vencido al mundo!”
Esta predicación también tuvo su cumplimiento. Inmediatamente después de que nació la Iglesia en Jerusalén fue perseguida por lo judíos. Durante dos siglos y medio el poder imperial de Roma despliega contra ella todos los medios coercitivos posibles: la confiscación, el exilio, trabajos forzados, la pena capital precedida de suplicios, de los cuales Gastón Boissier ha podido decir que “después de maravillarse de que haya habido jueces que hayan pronunciado contra los cristianos penas tan terribles, no queda uno menos maravillado de que las víctimas hayan podido soportarlas”. Pero lejos de suprimir los adeptos de la Iglesia la criminal persecución aceleraba el ritmo de aquellos. “Nos multiplicamos –escribía Tertuliano- a medida que vosotros nos segáis: la sangre de los cristianos es una semilla”
Pues bien: la persecución se recrudece permanentemente contra la Iglesia ya en un país, ya en otro. Las crueldades de antaño han sido superadas en la actualidad por verdugos comunistas. Y, no obstante, la “violencia” no ha dado cuenta de la Iglesia.
Pero los poderes del infierno saben cambiar de táctica. Uno de sus representantes lo proclamaba estos últimos tiempos en la tribuna del Parlamento: “¡La francmasonería es eterna!” Lo cual quiere decir: Las Fuerzas del Mal no capitularán jamás. Ya antes de él lo había afirmado Nuestro Señor: Los poderes enemigos forjan contra la Iglesia leyes que unas frenarán su acción y otras la harán fracasar radicalmente. Con mayor maldad aún tratarán de apartar de la influencia cristiana a las almas y corazones de las masas populares por una intromisión sistemática en la escuela y la prensa. Nada los detendrá en su campaña de descristianización, ni el desarrollo de la inmoralidad ni la incitación a las bajas pasiones de la envidia y el odio, cualesquiera que sean las consecuencias de sus campañas. La destrucción de las familias, las agitaciones sociales, hasta la guerra, no los espantan, con tal de conseguir a ese precio la ruina de la Iglesia. Para colmo de hipocresía, las sectas anticristianas cubrirán sus maniobras bajo las apariencias filosóficas o seudocientificas.
En esta lucha a ultranza cuyo teatro son las almas, la Iglesia combate valerosamente sin contar los sacrificios con el fin de defender a sus hijos contra la mentira y el error. Humanamente combate con armas desiguales, pues el dinero, los favores y las amenazas no están de su parte. Humanamente tendría que ser vencida. Hace siglos que los corifeos del anticristianismo firmaron su sentencia de muerte.
….
Jesús no nos engañó: las puertas del infierno no prevalecerán contra su Iglesia. Perpetuamente atacada, contrariada, perjudicada, prosigue, sin embargo, serena y confiada la misión que le asignó su divino Fundador. Su existencia consiste, según la feliz expresión del Padre Faber, “en una victoriosa derrota”. Si nuestra Iglesia es humana, tan débil y siempre en espera de algún fracaso o saliendo de él, ¿no es acaso divina esta Iglesia que sale regularmente victoriosa de todas sus derrotas?
…. No dudamos nunca de nuestra Iglesia. Su historia es el milagro permanente, en el que podamos apoyar nuestra fe. Pero si creemos que el Hijo de Dios vive en su Iglesia, si estamos persuadidos de que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, de que la iglesia es Jesús y nosotros, no nos durmamos confiando en nuestra propia seguridad. Jesucristo nos pide el apoyo de nuestro esfuerzo personal, para contribuir al triunfo de su Iglesia sobre los Poderes del Mal. A nosotros toca disminuir las debilidades que le vienen de nuestros defectos humanos, suprimir las tareas que encubre el esplendor de su divinidad a los ojos del mundo. Para ello seamos cada vez los mejores hijos de nuestra Madre Iglesia. Nuestros piadosos antepasados del Medioevo no la llamaban tan secamente como nosotros “la Iglesia”, ello la llamaban más bellamente “la Santa Iglesia”. A nuestra Santa Iglesia debemos los deseos y comienzos de santidad que a pesar de todo podemos reconocer en cada uno de nosotros. Que cada uno de nosotros se apreste, por tanto, con una docilidad más generosa a hacer a nuestra querida Iglesia siempre más santa.
1.5.09
Homilía del Cardenal J. Ratzinger en la Misa del día de San José (19 de marzo de 1992)
la homilía completa se puede descargar en : http://www.centroiph.org/index.php?option=com_remository&Itemid=35&func=showdown&id=3
26.4.09
Simón Pedro, Capítulo 5; Autor: George Chevrot
19.4.09
Simón Pedro, Capítulo 5; Autor: George Chevrot
Pues bien: cuanto más arrebatada fue la muchedumbre por el prodigio de la multiplicación de los panes, tanto más rezonga contra las inauditas afirmaciones del Salvador. Su sermón está cortado por interrupciones, murmullos y protestas. A la mayor parte escapa el alcance espiritual de sus palabras, y al fin se rebelan contra la idea –la única que retienen- de que Jesús pretende que coman los trozos de su carne. ¡Duras son estas palabras! ¿Quién podrá oírlas? “Desde entonces –escribe San Juan- se retiraron, y ya no le seguían…”
Debió de ser un momento dramático, pues no se trata de algunas deserciones aisladas, sino de una deserción en masa: Multi discipulorum eius abierant. Gran parte de sus discípulos, sin odio ni amenazas, solo bajo la impresión de una decepción insuperable se niegan a creer en Él.
Sus palabras son demasiado duras.
Fijaos bien en la condición de los que le abandonan: No son oyentes ocasionales que se marchan moviendo la cabeza o encogiéndose de hombros, sino discípulos. Esos hombres habían creído en Jesús, habían sentido el ascendiente de su doctrina y persona. En adelante el encanto queda roto… Ellos realizaron sacrificios para ir en su seguimiento: sus renunciamientos para nada han servido. Pierden cuanto habían ganado y todo lo que hubieran podido gana aún. Se habían comprometido con Él, alistándose entre sus partidarios: habían incurrido en la críticas de los demás. Ahora pasan a las filas contrarias y engrosan el número de sus detractores y enemigos.
Mientras se retiran los grupos de disidentes, las miradas de los Apóstoles se clavan en Jesús, ¿No va el maestro a retener a todos esos descontentos? ¿No intentará nada el Salvador para impedirles que abandonen el camino de salvación? ¿No es ya el Buen Pastor que deja momentáneamente el rebaño y corre en busca de la oveja perdida hasta que la encuentra? Aquel día el rebaño se desune y dispersa frente a un pastor impasible… Jesús les deja partir. ¡Qué extraño conductor de masas que no busca popularidad!
Reconozcamos aquí la perfecta lealtad de Nuestro señor. No compromete a nadie por sorpresa; nadie le sigue sino en entero conocimiento. No disimula las dificultades del “camino estrecho" por donde nos lleva. Jesús solo quiere a los que le quieren. Por cierto que su yugo es suave y su carga ligera, pero no promete un yugo que no obligue ni una carga que no pese. Esos se harán dulces y ligeros para aquellos que los acepten libremente por su amor. En cuanto aquellos que vengan a Él por fuerza y que le siguen rezongando no encontrarán en el cristianismo alegría ni facilidad, sino únicamente una carga y un yugo.
Por eso Jesús deja marchar a los discípulos a los que han desagradado sus palabras. Hay que reconocerle y aceptarle como es. Hay que recibirle con todas sus exigencias. Tenemos que darle el primer lugar que exige en nuestros afectos o, en caso contrario, hay que alejarse.
Más aún. No solamente el Salvador no usa de habilidad para conservar el grupo de sus discípulos, sino que en seguida se vuelve hacia los que no claudicaron. Interpela especialmente a los Doce: “¿Queréis iros también vosotros?” Los que han permanecido junto a Él, ¿lo hacen de buen grado o por temor a disgustarle? Jesús les devuelve la libertad: “No sigáis siendo mis discípulos mientras sintáis en vuestro interior pesar o duda”.
Jesús solo quiere discípulos voluntarios convencidos, decididos. Inmediatamente después les dirá: “¿No os he elegido Yo a los Doce?” Los escogió después de una noche de oración, habiendo sopesado el valor, disposiciones, aptitudes de cada uno de ellos. Los eligió, pero Él está dispuesto a verlos alejarse de sí.
El maestro, que nos escogió antes de conocerle nosotros, quiere que libremente le escojamos por nuestra parte. Escoged, nos dice, entre la masa y Yo, entre vuestros instintos o mi Evangelio, entre el amor propio y la caridad, entre el egoísmo o la justicia, entre, el camino ancho de los deseos o el estrecho de los deberes.
“…¿Queréis iros vosotros también?” Simón Pedro respondió en nombre de los Doce: “Señor, ¿a quién iríamos? ¡Tú tienes palabras de vida eterna!”

