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22.2.24

Sermón para el 9º Domingo después de Pentecostés; Autor: San Juan María Vianney

 ¡Qué preciosa es un alma a los ojos de Dios!

Para conocer el precio de nuestra alma, tenemos que considerar lo que Jesucristo hizo por ella. Mis hermanos, quien de nosotros podrá comprender cuanto el Buen Dios estima nuestra alma. Para hacer feliz a su criatura, ha hecho todo lo que es posible a un Dios. Para sentirse aún más llevado a amarla, la ha creado a su imagen y semejanza. Al contemplarla se contempla a sí mismo. Vemos que da a nuestra alma los nombres más tiernos y los más capaces de mostrar un amor hasta el exceso.

A nuestra alma la llama hija, hermana, bien-amada, esposa, su única, su paloma. Pero no es suficiente: el amor se muestra mejor con las acciones que con las palabras. Vean su prisa por venir del cielo, para tomar un cuerpo semejante al nuestro. Esposando nuestra naturaleza, esposó todas nuestras enfermedades, salvo el pecado. O más bien quiso encargarse de la justicia que su Padre pedía para nosotros. Vean su anonadamiento en el misterio de la Encarnación. (…) ¿No es ese, mis hermanos, un amor digno de un Dios que es el amor? Mis hermanos, así nos muestra la estima que tiene por un alma. ¿Es suficiente para hacernos comprender lo que ella vale y cuánto debemos cuidarla?

¡Ah mis hermanos! Si una vez en nuestra vida tuviéramos la felicidad de comprender la belleza y el valor de nuestra alma, estaríamos listos cómo Jesucristo para hacer todos los sacrificios para conservarla. ¡Qué bella es un alma y qué preciosa a los ojos de Dios! ¿Cómo es que hacemos poco caso y tratamos nuestra alma más duramente que a un animal?


7.4.23

Sermón para el II Domingo de Pascua; Autor: San Juan María Vianney

 Las armas del cristiano contra el demonio

Un cristiano que hace un santo uso de la oración y los sacramentos, es tan temible para el demonio, como lo sería un dragón a caballo -con ojos brillosos, armado con coraza, sable y pistolas- frente a su enemigo desarmado. Su sola presencia lo derriba y lo pone en fuga. Pero, si desciende de su caballo y deja sus armas, su enemigo le cae encima, lo pisotea y se convierte en amo. En cambio, cuando porta armas, su sola presencia parecería anular al enemigo. Imagen adecuada de un cristiano que porta las armas de la oración y los sacramentos. Si, si, un cristiano que reza y frecuenta los sacramentos con las disposiciones necesarias, es más temible al demonio que ese dragón del que les hablé. (…)
¿Por qué? Porque los sacramentos nos dan fuerza para perseverar en la gracia de Dios. Nunca se ha visto un santo alejarse de los sacramentos y perseverar en la amistad con Dios. En los sacramentos han encontrado toda la fuerza para no dejarse vencer por el demonio. Cuando rezamos, Dios nos da amigos, nos envía un santo o un ángel para consolarnos (…), nos hace sentir su gracia abundantemente para fortificarnos y animarnos.
En los sacramentos no es un santo o un ángel que viene, sino Dios mismo con sus rayos para aniquilar nuestro enemigo. El demonio, viéndolo en nuestro corazón, se precipita como un desesperado en los abismos. Por eso, el demonio hace lo posible para que nos alejemos y profanemos. Si, mis hermanos, el demonio pierde toda su fuerza cuando una persona frecuenta los sacramentos.

11.3.23

HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI EN LA SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI 11 de junio de 2009

San Juan María Vianney solía decir a sus parroquianos: "Venid a la Comunión... Es verdad que no sois dignos, pero la necesitáis" (Bernad Nodet, Le curé d'Ars. Sa pensée - Son coeur, ed. Xavier Mappus, París 1995, p. 119). Conscientes de ser indignos a causa de los pecados, pero necesitados de alimentarnos con el amor que el Señor nos ofrece en el sacramento eucarístico, renovemos esta tarde nuestra fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. No hay que dar por descontada nuestra fe. Hoy existe el peligro de una secularización que se infiltra incluso dentro de la Iglesia y que puede traducirse en un culto eucarístico formal y vacío, en celebraciones sin la participación del corazón que se expresa en la veneración y respeto de la liturgia.

...

Por tanto, con la Eucaristía el cielo viene a la tierra, el mañana de Dios desciende al presente, y en cierto modo el tiempo es abrazado por la eternidad divina.