sino conciudadanos de los santos y
miembros de la familia de Dios.
sino conciudadanos de los santos y
miembros de la familia de Dios.
"Hoy crece a nuestro alrededor cierto desierto espiritual. A veces se tiene la sensación, por determinados sucesos de los que tenemos noticia todos los días, de que el mundo no se encamina hacia la construcción de una comunidad más fraterna y más pacífica; las ideas mismas de progreso y bienestar muestran igualmente sus sombras.
A pesar de la grandeza de los descubrimientos de la ciencia y de los éxitos de la técnica, hoy el hombre no parece que sea verdaderamente más libre, más humano; persisten muchas formas de explotación, manipulación, violencia, vejación, injusticia. Cierto tipo de cultura, además, ha educado a moverse sólo en el horizonte de las cosas, de lo factible; a creer sólo en lo que se ve y se toca con las propias manos.Por otro lado crece también el número de cuantos se sienten desorientados y, buscando ir más allá de una visión sólo horizontal de la realidad, están disponibles para creer en cualquier cosa. En este contexto vuelven a emerger algunas preguntas fundamentales, que son mucho más concretas de lo que parecen a primera vista: ¿qué sentido tiene vivir? ¿Hay un futuro para el hombre, para nosotros y para las nuevas generaciones? ¿En qué dirección orientar las elecciones de nuestra libertad para un resultado bueno y feliz de la vida? ¿Qué nos espera tras el umbral de la muerte?
De estas preguntas insuprimibles surge como el mundo de la planificación, del cálculo exacto y de la experimentación; en una palabra, el saber de la ciencia, por importante que sea para la vida del hombre, por sí sólo no basta.
El pan material no es lo único que necesitamos; tenemos necesidad de amor, de significado y de esperanza, de un fundamento seguro, de un terreno sólido que nos ayude a vivir con un sentido auténtico también en la crisis, las oscuridades, las dificultades y los problemas cotidianos. La fe nos dona precisamente esto: es un confiado entregarse a un 'Tú' que es Dios, quien me da una certeza distinta, pero no menos sólida que la que me llega del cálculo exacto o de la ciencia. La fe no es un simple asentimiento intelectual del hombre a las verdades particulares sobre Dios; es un acto con el que me confío libremente a un Dios que es Padre y me ama; es adhesión a un «Tú» que me dona esperanza y confianza. Cierto, esta adhesión a Dios no carece de contenidos: con ella somos conscientes de que Dios mismo se ha mostrado a nosotros en Cristo; ha dado a ver su rostro y se ha hecho realmente cercano a cada uno de nosotros".
Puedes Purificarme
No debes carecer de confianza en Dios ni perder la esperanza
de su misericordia. No quiero que dudes o que te desesperes de poder ser mejor.
Pues, si el demonio consiguió precipitarte desde la altura de la virtud hasta
el abismo del mal, con mayor motivo Dios podrá llamarte a elevarte hacia la
cima del bien y no sólo reponerte en el estado en el que te encontrabas antes
de tu caída, sino hacerte más feliz de lo que parecías antes. No te desanimes,
te lo ruego, y no eludas la esperanza del bien por miedo a que sea de ti lo que
les ocurre a quienes no aman a Dios; porque no es la multitud de los pecados la
que lleva el alma a la desesperanza, sino el desprecio que se siente por Dios.
Cualquier pensamiento que nos quita la esperanza de la
conversión procede de la falta de fe: como una piedra pesada atada del cuello
nos lleva a mirar hacia abajo, hacia el suelo, sin poder levantar la mirada
hacia el Señor. Pero el que se arma de valor y que tiene el espíritu iluminado,
logra liberarse de tan aborrecible peso.
Las armas del cristiano contra el demonio
| Un cristiano que hace un santo uso de la oración y los sacramentos, es tan temible para el demonio, como lo sería un dragón a caballo -con ojos brillosos, armado con coraza, sable y pistolas- frente a su enemigo desarmado. Su sola presencia lo derriba y lo pone en fuga. Pero, si desciende de su caballo y deja sus armas, su enemigo le cae encima, lo pisotea y se convierte en amo. En cambio, cuando porta armas, su sola presencia parecería anular al enemigo. Imagen adecuada de un cristiano que porta las armas de la oración y los sacramentos. Si, si, un cristiano que reza y frecuenta los sacramentos con las disposiciones necesarias, es más temible al demonio que ese dragón del que les hablé. (…) |
| ¿Por qué? Porque los sacramentos nos dan fuerza para perseverar en la gracia de Dios. Nunca se ha visto un santo alejarse de los sacramentos y perseverar en la amistad con Dios. En los sacramentos han encontrado toda la fuerza para no dejarse vencer por el demonio. Cuando rezamos, Dios nos da amigos, nos envía un santo o un ángel para consolarnos (…), nos hace sentir su gracia abundantemente para fortificarnos y animarnos. En los sacramentos no es un santo o un ángel que viene, sino Dios mismo con sus rayos para aniquilar nuestro enemigo. El demonio, viéndolo en nuestro corazón, se precipita como un desesperado en los abismos. Por eso, el demonio hace lo posible para que nos alejemos y profanemos. Si, mis hermanos, el demonio pierde toda su fuerza cuando una persona frecuenta los sacramentos. |
Esforcémonos por conocer al Señor: su aparición es cierta como la aurora. Vendrá a nosotros como la lluvia, como la lluvia de primavera que riega la tierra».
Porque yo quiero amor y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos.
“Sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el
cielo” (Mt 5,48)
En la medida que un cristiano profesa su fe y trata de vivirla, deviene insólito tanto para los creyentes como para los no creyentes. (…) Lo insólito del cristiano es simplemente su semejanza a Jesucristo, semejanza a Jesucristo incorporada a un hombre por el bautismo y que, atravesando su corazón, llega a flor de piel. (…)
No sólo cree en Dios, sino que lo debe amar como un hijo
ama a un padre amante y todopoderoso, a la manera de Cristo. (…)
No sólo ama a su prójimo como a si-mismo, sino que debe
amarlo “como Cristo nos amó”, a la manera de Cristo. (…)
No sólo es hermano de su prójimo, sino del prójimo
universal. (…)
No sólo da sino que comparte, presta pero no reclama,
está disponible para lo que le piden y para más de lo que le piden. (…)
No sólo hermano de los que lo aman, sino también de sus
enemigos. No sólo soporta los golpes, sino que no se aleja del que lo golpea.No sólo no devuelve el mal, sino que perdona, olvida. No
sólo olvida, sino que cuando le hacen un mal, devuelve un bien.
No sólo sufre y es puesto a muerte por algunos, sino que
muere sufriendo para ellos. No sólo una vez sino cada vez. (…)
No sólo compartiendo lo que es de él o está en él, sino
dando lo único que Dios le ha dado como propio: su propia vida. (…)
No sólo es feliz porque vive gracias a Dios y por Dios,
sino porque vivirá y hará vivir a sus hermanos con Dios, para siempre.
La alegría de creer (La joie de croire, Seuil, 1968), trad.sc©evangelizo.org
¿Procuras tomar ya tus resoluciones de propósitos sinceros? Pídele al Señor que te ayude a mortificarte por amor suyo; a poner en todo, con naturalidad, el aroma purificador de la penitencia; a gastarte en su servicio sin espectáculo, silenciosamente, como se consume la lamparilla que parpadea junto al Tabernáculo. Y por si no se te ocurre ahora cómo responder concretamente a los requerimientos divinos que golpean en tu corazón, óyeme bien.
Penitencia es el cumplimiento exacto del horario que te has fijado, aunque el
cuerpo se resista o la mente pretenda evadirse con ensueños quiméricos.
Penitencia es levantarse a la hora. Y también, no dejar para más tarde, sin un
motivo justificado, esa tarea que te resulta más difícil o costosa.
La penitencia está en saber compaginar tus obligaciones con Dios, con los demás
y contigo mismo, exigiéndote de modo que logres encontrar el tiempo que cada
cosa necesita. Eres penitente cuando te sujetas amorosamente a tu plan de
oración, a pesar de que estés rendido, desganado o frío.
La penitencia consiste en soportar con buen humor las mil pequeñas contrariedades
de la jornada; en no abandonar la ocupación, aunque de momento se te haya
pasado la ilusión con que la comenzaste; en comer con agradecimiento lo que nos
sirven, sin importunar con caprichos.
Penitencia, para los padres y, en general, para los que tienen una misión de
gobierno o educativa, es corregir cuando hay que hacerlo, de acuerdo con la
naturaleza del error y con las condiciones del que necesita esa ayuda, por
encima de subjetivismos necios y sentimentales.
El espíritu de penitencia lleva a no apegarse desordenadamente a ese bosquejo monumental de los proyectos futuros, en el que ya hemos previsto cuáles serán
nuestros trazos y pinceladas maestras. ¡Qué alegría damos a Dios cuando sabemos
renunciar a nuestros garabatos y brochazos de maestrillo, y permitimos que sea
El quien añada los rasgos y colores que más le plazcan!
| Dame la fuerza de buscarte! Señor Dios nuestro, en ti creemos, Padre, Hijo y Espíritu Santo. (...) |
| Te he buscado |
| en cuanto me ha sido posible, |
| en cuanto tú me has hecho capaz, |
| y he tratado de comprender con la razón lo que creía con la fe; |
| mucho he discutido y mucho me he esforzado. |
| Señor y Dios mío, mi única esperanza, |
| óyeme para que no sucumba al desaliento y deje de buscarte; |
| ansíe siempre tu rostro con ardor. |
| Dame la fuerza de buscarte, |
| tú que te dejas encontrar |
| y que me has dado la esperanza de poder encontrarte cada vez más. |
| Ante ti está mi fuerza y mi debilidad; |
| conserva aquélla, sana ésta. |
| Ante ti está mi saber y mi ignorancia. |
| Allí donde tú me has abierto, acoge a quien entra; |
| allí donde has cerrado, abre a quien llama. |
| Haz que me acuerde siempre de ti, |
| te comprenda, |
| te ame. |
Llegaron a Cafarnaúm y, una vez que estuvieron en la casa, les preguntó: "¿De qué hablaban en el camino?". Ellos callaban, porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande.
Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: "El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos". Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: "El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado".
San Juan María Vianney solía decir a sus parroquianos: "Venid a la Comunión... Es verdad que no sois dignos, pero la necesitáis" (Bernad Nodet, Le curé d'Ars. Sa pensée - Son coeur, ed. Xavier Mappus, París 1995, p. 119). Conscientes de ser indignos a causa de los pecados, pero necesitados de alimentarnos con el amor que el Señor nos ofrece en el sacramento eucarístico, renovemos esta tarde nuestra fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. No hay que dar por descontada nuestra fe. Hoy existe el peligro de una secularización que se infiltra incluso dentro de la Iglesia y que puede traducirse en un culto eucarístico formal y vacío, en celebraciones sin la participación del corazón que se expresa en la veneración y respeto de la liturgia.
...
Por tanto, con la Eucaristía el cielo viene a la tierra, el mañana de Dios desciende al presente, y en cierto modo el tiempo es abrazado por la eternidad divina.
Confía en el Señor y practica el bien;
habita en la tierra y vive tranquilo:
que el Señor sea tu único deleite,
y él colmará los deseos de tu corazón.
El Señor se preocupa de los buenos
y su herencia permanecerá para siempre;
no desfallecerán en los momentos de penuria,
y en tiempos de hambre quedarán saciados.
Aléjate del mal, practica el bien,
y siempre tendrás una morada,
porque el Señor ama la justicia
y nunca abandona a sus fieles.
Los impíos serán aniquilados
y su descendencia quedará extirpada,
La salvación de los justos viene del Señor,
él es su refugio en el momento del peligro;
el Señor los ayuda y los libera,
los salva porque confiaron en él.
Hijo, si te decides a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba.
Endereza tu corazón, sé firme, y no te inquietes en el
momento de la desgracia.
Únete al Señor y no te separes, para que al final de tus
días seas enaltecido.
Acepta de buen grado todo lo que te suceda, y sé paciente en las vicisitudes de tu humillación.
Porque el oro se purifica en el fuego, y los que agradan
a Dios, en el crisol de la humillación.
Confía en él, y él vendrá en tu ayuda, endereza tus
caminos y espera en él.
Los que temen al Señor, esperen su misericordia, y no se
desvíen, para no caer.
Los que temen al Señor, tengan confianza en él, y no les
faltará su recompensa.
Los que temen al Señor, esperen sus beneficios, el gozo
duradero y la misericordia.
Fíjense en las generaciones pasadas y vean: ¿Quién confió
en el Señor y quedó confundido? ¿Quién perseveró en su temor y fue abandonado?
¿Quién lo invocó y no fue tenido en cuenta?
Porque el Señor es misericordioso y compasivo, perdona los pecados y salva en el momento de la aflicción.
Fe, esperanza y caridad están unidas. La esperanza se relaciona prácticamente con la virtud de la paciencia, que no desfallece ni siquiera ante el fracaso aparente, y con la humildad, que reconoce el misterio de Dios y se fía de Él incluso en la oscuridad. La fe nos muestra a Dios que nos ha dado a su Hijo y así suscita en nosotros la firme certeza de que realmente es verdad que Dios es amor. De este modo transforma nuestra impaciencia y nuestras dudas en la esperanza segura de que el mundo está en manos de Dios y que, no obstante las oscuridades, al final vencerá Él, como luminosamente muestra el Apocalipsis mediante sus imágenes sobrecogedoras.
La fe, que hace tomar conciencia del amor de Dios revelado en el corazón traspasado de Jesús en la cruz, suscita a su vez el amor. El amor es una luz —en el fondo la única— que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar. El amor es posible, y nosotros podemos ponerlo en práctica porque hemos sido creados a imagen de Dios. Vivir el amor y, así, llevar la luz de Dios al mundo: a esto quisiera invitar con esta Encíclica.
Hoy, el Evangelio (Mc 8,11-13) parece que no nos diga mucho ni de Jesús ni de nosotros mismos. «¿Por qué esta generación pide una señal?» (Mc 8,12). San Juan Pablo II, comentando este episodio de la vida de Jesucristo, dice: «Jesús invita al discernimiento respecto a las palabras y las obras que testifican (son “señal de”) la llegada del reino del Padre». Parece que a los judíos que interrogan a Jesús les falta la capacidad o la voluntad de discernir aquella señal que —de hecho— es toda la actuación, obras y palabras del Señor.
También hoy día se piden señales a Jesús: que haga notar su presencia en el mundo o que nos diga de una manera evidente cómo hemos de actuar nosotros. El Papa nos hace ver que la negativa de Jesucristo a dar una señal a los judíos —y, por tanto, también a nosotros— se debe a que quiere «cambiar la lógica del mundo, orientada a buscar signos que confirmen el deseo de autoafirmación y de poder del hombre». Los judíos no querían un signo cualquiera, sino aquel que indicara que Jesús era el tipo de mesías que ellos esperaban. No aguardaban al que venía para salvarlos, sino el que venía a dar seguridad a su visión de cómo se tenían que hacer las cosas.Los laicos a quienes su vocación específica coloca en medio del mundo y al frente de las tareas materiales más variadas, deben ejercer, en virtud de esta vocación, una forma singular de evangelización. Su tarea primera e inmediata no es la institución y el desarrollo de la comunidad eclesial, —esto es el papel específico de los pastores--, sino la puesta en marcha de todas las posibilidades cristianas y evangélicas escondidas, pero ya presentes y activas en las cosas del mundo. El campo propio de su actividad evangelizadora es el vasto mundo complejo de la política, de lo social, de la economía, y también de la cultura, de las ciencias y del arte, de las relaciones internacionales, de los medios de comunicación, así como ciertas realidades abiertas a la evangelización como el amor, la familia, la educación de los niños y adolescentes, el trabajo profesional, el sufrimiento.
Cuanto más laicos estén impregnados del espíritu
evangélico, responsables de estas realidades y comprometidos claramente en
ellos, competentes para promoverlos y conscientes que hace falta desarrollar su
plena capacidad cristiana a menudo sofocada y arrinconada, tanto más estas
realidades serán caminos al servicio de la edificación del reino de Dios y, por
lo tanto, de la salvación en Jesucristo, sin perder o sacrificar nada de su
potencial humano sino manifestando la dimensión trascendente a menudo
desconocida.
| Admira estos hechos, despierta: sabes admirar las cosas insólitas: ¿acaso son más grandiosas que las que estás acostumbrado a ver? Los hombres se asombraron de que nuestro Señor Jesucristo diera de comer a tantos miles con sólo cinco panes (), y no se asombran de que por obra de unos pocos granos se llenen las tierras de mieses (Mt 14,19ss). Los hombres vieron que el agua se había convertido en vino y se llenaron de estupor (Jn 2,19): ¿qué otra cosa hace la lluvia por medio de la raíz de la vid? El que hizo aquello, hizo esto. (…) |
| El Señor hizo prodigios y muchos le despreciaron (…) diciendo para sí: “Estas obras son divinas, pero él no es sino un nombre”. Tú, pues, ves dos cosas: unos hechos divinos y un hombre; pero, si lo divino sólo puede hacerlo Dios, estate atento, no sea que en el hombre se oculta Dios. Fíjate —repito— en lo que ves y cree lo que no ves. Quien te llamó a creer, no te abandonó. Aunque te ordenó creer lo que no puedes ver, no te dejó sin ver algo, a partir de lo cual puedas creer lo que no ves. ¿Acaso las criaturas mismas son signos pequeños, indicios insignificantes del creador? Vino también, hizo milagros. No podías ver a Dios, pero podías ver al hombre: Dios se hizo hombre para que en un único hombre tuvieras algo que ver y algo que creer. |
Encomiendo de todo corazón, a diario, que el Señor nos conceda el don de lenguas. Un don de lenguas, que no consiste en el conocimiento de varios idiomas, sino en saber adaptarse a la capacidad de los oyentes.
Anunciamos a ustedes: que Dios es luz y que en él no hay tinieblas.
La economía tiene sus propias leyes y mecanismos, pero estas leyes no son suficientes ni supremas, ni esos mecanismos son inamovibles. El orden económico no debe concebirse –insiste el Magisterio de la Iglesia– como un orden independiente y soberano, sino que ha de estar sometido a los principios superiores de la justicia social, que corrijan los defectos y deficiencias del orden económico y tengan en cuenta la dignidad de la persona(8 Cfr. Pío XI, Enc. Quadragesimo anno, 15-VI-1931, 37).
"Cada día el Señor nos ofrece tantas alegrías sencillas: la alegría de vivir, la alegría ante la belleza de la naturaleza, la alegría de un trabajo bien hecho, la alegría del servicio, la alegría del amor sincero y puro.
Y si miramos con atención, existen tantos motivos para la alegría: los hermosos momentos de la vida familiar, la amistad compartida, el descubrimiento de las propias capacidades personales y la consecución de buenos resultados, el aprecio que otros nos tienen, la posibilidad de expresarse y sentirse comprendidos, la sensación de ser útiles para el prójimo. Y, además, la adquisición de nuevos conocimientos mediante los estudios, el descubrimiento de nuevas dimensiones a través de viajes y encuentros, la posibilidad de hacer proyectos para el futuro.
También pueden producir en nosotros una verdadera alegría la experiencia de leer una obra literaria, de admirar una obra maestra del arte, de escuchar e interpretar la música o ver una película.
Pero cada día hay tantas dificultades con las que nos encontramos en nuestro corazón, tenemos tantas preocupaciones por el futuro, que nos podemos preguntar si la alegría plena y duradera a la cual aspiramos no es quizá una ilusión y una huida de la realidad. Hay muchos jóvenes que se preguntan: ¿es verdaderamente posible hoy en día la alegría plena?
Esta búsqueda sigue varios caminos, algunos de los cuales se manifiestan como erróneos, o por lo menos peligrosos. Pero, ¿cómo podemos distinguir las alegrías verdaderamente duraderas de los placeres inmediatos y engañosos? ¿Cómo podemos encontrar en la vida la verdadera alegría, aquella que dura y no nos abandona ni en los momentos más difíciles?
Dios es la fuente de la verdadera alegría. En realidad, todas las alegrías auténticas, ya sean las pequeñas del día a día o las grandes de la vida, tienen su origen en Dios, aunque no lo parezca a primera vista, porque Dios es comunión de amor eterno, es alegría infinita que no se encierra en sí misma, sino que se difunde en aquellos que Él ama y que le aman".
Eleven constantemente toda clase de oraciones y súplicas, animados por el Espíritu. Dedíquense con perseverancia incansable a interceder por todos los hermanos, y también por mí, a fin de que encuentre palabras adecuadas para anunciar resueltamente el misterio del Evangelio, del cual yo soy embajador en medio de mis cadenas. ¡Así podré hablar libremente de Él, como debo hacerlo!
“Le pondrán el nombre de Emanuel”
“Emanuel,
que quiere decir ‘Dios con nosotros’”, ¡Sí, Dios con nosotros! Hasta entonces
se había dicho “Dios está por encima de nosotros”, “Dios frente a nosotros”,
pero hoy es el “Emanuel”. Hoy es Dios con nosotros en nuestra naturaleza, con
nosotros en su gracia; con nosotros en nuestra debilidad, con nosotros en su bondad;
con nosotros en nuestra miseria, con nosotros en su misericordia; con nosotros
por amor, con nosotros por lazos de familia; con nosotros por su ternura, con
nosotros por su compasión…
¡Dios
con nosotros! No le habéis visto vosotros, hijos de Adán, subir al cielo para
ser Dios; Dios desciende del cielo para ser Emanuel, Dios-con-nosotros. ¡Viene
a nosotros para ser Emanuel, Dios-con-nosotros, y nosotros descuidamos de ir a
Dios para ser en Él! ¿“Oh, vosotros, humanos ¿hasta cuándo ultrajaréis mi honor,
amaréis la falsedad y buscaréis el engaño?” (Sal. 4,3). Mirad que ha venido la
verdad: “¿por qué amáis la falsedad y buscáis el engaño?” Mirad que ha venido
la palabra verdadera e inalterable; “¿por qué buscáis el engaño” Aquí tenéis al
Emanuel, aquí tenéis a Dios-con-nosotros.
¿Cómo
podía Él estar más cerca de mí? Pequeño como yo, débil como yo, desnudo como
yo, pobre como yo… en todo se ha hecho semejante a mí, tomando lo que es mío y
dando lo que es suyo. Yo yacía muerto, sin voz, sin sentido; ya ni tan sólo
poseía la luz de mis ojos. Hoy Él ha descendido, este hombre tan grande “este
profeta poderoso en obras y palabras” (Lc 24,19). “Ha puesto su rostro sobre mi
rostro, su boca sobre mi boca, sus manos sobre mis manos” (2R 4,34) se ha hecho
el Emanuel, ¡Dios-con-nosotros!
De Pablo, siervo de Cristo Jesús, apóstol por un llamado de Dios, escogido para el Evangelio de Dios.
Esta
Buena Nueva, anunciada de antemano por sus profetas en las Santas Escrituras se
refiere a su Hijo, que nació de la descendencia de David según la carne, y que
el Espíritu de santidad ha designado Hijo de Dios al resucitarlo de entre los
muertos en una obra de poder.
De
él, Cristo Jesús, nuestro Señor, hemos recibido gracia y misión, para que en
todos las naciones sea recibida la fe, para gloria de su nombre. A estos
pueblos pertenecen ustedes, elegidos de Cristo Jesús 7 que están en Roma, a
quienes Dios ama y ha llamado y consagrado. Que de Dios, nuestro Padre, y de
Cristo Jesús, el Señor, les lleguen la gracia y la paz.
"La Navidad no es un simple aniversario del nacimiento de Jesús; es también esto, pero es más aún, es celebrar un misterio que ha marcado y continua marcando la historia del hombre. Dios mismo ha venido a habitar en medio de nosotros, se ha hecho uno de nosotros; un misterio que conmueve nuestra fe y nuestra existencia; un misterio que vivimos concretamente en las celebraciones litúrgicas, en particular en la Santa Misa". (Audiencia general 21 de Diciembre de 2011)
Carta a su tía, 16/11/1935 (Obras completas - Editorial Monte Carmelo, p. 423-424, 426 - §355 y 358)
Tengo un tesoro tan grande, querida hermana… Quisiera dar gritos de alegría y decirle a toda la creación…, alabad al Señor…, amad al Señor…, es tan bueno, es tan grande…, es Dios. […] El mundo no ve; es ciego y Dios necesita amor, mucho amor. Yo no puedo darle todo, soy pequeño, me vuelvo loco. Quisiera que el mundo le amase, pero el mundo es su enemigo.
Señor,
qué suplicio tan grande; yo lo veo y no lo puedo remediar… Yo soy muy pequeño,
insignificante, el amor que te tengo me abruma. Quisiera que mis hermanos, mis
amigos, todos, te amasen mucho, […].
Qué
pena da el ver a los hombres que, al ver pasar a la comitiva de Jesús y sus
discípulos, permanecen insensibles… Qué alegría tendrían los apóstoles y los
amigos de Jesús, cada vez que un alma veía claramente, se desprendía de todo y
se unía a ellos y seguía al Nazareno, que lo único que pedía era un poco de
amor.
¿Vamos
nosotros a seguirle, querida hermana?... Él ve nuestra intención y nos mira, se
sonríe y nos ayuda… Nada hay que temer. Iremos para ser los últimos de la
comitiva que pasa por tierras de Judea, calladitos, pero alimentados con un
amor enorme, inmenso a Jesús… Él no necesita ni palabras, ni ponernos a su
alcance para que nos vea, ni grandes obras ni nada que llame la atención… Ser
los últimos amigos de Jesús, pero los que más le quieren.
Jesús contestó: «Estén sobre aviso y no se dejen engañar; porque muchos usurparán mi nombre y dirán: “Yo soy el Mesías, el tiempo está cerca”. No los sigan
Allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, como se había fatigado del camino, estaba sentado junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta. Llega una mujer de Samaria a sacar agua. Jesús le dice: «Dame de beber.» Pues sus discípulos se habían ido a la ciudad a comprar comida. Le dice a la mujer samaritana: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?» (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.) Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: "Dame de beber", tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva.»