1.11.24

Las grandes Catequesis, 82; Autor: San Teodoro el Estudita (759-826) monje en Constantinopla

 Traten de entrar por la puerta estrecha" (Lc 13,24)

Atravesando día tras día el tiempo de la vida presente, salven sus vidas (cf. Lc 21,19) con la virtud, anticipen el Reino de los Cielos y reúnan los inconcebibles bienes que nos reservan las promesas.

Recto y estrecho es el camino de Dios (cf. Mt 7,14), pero grandes y espaciosos los lugares de reposo que se ofrecerán a todos. Las tentaciones del demonio se suceden e incendian la morada espiritual en ustedes, pero el rocío del Espíritu Santo apaga esos incendios y mantiene lista el Agua que surge en Vida eterna (cf. Jn 4,14). (…) Vamos, hijos míos, desde ahora soportemos valientemente este pequeño número de días. Esos días nos son dados para luchar, tenemos que ceñirnos con la corona de justicia (cf. 2Tm 4,8).

Les pido que a las aflicciones presentes opongamos un corazón ligero (cf. 2 Cor 4,17). Ellas nada son, y como un sueño o una sombra, pasan pronto. Que ninguna nos haga temblar ni claudicar, sino que con ardor renovado pongamos a la obra los mandamientos del Señor. No se dejen entristecer por un ultraje, desviar por una injuria, perder por un reproche, abatir por una irritación, apesadumbrar por un desprecio. Bajemos los ojos, elevemos nuestra alma, seamos buenos unos con otros, indulgentes, perseverantes, pacientes. (…)

Ustedes, enseñados por Dios, aprendieron todo eso. ¡Hagan lo que agrada a Dios (cf. Jn 8,29) y soporten con coraje los días presentes, hijos míos!

31.10.24

Conferencias VII, La protección de Dios; Autor: San Juan Casiano (c. 360-435) fundador de la Abadía de Marsella

Dios no creó al hombre para que se pierda sino para que viva eternamente, designio que permanece inmutable. Cuando ve brillar en nosotros el más pequeño destello de buena voluntad, o que él mismo lo hace surgir de la dura piedra de nuestro corazón, en su bondad, lo cuidará atentamente. Lo estimula, lo fortifica con su inspiración, “porque Dios quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4).

“El Padre que está en el cielo no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños” (Mt 18,14). (…) Dios es veraz, no miente cuando asegura “Juro por mi vida –oráculo del Señor– que yo no deseo la muerte del malvado, sino que se convierta de su mala conducta y viva” (Ez 33,11). Su deseo es que no se pierda un solo pequeño y sería un enorme sacrilegio que pensemos, al contrario, que él no quiere la salvación de todos sino sólo de algunos. Si alguien se pierde, sería lo opuesto de lo que Dios quiere. Cada día exclama “¡Conviértanse, conviértanse de su conducta perversa! ¿Por qué quieren morir, casa de Israel?” (Ez 33,11). De nuevo clama “¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como la gallina reúne bajo sus alas a los pollitos, y tú no quisiste!” (Mt 23,37) y no cesa de clamar “¿Por qué ha defeccionado este pueblo y Jerusalén es una apostasía sin fin? Ellos se aferran a sus ilusiones, se niegan a volver. Endurecieron su rostro más que una roca, no quisieron convertirse” (cf. Jer 8,5. 5,3).

La gracia de Cristo está siempre a nuestra disposición. Como “él quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4), los llama a todos, sin excepción “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré” (Mt 11,28)

27.10.24

Un camino sencillo; Autora: Santa Teresa de Calcuta

Todos aspiramos a ser felices y a estar en paz. Hemos sido creados para eso y no podemos encontrar la felicidad y la paz sin amar a Dios, amarlo nos trae felicidad y bienestar. Muchos, sobre todo en Occidente, piensan que vivir en la comodidad da la felicidad. Yo pienso que es más difícil ser feliz en la riqueza pues las preocupaciones para ganar dinero y conservarlo nos ocultan a Dios. Sin embargo, si Dios les ha confiado riquezas, háganlas que sirvan a sus obras: ayuden a los demás, ayuden a los pobres, creen empleos, den empleos a los demás. No malgasten vanamente su fortuna; tener una casa, honores, la libertad, la salud, todo esto nos ha sido confiado por Dios para ponerlo al servicio de aquellos que son menos afortunados que nosotros.

Jesús dijo: «lo que hagan con alguno de los más pequeños de estos mis hermanos, me lo hicieron a mí» (Mt 25:40). Por consecuente, la única cosa que puede entristecerme es ofender a nuestro Señor por mi egoísmo, mi falta de caridad hacia los demás o de ofender a alguien. Hiriendo a los pobres, hiriéndonos los unos a los otros, herimos a Dios.

Es a Dios a quien pertenece el dar y retomar (Job 1:21); compartan entonces lo que han recibido, incluso sus propias vidas.

 

 

Hablar con Dios, Tomo V, Nº 54, Autor: Francisco Fernández Carvajal

Señor, déjala todavía este año, y cavaré alrededor de ella y le echaré estiércol, a ver si así da fruto... Es Jesús que intercede ante Dios Padre por nosotros, que «somos como una higuera plantada en la viña del Señor» Teofilacto, en Catena Aurea, vol. VI, p. 134.. Señor, déjala todavía este año... ¡Cuántas veces se habrá repetido esta misma escena! ¡Señor, déjalo todavía un año...! «¿Saber que me quieres tanto, Dios mío, y... no me he vuelto loco?»  San Josemaría Escrivá, Camino, n. 425..

Cada persona tiene una vocación particular, y toda vida que no responde a ese designio divino se pierde. El Señor espera correspondencia a tantos desvelos, a tantas gracias concedidas, aunque nunca podrá haber semejanza entre lo que damos y lo que recibimos, «pues el hombre nunca puede amar a Dios tanto como Él debe ser amado» Santo Tomás, Suma Teológica, 1-2, q. 6, a. 4. ; sin embargo, con la gracia sí que podemos ofrecerle cada día muchos frutos de amor: de caridad, de apostolado, de trabajo bien hecho... Cada noche, en el examen de conciencia, hemos de saber encontrar esos frutos pequeños en sí mismos, pero que han hecho grandes el amor y el deseo de corresponder a tanta solicitud divina. Y cuando salgamos de este mundo «tenemos que haber dejado impreso nuestro paso, dejando a la tierra un poco más bella y al mundo un poco mejor» G. Chevrot, El Evangelio al aire libre, Herder, Barcelona 1961, p. 169, una familia con más paz, un trabajo que ha significado un progreso para la sociedad, unos amigos fortalecidos con nuestra amistad...

Examinemos en nuestra oración: si tuviéramos que presentarnos ahora delante del Señor, ¿nos encontraríamos alegres, con las manos llenas de frutos para ofrecer a nuestro Padre Dios? Pensemos en el día de ayer..., en la última semana..., y veamos si estamos colmados de obras hechas por amor al Señor, o si, por el contrario, una cierta dureza de corazón o el egoísmo de pensar excesivamente en nosotros mismos está impidiendo que demos al Señor todo lo que espera de cada uno. Bien sabemos que, cuando no se da toda la gloria a Dios, se convierte la existencia en un vivir estéril. Todo lo que no se hace de cara a Dios, perecerá. Aprovechemos hoy para hacer propósitos firmes. «Dios nos concede quizá un año más para servirle. No pienses en cinco, ni en dos. Fíjate solo en este. San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios,47

26.10.24

Carta de San Pablo a los Efesios 4, 14-16

Para que no seamos ya niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina, a merced de la malicia humana y de la astucia que conduce engañosamente al error, antes bien, siendo sinceros en el amor, crezcamos en todo hasta que seamos como Aquel que es la Cabeza, Cristo, de quien todo el Cuerpo recibe ligazón por medio de toda clase de ligamentos que llevan la nutrición según la actividad propia de cada una de las partes, realizando así el crecimiento del cuerpo para su edificación en el amor. 

Quiero ver a Dios, Primeras oraciones; Autor: Beato María-Eugenio del Niño Jesús (1894-1967) carmelita, fundador de Nuestra Señora de Vida

Cuando recen, digan “Padre Nuestro… “ (Lc 11,2)

Principiantes con el alma ardiente y generosa, llenos de grandes deseos (…) en el seguimiento de Cristo: he aquí los apóstoles en el comienzo de la vida pública. Vieron a su Maestro sumergido largas horas en oración silenciosa, completamente absorbido por ella. Quisieran poder imitar su actitud, seguir al Maestro hasta esas profundidades apacibles y misteriosas.

Releamos la escena evangélica. “Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a rezar, así como Juan enseñó a sus discípulos”. El les dijo entonces: “Cuando recen, digan: Padre, santificado sea tu Nombre,…” (Lc11,1-2). Preguntaban sobre la ciencia de la oración y Jesús les enseña una oración vocal. Pero ¡qué oración vocal! Sencilla y sublime que en fórmulas concisas, precisa la actitud filial del cristiano delante de Dios, enumera los votos y preguntas que debe presentarle. El Padre Nuestro es la oración perfecta que la Iglesia pone sobre los labios en el instante más solemne del sacrificio. Es la oración de los pequeños que no saben nada más, la oración de los santos que recitan las plegarias más plenas. (…)

Frecuentemente, entonces, en las diversas etapas de la vida espiritual que podamos estar, en los más diversos estados de fervor o sequedad, para aprender a rezar, humildemente, reposadamente, recitemos el Padre Nuestro. Es la oración que Jesús mismo ha compuesto para nosotros. Enseñándonos el Padre Nuestro, Jesús ha consagrado la excelencia de esta oración vocal.


21.8.24

El amor más grande «la santidad, Autora: Santa Teresa de Calcuta (1910-1997) fundadora de las Hermanas Misioneras de la Caridad

Todos sabemos que existe un Dios que nos ama, que nos ha creado. Podemos acudir a él y pedirle: «Padre mío, ayúdame. Deseo ser santa, deseo ser buena, deseo amar. La santidad no es un lujo para unos pocos, ni está restringida sólo a algunas personas. Está hecha para ti, para mí y para todos. Es un sencillo deber, porque si aprendemos a amar, aprendemos a ser santos.

El primer paso para ser santo, es desearlo. Jesús quiere que seamos tan santos como su Padre. La santidad consiste en hacer la voluntad de Dios con alegría. Las palabras «deseo ser santo» significan: quiero despojarme de todo lo que no sea Dios; quiero despojarme y vaciar mi corazón de cosas materiales. Quiero renunciar a mi voluntad, a mis inclinaciones, a mis caprichos, a mi inconstancia y ser un esclavo generoso de la voluntad de Dios.

Con una total voluntad amaré a Dios, optaré por Él, correré hacia Él, llegaré a Él y lo poseeré. Pero todo depende de las palabras, «Quiero» o «No quiero». He puesto toda mi energía en la palabra «Quiero».

20.8.24

Imitación de Cristo, Libro II, c. 1, 2-3; Autor: Tomás de Kempis

“El Reino de Dios está dentro de vosotros” dice el Señor… Ea, pues,
alma fiel prepara tu corazón a este Esposo para que quiera venirse a ti, y hablar contigo. Porque Él dice así: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y vendremos a él, y haremos en él nuestra morada” (Jn 14,23). Da, pues, lugar a Cristo, y a todo lo demás cierra la puerta. Si a Cristo tuvieres estarás rico, y te bastará. Él será tu fiel procurador, y te proveerá de todo, de manera que no tendrás necesidad de esperar en los hombres. Porque los hombres se mudan fácilmente, y desfallecen en breve; pero “Jesucristo permanece para siempre” (Jn 12,34), y está firme hasta el fin.

No hay que poner mucha confianza en el hombre frágil y mortal aunque sea útil y bien querido, ni has de tomar mucha pena si alguna vez fuere contrario o no te atiende. Los que hoy son contigo, mañana te pueden contradecir, y al contrario; porque muchas veces se vuelven como el viento. Pon en Dios toda tu esperanza, y sea Él tu temor y tu amor. Él responderá por ti, y lo hará bien, como mejor convenga.

“No tienes aquí domicilio permanente” (Hb 13,14). Dondequiera que estuvieres, serás “extraño y peregrino” (Hb 11,13), y no tendrás nunca reposo, si no estuvieres íntimamente unido a Cristo.

El banquete eucarístico; Autor: Beato Columba Marmion (1858-1923) abad

¡Miren cómo nos amó el Padre! Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente” (1 Jn 3,1), dice la 1º Carta de San Juan. Dios es nuestro Padre, nos ama con una incomprensible dilección. Todo el amor que existe en el mundo viene de él y es solo una sombra de su caridad infinita. (…) El amor tiende a darse, de ese modo se une profundamente al objeto de su afecto. Dios es amor (1Jn 4,8), tiene un deseo siempre actual e intenso de comunicarse con nosotros. (…) El Hijo, que comparte el amor del Padre, ha querido aceptar la condición de servidor y libarse sobre la cruz (cf. Jn 15,13). Todavía ahora, se esconde bajo las apariencias del pan y del vino, en vista de acceder a nosotros y unirnos a él de la forma más estrecha. La santa Eucaristía es el último esfuerzo de la dilección que aspira a darse. Es el prodigio de la omnipotencia puesta al servicio de la infinita caridad.

Todas las obras de Dios son perfectas (cf. Dt 32,4). Por eso el Padre celestial preparó a sus hijos un banquete digno de él. No les sirve un alimento material, ni un maná descendido del cielo. Les da el Cuerpo y la Sangre, con el alma y la divinidad de su Hijo Único Jesucristo. En esta vida no comprenderemos jamás la grandeza de ese don. Mismo en el cielo, no lo comprenderemos completamente, porque la Eucaristía es Dios mismo que se comunica y él solo se conoce plenamente. (…) Con la comunión, poseemos la santa Trinidad en nuestro corazón, ya que el Padre y el Espíritu Santo están necesariamente dónde está el Hijo: son tres en una misma y única esencia.

Carta a los Filipenses 1, 3-11; Autor: San Pablo

Doy gracias a mi Dios cada vez que me acuerdo de ustedes, es decir, en mis oraciones por todos ustedes a cada instante. Y lo hago con alegría, recordando la cooperación que me han prestado en el servicio
del Evangelio desde el primer día hasta ahora.

Y si Dios empezó tan buen trabajo en ustedes, estoy seguro de que lo continuará hasta concluirlo el día de Cristo Jesús. No puedo pensar de otra manera, pues los llevo a todos en mi corazón; ya esté en la cárcel o tenga que defender y promover el Evangelio, todos están conmigo y participan de la misma gracia.

Bien sabe Dios que la ternura de Cristo Jesús no me permite olvidarlos.

Pido que el amor crezca en ustedes junto con el conocimiento y la lucidez. Quisiera que saquen provecho de cada cosa y cada circunstancia, para que lleguen puros e irreprochables al día de Cristo, habiendo hecho madurar, gracias a Cristo Jesús, el fruto de la santidad. Esto será para gloria de Dios, y un honor para mí.

15.8.24

Camino Nº 483, Autor: San Josemaría

 Ánimo! Tú... puedes. —¿Ves lo que hizo la gracia de Dios con aquel Pedro dormilón, negador y cobarde..., con aquel Pablo perseguidor, odiador y pertinaz?


Audiencia general de S. S. Benedicto XVI, 25 de Abril de 2012

Si los pulmones de la oración no alimentan la respiración de nuestra vida espiritual, corremos el peligro de asfixiarnos en medio de los mil afanes de cada día. La oración es la respiración del alma y de la vida.

22.7.24

Forja 737; Autor: San Josemaría

 

En cada jornada, haz todo lo que puedas por conocer a Dios, por "tratarle", para enamorarte más cada instante, y no pensar más que en su Amor y en su gloria.

Cumplirás este plan, hijo, si no dejas ¡por nada! tus tiempos de oración, tu presencia de Dios (con jaculatorias y comuniones espirituales, para encenderte), tu Santa Misa pausada, tu trabajo bien acabado por El.

Comentario al Evangelio de Juan, 4; PG 73; Autor: San Cirilo de Alejandría (380-444) obispo y doctor de la Iglesia

«Entró y cogió la mano de la niña»

Desde que Cristo entró en nosotros por su propia carne, resucitaremos enteramente; es inconcebible, o mejor aún, imposible, que la vida no dé vida a los que ella se introduce. De la misma manera que se recubre un tizón encendido con un montón de paja para que conserve intacto el fuego del interior, así también nuestro Señor Jesucristo, a través de su propia carne, esconde su vida en nosotros y pone en ella como una semilla de inmortalidad que aleja toda clase de corrupción que llevamos con nosotros.

No es, pues, tan sólo con su palabra que lleva a cabo la resurrección de los muertos, sino que para demostrar que su cuerpo da vida, tal como hemos dicho, toca los cadáveres y por el contacto con su cuerpo devuelve la vida a esos cuerpos que están en vías de descomposición.

Si el solo contacto con su carne sagrada devuelve la vida a esos cuerpos mortales, ¡qué provecho no vamos a encontrar en su eucaristía vivificante cuando la recibamos!...
No sería suficiente que nuestra alma fuera tan sólo regenerada por el Espíritu para una vida nueva; nuestro cuerpo pesado y terrestre debía también ser santificado por ser partícipe de un cuerpo también consistente y del mismo origen que el nuestro y ser así también llamado a la incorruptibilida
d

5.7.24

Obras espirituales. Sobre el Evangelio; Autor: San Carlos de Foucauld (1858-1916)

 Amar los miembros enfermos de Cristo

 “Vayan y aprendan qué significa: “Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”. Ser misericordioso e inclinar el corazón hacia todas las miserias de los hombres, no sólo las del cuerpo sino también las del alma. Ya que las miserias del alma son más graves que todos los males del cuerpo y amenazan la vida y la felicidad de un miembro de Cristo, no por algunos años, sino por la eternidad… No apegarnos a cuidar las ovejas gordas, limpias y dóciles, abandonando las ovejas negras o débiles a su mala suerte. O sea, amar a todos los hombres por Dios, su Padre y su Salvador, cuidando especialmente a los enfermos, a los pecadores, ya que tienen todavía más necesidad.

Jesús nos da su cuerpo entero para amar. Todos sus miembros merecen de nuestra parte un amor semejante, como siendo igualmente suyos. Unos estando sanos, otros enfermos, todos deben ser igualmente amados. Los miembros enfermos reclaman de nosotros mil veces más que los otros, y antes de ungir con perfume a los sanos, cuidemos a los que están heridos, atribulados, enfermos, a todos los que lo requieren en su cuerpo o alma. Sobre todo estos últimos y sobre todo los pecadores… Podemos hacer un bien a todos los hombres sin excepción, con nuestras oraciones, penitencias, nuestra propia santificación.

25.6.24

Morales sobre Job, XIII; Autor: San Gregorio Magno

Que su alma reciba el dogma fundamental que concierne a Dios: hay un solo Dios, uno sólo, sin nacimiento, sin comienzo, sin cambios ni mutaciones. No fue engendrado por otro, no hay otro ser para tomar la sucesión de su vida. No empezó a vivir en el tiempo, no existe fecha en la que tenga fin. Es a la vez bueno y justo. (…) Único es el autor del cielo y de la tierra, el creador de los ángeles y los arcángeles. Es el autor de una multitud de criaturas, el Padre de uno sólo antes de los siglos, uno sólo que es el Hijo Único, nuestro Señor Jesucristo, con el que ha hecho todas las cosas, las visibles y las invisibles.

Este Padre de nuestro Señor Jesucristo no está circunscrito en un lugar cualquiera, más pequeño que el cielo. Los cielos son la obra de sus manos, su mano abarca toda la tierra. Está en todas las cosas y más allá de todas las cosas. No te imagines que el sol sea más brillante o igual que él, ya que el que ha creado al sol es, sin comparación, mucho más grande y brillante que él. Sabe por anticipado lo que debe existir, es más fuerte que todos los seres, los conoce a todos, realiza lo que desea. No está sumido a las vicisitudes de las cosas, ni al nacimiento, tampoco a la fortuna o a lo ineluctable. Es perfecto desde todo punto de vista y posee todo tipo de virtud. No sufre disminución ni crecimiento, está siempre en el mismo estado, es absolutamente idéntico a sí mismo. Preparó una sanción a los pecadores y a los justos una corona.


Salmo 141(140),1-2.3.8.


Yo te invoco, Señor, ven pronto en mi ayuda:

escucha mi voz cuando te llamo;

que mi oración suba hasta ti como el incienso,

y mis manos en alto, como la ofrenda de la tarde.

 

Coloca, Señor, un guardián en mi boca

y un centinela a la puerta de mis labios;

Pero mis ojos, Señor, están fijos en ti:

en ti confío, no me dejes indefenso.

Conferencias. De la oración; Autor: San Juan Casiano (c. 360-435) fundador de la Abadía de Marsella

¡Venga a nosotros tu Reino!

En la segunda demanda de la oración del “Padre Nuestro”, el alma pura expresa el deseo de pronto ver llegar al Reino de su Padre.

Puede implicar, en primer lugar, al Reino inaugurado cada día por Cristo en el alma de los santos. Eso se produce cuando el diablo es expulsado de nuestro corazón junto con los vicios con los que lo infectaba y su imperio desaparece. Entonces Dios entra en nosotros como soberano, al mismo tiempo que se expande la fragancia de las virtudes. Una vez que la fornicación es vencida, la castidad reina en nuestra alma. Cuando la furia es superada, reina la tranquilidad y si el orgullo es pisoteado, es el tiempo de la humildad.

También, la demanda del Reino implica directamente lo prometido a todos los perfectos, a todos los hijos de Dios. Cristo les dirá: "Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo” (Mt 25,34). Por eso, el alma mantiene su mirada ardientemente fijada en este término feliz, plena de deseo, y en la espera exclama: “¡Venga a nosotros tu Reino!”. Sabe bien, ya que su conciencia le rinde testimonio, que en cuanto lo vea, entrará en ese Reino.

 

3.6.24

Angelus del Domingo 8 de junio de 2008 de S. S. Benedicto XVI


En el centro de la liturgia de la Palabra de este domingo está una expresión del profeta Oseas, que Jesús retoma en el Evangelio: «Quiero amor y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos» (Os 6, 6). Se trata de una palabra clave, una de las palabras que nos introducen en el corazón de la Sagrada Escritura. El contexto, en el que Jesús la hace suya, es la vocación de Mateo, de profesión "publicano", es decir, recaudador de impuestos por cuenta de la autoridad imperial romana; por eso mismo, los judíos lo consideraban un pecador público. Después de llamarlo precisamente mientras estaba sentado en el banco de los impuestos —ilustra bien esta escena un celebérrimo cuadro de Caravaggio—, Jesús fue a su casa con los discípulos y se sentó a la mesa junto con otros publicanos. A los fariseos escandalizados, les respondió: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. (...) No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Mt 9, 12-13). El evangelista san Mateo, siempre atento al nexo entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, en este momento pone en los labios de Jesús la profecía de Oseas: «Id y aprended lo que significa: "Misericordia quiero y no sacrificios"».

Es tal la importancia de esta expresión del profeta, que el Señor la cita nuevamente en otro contexto, a propósito de la observancia del sábado (cf. Mt 12, 1-8). También en este caso, Jesús asume la responsabilidad de la interpretación del precepto, revelándose como "Señor" de las mismas instituciones legales. Dirigiéndose a los fariseos, añade: «Si comprendierais lo que significa: "Misericordia quiero y no sacrificios", no condenaríais a personas sin culpa» (Mt 12, 7). Por tanto, Jesús, el Verbo hecho hombre, "se reconoció", por decirlo así, plenamente en este oráculo de Oseas; lo hizo suyo con todo el corazón y lo realizó con su comportamiento, incluso a costa de herir la susceptibilidad de los jefes de su pueblo. Esta palabra de Dios nos ha llegado, a través de los Evangelios, como una de las síntesis de todo el mensaje cristiano: la verdadera religión consiste en el amor a Dios y al prójimo. Esto es lo que da valor al culto y a la práctica de los preceptos.

Dirigiéndonos ahora a la Virgen María, pidamos por su intercesión vivir siempre en la alegría de la experiencia cristiana. Que la Virgen, Madre de la Misericordia, suscite en nosotros sentimientos de abandono filial a Dios, que es misericordia infinita; que ella nos ayude a hacer nuestra la oración que san Agustín formula en un famoso pasaje de sus Confesiones: «¡Señor, ten misericordia de mí! Mira que no oculto mis llagas. Tú eres el médico; yo soy el enfermo. Tú eres misericordioso; yo, lleno de miseria. (...) Toda mi esperanza está puesta únicamente en tu gran misericordia» (X, 28. 39; 29. 40).


2.6.24

Es Cristo que Pasa Nº 110, Autor: San Josemaría

Hemos recorrido algunas páginas de los Santos Evangelios para contemplar a Jesús en su trato con los hombres, y aprender a llevar a Cristo hasta nuestros hermanos, siendo nosotros mismos Cristo. Apliquemos esa lección a nuestra vida ordinaria, a la propia vida. Porque no es la vida corriente y ordinaria, la que vivimos entre los demás conciudadanos, nuestros iguales, algo chato y sin relieve. Es, precisamente en esas circunstancias, donde el Señor quiere que se santifique la inmensa mayoría de sus hijos.

Es necesario repetir una y otra vez que Jesús no se dirigió a un grupo de privilegiados, sino que vino a revelarnos el amor universal de Dios. Todos los hombres son amados de Dios, de todos ellos espera amor. De todos, cualesquiera que sean sus condiciones personales, su posición social, su profesión u oficio. La vida corriente y ordinaria no es cosa de poco valor: todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo, que nos llama a identificarnos con Él, para realizar —en el lugar donde estamos— su misión divina.

Dios nos llama a través de las incidencias de la vida de cada día, en el sufrimiento y en la alegría de las personas con las que convivimos, en los afanes humanos de nuestros compañeros, en las menudencias de la vida de familia. Dios nos llama también a través de los grandes problemas, conflictos y tareas que definen cada época histórica, atrayendo esfuerzos e ilusiones de gran parte de la humanidad.

Es Cristo que Pasa Nº 111, Autor: San Josemaría


Se comprende muy bien la impaciencia, la angustia, los deseos inquietos de quienes, con un alma naturalmente cristiana, no se resignan ante la injusticia personal y social que puede crear el corazón humano. Tantos siglos de convivencia entre los hombres y, todavía, tanto odio, tanta destrucción, tanto fanatismo acumulado en ojos que no quieren ver y en corazones que no quieren amar.

Los bienes de la tierra, repartidos entre unos pocos; los bienes de la cultura, encerrados en cenáculos. Y, fuera, hambre de pan y de sabiduría, vidas humanas que son santas, porque vienen de Dios, tratadas como simples cosas, como números de una estadística. Comprendo y comparto esa impaciencia, que me impulsa a mirar a Cristo, que continúa invitándonos a que pongamos en práctica ese mandamiento nuevo del amor.

Todas las situaciones por las que atraviesa nuestra vida nos traen un mensaje divino, nos piden una respuesta de amor, de entrega a los demás. 

…

Hay que reconocer a Cristo, que nos sale al encuentro, en nuestros hermanos los hombres. Ninguna vida humana es una vida aislada, sino que se entrelaza con otras vidas. Ninguna persona es un verso suelto, sino que formamos todos parte de un mismo poema divino, que Dios escribe con el concurso de nuestra libertad.


1.6.24

Surco Nº 60, Autor: San Josemaría

La alegría de un hombre de Dios, de una mujer de Dios, ha de ser desbordante: serena, contagiosa, con gancho…; en pocas palabras, ha de ser tan sobrenatural, tan pegadiza y tan natural, que arrastre a otros por los caminos cristianos.


SALMO 148


1 ¡Aleluya!

Alaben al Señor desde el cielo,

alábenlo en las alturas;

 

2 alábenlo, todos sus ángeles,

alábenlo, todos sus ejércitos.

 

3 Alábenlo, sol y luna,

alábenlo, astros luminosos;

 

4 alábenlo, espacios celestiales

y aguas que están sobre el cielo.

 

5 Alaben el nombre del Señor,

porque él lo ordenó, y fueron creados;

 

6 él los afianzó para siempre,

estableciendo una ley que no pasará.

 

7 Alaben al Señor desde la tierra,

los cetáceos y los abismos del mar;

 

8 el rayo, el granizo, la nieve, la bruma,

y el viento huracanado que obedece a sus órdenes.

 

9 Las montañas y todas las colinas,

los árboles frutales y todos los cedros;

 

10 las fieras y los animales domésticos,

los reptiles y los pájaros alados.

 

11 Los reyes de la tierra y todas las naciones,

los príncipes y los gobernantes de la tierra;

 

12 los ancianos, los jóvenes y los niños,

 

13 alaben el nombre del Señor.

Porque sólo su Nombre es sublime;

su majestad está sobre el cielo y la tierra,

 

14 y él exalta la fuerza de su pueblo.

¡A él, la alabanza de todos sus fieles,

y de Israel, el pueblo de sus amigos!

¡Aleluya!

4.5.24

Evangelio según San Juan 15,18-21.

 

Jesús dijo a sus discípulos:

«Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a mí.

Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, el mundo los odia.

Acuérdense de lo que les dije: el servidor no es más grande que su señor. Si me persiguieron a mí, también los perseguirán a ustedes; si fueron fieles a mi palabra, también serán fieles a la de ustedes.

Pero los tratarán así a causa de mi Nombre, porque no conocen al que me envió.»

3.5.24

Hablar con Dios, Tomo 3, N° 29, Autor: Francisco Fernández Carvajal

 

Acudamos en el día de hoy a nuestro Ángel Custodio para que nos recuerde frecuentemente la presencia cercana de Cristo en los sagrarios de la ciudad o del pueblo donde vivimos o donde nos encontramos, y que nos consiga gracias abundantes para que cada día sean mayores nuestros deseos de recibir a Jesús, y mayor nuestro amor, de modo particular en esos minutos en los que permanece sacramentalmente en nuestro corazón.

Carta de San Pablo a los Gálatas 2,20

Vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que vivo ahora en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí.

Hablar con Dios, Tomo 2, Nº 62: Autor: Francisco Fernández Carvajal

 

Jesús siempre hizo el bien. Yo les pregunto -les decía Jesús en cierta ocasión a unos escribas y fariseos que le espiaban- ¿es lícito hacer el bien o hacer el mal? Y a continuación curó al enfermo de la mano seca. En todos los ambientes debemos hacer el bien, comunicar la alegría de haber conocido a Cristo; sentimos la necesidad de ganar almas para la Verdad, para el amor, para Cristo. “Y esto se llama, en correcto castellano, proselitismo. Aquí interviene también la manipulación de las palabras. El término proselitismo ha sido cargado por algunos con la albarda de intereses egoístas, de utilización de medios poco honrados para presionar o enrolar engañosamente a los que se dirige. Tal actitud merece seria condena; pero lo condenable es el proselitismo sectario, engañador, mercenario, el que se aprovecha de la ignorancia ajena, de su pobreza, de su soledad.

“Pero ¿vamos, por eso, a renunciar los cristianos a la fecundidad apostólica, a la fraternidad comunicativa del genuino proselitismo?”  se pregunta C. LOPEZ PARDO, en REV. PALABRA, n. 245 (C. LOPEZ PARDO, en REV. PALABRA, n. 245).

Discurso de S. S. Benedicto XVI en la Basílica del Santuario de Aparecida (12 de mayo de 2007)

 

La Iglesia es nuestra casa. Esta es nuestra casa. En la Iglesia católica tenemos todo lo que es bueno, todo lo que es motivo de seguridad y de consuelo. Quien acepta a Cristo, "camino, verdad y vida", en su totalidad, tiene garantizada la paz y la felicidad, en esta y en la otra vida. Por eso, el Papa vino aquí para rezar y confesar con todos vosotros:  vale la pena ser fieles, vale la pena perseverar en la propia fe. Pero la coherencia en la fe necesita también una sólida formación doctrinal y espiritual.

 

Homilia de S. S. Benedicto XVI Estadio Olímpico de Berlín Jueves 22 de septiembre de 2011

Algunos miran a la Iglesia, quedándose en su apariencia exterior. De este modo, la Iglesia aparece únicamente como una organización más en una sociedad democrática, a tenor de cuyas normas y leyes se juzga y se trata una figura tan difícil de comprender como es la “Iglesia”. Si a esto se añade también la experiencia dolorosa de que en la Iglesia hay peces buenos y malos, trigo y cizaña, y si la mirada se fija sólo en las cosas negativas, entonces ya no se revela el misterio grande y bello de la Iglesia.

Hablar con Dios, Tomo 2, Nº 75: Autor: Francisco Fernández Carvajal

El cristiano se esfuerza en remediar lo injusto por amor a Jesucristo y a sus hermanos los hombres. El justo, en el pleno sentido de la palabra, es aquel que va dejando a su paso amor y alegría y no transige con la injusticia allí donde la encuentra, ordinariamente en el ámbito en el que se desarrolla su vida: en la familia, en su empresa, en el municipio donde tiene su hogar... Si hacemos examen, es posible que encontremos injusticias que remediar: juicios precipitados contra personas o instituciones, rendimiento en el trabajo, trato injusto a otras personas...

 

Amar a la Iglesia, N° 28; Autor: San Josemaría

Con una ceguera que proviene de apartarse de Dios -este pueblo me honra con los labios, pero su corazón se encuentra lejos de mí (Mt XV, 8) -, se fabrica una imagen de la Iglesia, que no guarda relación alguna con la que fundó Cristo. Hasta el Santo Sacramento del Altar -la renovación del Sacrificio del Calvario- es profanado, o reducido a un mero símbolo de la que llaman comunión de los hombres entre sí. ¡Qué sería de las almas, si Nuestro Señor no hubiese entregado por nosotros hasta la última gota de su Sangre preciosa! ¿Cómo es posible que se desprecie ese milagro perpetuo de la presencia real de Cristo en el Sagrario? Se ha quedado para que lo tratemos, para que lo adoremos, para que, prenda de la gloria futura, nos decidamos a seguir sus huellas.

      Estos tiempos son tiempos de prueba y hemos de pedir al Señor, con un clamor que no cese (Cfr. Is LVIII, 1), que los acorte, que mire con misericordia a su Iglesia y conceda nuevamente la luz sobrenatural a las almas de los pastores y a las de todos los fieles. La Iglesia no tiene por qué empeñarse en agradar a los hombres, ya que los hombres -ni solos, ni en comunidad- darán nunca la salvación eterna: el que salva es Dios.

19.3.24

Mes de San José, día 19 de Marzo


 Nuestra fidelidad

Concédenos, Señor, que podamos servirte... con un corazón puro como San José, que se entregó para servir a tu Hijo... (MISAL ROMANO, Misa de la Solemnidad de San José. Oración sobre las ofrendas).

Mientras preparábamos la Solemnidad de hoy considerando la devoción de los siete domingos de San José, meditábamos el principio enunciado por Santo Tomás, que se aplica a la elección de San José, y a toda vocación: «A los que Dios elige para algo los prepara y dispone de tal modo que sean idóneos para ello» (SANTO TOMAS, Suma Teológica, 3, q. 27, a. 4, c.). La fidelidad de Dios se muestra en las ayudas que otorga siempre, en cualquier situación de edad, trabajo, salud, etc., en que nos encontremos, para que cumplamos fielmente nuestra misión en la tierra. San José correspondió delicada y prontamente a las innumerables gracias que recibió de parte de Dios.

Nosotros debemos meditar muchas veces que el Señor no nos fallará jamás; Él espera siempre nuestra correspondencia firme: en la juventud, en la madurez, y cuando ya no sea mucho el tiempo que nos separe de Dios; cuando parece que todo acompaña para ser leales y en aquellos momentos en los que pudiera dar la impresión de que todo invita a romper los compromisos contraídos.

El no sentir a Dios alguna vez -o por largos períodos-, el no sentirse atraído a dedicar a Dios el mejor rato del día, puede deberse, quizá, a que se tiene el alma llena de uno mismo y de todo lo que pasa a nuestro alrededor. En estos momentos la fidelidad a Dios es fidelidad al recogimiento interior, al empeño por salir de ese estado, a la vida de oración, a esa oración en la que el alma se queda sola, desnuda ante Dios y le pide, o le mira...

Dios espera de todos nosotros una actitud despierta, amorosa, llena de iniciativas. «El corazón del Santo Patriarca estuvo siempre lleno de alegría, incluso en los momentos más difíciles! Hemos de lograr que nuestro quehacer divino en la tierra, nuestro caminar hacia Dios sea siempre nuevo, como nuevo y original es siempre el amor, pues, como señala el poeta:

Nadie fue ayer
ni va hoy
ni irá mañana
hacia Dios
por este mismo camino
que yo voy.
Para cada hombre guarda
un rayo nuevo de luz el sol
y un camino virgen
Dios.

Siempre eternamente nuevo.

Hoy pedimos a San José esa juventud interior que da siempre la entrega verdadera, la renovación desde sus mismos cimientos de estos firmes compromisos que adquirimos un día. Le pedimos también por tantos que esperan de nosotros esa alegría interior, consecuencia de la entrega, que les arrastre hasta Jesús, a quien encontrarán siempre muy cerca de María.